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15 de agosto de 2021

El grito por la libertad de Vasili Grossman

Todo fluye es el gran alegato por la libertad de Vasili Grossman, obra póstuma que cierra el tríptico en el que se encuentra su novela más destacada, quizá una de las mejores del siglo XX, Vida y destino, y cuyos temas reverberan en esta tercera parte, más breve, más íntima, pero sin renunciar a mostrar distintos casos de presos en los campos de concentración e historias sobre la terrible hambruna en Ucrania, y a explicar la razón de fondo de lo sucedido. La novela comienza en el vagón de un tren como El idiota de Dostoyevski, con una conversación entre dos personajes que luego se abre a un tercero, en la que el primero mira al segundo por encima del hombro y tanto el primero como el segundo miran al tercero como a alguien inferior, en un camino descendente en el nivel de reputación según el orden de presentación. Para sorpresa del lector ninguno de estos personajes volverá a salir en la novela ya que el protagonista será un cuarto personaje en la escena, el último en ser nombrado, un viejo temeroso y harapiento del que se mofan por su insignificancia, Iván Grigórievich, que tras tres décadas encerrado en campos de trabajo se dirige a casa de su exitoso primo Nikolái y su esposa, quienes lo reciben con la ambivalencia de muchos de sus personajes, entre la comprensión, la piedad, la culpa y la hipocresía. Después de la visita, el viejo y abatido Iván caminará por Leningrado con la esperanza de reencontrarse con su antiguo amor y coincidirá con un conocido -y delator suyo-, encontrará trabajo en una pequeña ciudad cercana, descubrirá un alma gemela oprimida por sus remordimientos y regresará a casa de sus padres, pero todo esto no es más que una frágil estructura episódica en la que se insertan los recuerdos de quienes conoció en los campos, los pensamientos llevados al papel para intentar explicarse las razones de lo sucedido y también las reacciones de las personas con quienes se encuentra, como si su silencio y su sufrimiento, el de una especie de fantasma aparecido del pasado, los obligara a ponerse ante el espejo de sus mezquindades y el daño infligido al prójimo. Iván deja al descubierto las flaquezas ajenas, no porque les recrimine nada ni los juzgue, sino porque su presencia desencadena una serie de reacciones en quienes lo ven y de las que él, en la mayoría de los casos, ni siquiera es consciente, o sólo en una pequeña parte. 

Mientras Iván intenta rescatar los restos de su pasado, de antes y de durante el presidio en los campos, vuelven a surgir los temas de la ineficacia del sistema, el nacionalismo ruso triunfante tras la victoria de la Segunda Guerra Mundial, la represión a las minorías de calmucos, tártaros, búlgaros, griegos, alemanes del Volga, balcarios o chechenos, y en especial el ambiente hostil hacia los judíos, la represión y expulsión de los agricultores propietarios, la hambruna de Ucrania que deja millones de muertos, las delaciones anónimas y los casos de acusadores acusados, o la limpieza de las primeras generaciones de revolucionarios por parte de una nueva generación, burocrática, pequeño burguesa, funcionaria, de la que también habla Solzhenitsyn en Archipiélago Gulag o esa otra novela tan intensa y deslumbrante como Darkness at Noon de Arthur Koestler. Ante todo ese horror, Iván Grigórievich busca constantemente las causas de lo sucedido en sus recuerdos y anota sus pensamientos sobre la historia de Rusia y la revolución. Muchos en los campos estaban convencidos de que, a pesar de no ser ellos culpables, y estar allí injustamente, a los otros se les había detenido con razón. Otros incluso se acusaban a sí mismos sin razón, aunque lo cierto es que fueron muy pocos, de entre los que Iván conoció, quienes realmente habían luchado contra el poder soviético ya que a menudo se los metía en los campos no por haber luchado contra el Estado sino por la posibilidad que tenían de hacerlo. En sus divagaciones históricas, Iván concluye que el Estado soviético se construyó no sobre la libertad de los siervos del siglo XIX sino sobre la tradición de servidumbre y esclavitud de la más rancia tradición rusa, cuyos cimientos fueron puestos por Lenin y continuados por Stalin, al igual que refiere Solzhenitsyn cuando advierte del comienzo temprano de las deportaciones masivas a los gulags. Tal y como Grossman ya había mencionado en Vida y destino, Iván Grigórievich subraya el hecho de que detrás de esa construcción del Estado sin libertad había una necesidad de trabajo esclavo para las obras faraónicas soviéticas, hasta el punto de que debía rellenarse un cupo de supuestos culpables para enviarlos a los campos de trabajo aunque los supieran inocentes, inventándose informes difamatorios y obligándolos a confesar crímenes contra el Estado que no habían cometido.

Debido a todos estos recuerdos y, sobre todo, a los análisis históricos y políticos, hay un momento en el que uno se pregunta si Todo fluye fracasa como novela aunque siga siendo una lectura hipnótica, más interesante si cabe, pero como ensayo. Pero así como el comienzo de la novela recuerda al comienzo de El idiota, estas divagaciones del final recuerdan a las reflexiones finales de Guerra y paz, el único libro que Grossman tuvo bajo la chaqueta durante sus años de periodista en el frente, de tal forma que, si miramos esta novela como la tercera parte de una trilogía, se comprende mejor la intención y el paralelo de este final que cierra un ciclo. Es curioso y sin duda admirable que aunque Vasili Grossman, al contrario que Solzhenitsyn, nunca estuvo en un campo de concentración haya tantas referencias en sus libros a los deportados y su sufrimiento, tantas historias de personajes que padecieron el presidio, contando con sensibilidad y profundidad sus historias, así cómo desentrañando con clarividencia las causas de estas deportaciones masivas. La infinidad de veces que la palabra libertad asoma en esta novela, palabra que ya salía repetidas unas pocas veces en el vasto fresco de Vida y destino, cobra aquí un nuevo sentido. En primer lugar se trata del valor de la libertad para quien ha sido privado de ella, descripción negativa pero nada vaga de la libertad ya que se define por su ausencia, y que convierte al concepto en algo concreto. Luego está la libertad personal de creencias, y finalmente, unida a la anterior, la libertad civil, económica y política. Los prisioneros convencidos de que con ellos se habían equivocado no interpretaban que el Estado tuviera la culpa, y por tanto los demás estaban bien en prisión, mientras quienes estaban en los campos por pensar distinto creían en darle la libertad a todos. Iván Grigórievich anota en sus reflexiones cómo al principio creyó que la libertad era importante sólo como libertad de palabra y pensamiento, pero posteriormente comprendió que la libertad debía precederlo todo: la de hacer lo que uno quiera con su trabajo, la de moverse de un lado a otro sin que le arrebaten a uno los papeles, la de organizarse o no querer hacerlo, la de elegir dónde vivir sin necesidad de permisos o la de vender lo que uno quiera. Coloca además la libertad en el centro mismo de la historia humana y su progreso, erigiéndola en un anhelo central de los pueblos y la medida necesaria del hombre, en las antípodas de la represión soviética en la que el Estado pasó de ser un medio a ser el fin.

15 de julio de 2021

Los prisioneros en Vida y destino

Vida y destino es una obra que incluye, como Herodoto con los persas o Homero con los troyanos, lo que acontece al otro, al enemigo, y con ello la mirada en busca de la verdad, como dijera Hannah Arendt en Verdad y mentira en la política, aunque su tono no es el de la admiración a los héroes o el ensalzamiento épico de los grupos sino el registro casi periodístico, magistralmente novelado, que sigue a algunos miembros de ambos lados para reconstruir así el paisaje de mucho más que la batalla de Stalingrado. Entre otras muchas escenas vemos, por ejemplo,  cómo transcurre la vida en un campo de concentración alemán, en un campo de trabajo ruso o en la prisión de Lubianka. ¿Y qué nos muestra de estos campos? En primer lugar la convivencia de los rusos en los campos alemanes, la incomprensión y alejamiento entre ellos a pesar de proceder del mismo país, o por eso mismo, ya que los había de muy distinta ideología: bolcheviques, mencheviques, cristianos. Entre ellos se establecen tensiones dialécticas que dan un nuevo nivel a la lectura, en el plano de las ideas, como una conversación entre un bolchevique y un menchevique, irónicamente en un campo nazi, pero manteniendo además el plano psicológico novelesco, cuando el bolchevique se avergüenza de que los otros prisioneros rusos lo vean hablar con un menchevique emigrado. Hay incluso un prisionero ruso, cuyos diálogos recuerdan por momentos a las conversaciones religiosas de Los hermanos Karamazov, que comenzó como idealista a lo Tolstoi y tras recorrer el mundo regresó a la Unión Soviética ilusionado con la revolución para trabajar como campesino, pero tras ver lo sucedido en los campos en nombre del bien y del progreso comunista se convirtió a la fe cristiana. Todos esos personajes de ideas varias no conseguían ponerse de acuerdo unos con otros o se odiaban por sus opiniones o recelaban los unos de los otros. En medio de esa incomunicación hay momentos en los que los rusos se animan pensando que el odio de los alemanes es una señal de que el comunismo pervive y otros momentos en los que surgen algunos comentarios dolorosos que no quieren aceptar: mejor estar prisionero de los alemanes que de ellos mismos. Pero sincerarse con un compatriota no es fácil, hay desconfianza y con razón, ya que cualquiera de ellos puede denunciarte ante los alemanes y costarte la vida.

La incomunicación no es sólo una cuestión de los rusos, también con el resto de prisioneros de diversas nacionalidades y condición, aunque por razones distintas. Si entre los rusos prima la cuestión ideológica para separarlos entre ellos, entre los demás es consecuencia de las distintas lenguas. Hay una conversación imposible entre un coronel americano y un general ruso, incapaces de entenderse el uno con el otro. La comunicación se establece con unas pocas palabras mezcladas en varios idiomas entre los presos de todas las nacionalidades y con una intención de intercambio de bienes básicos. Para algunos personajes la moral no es nacionalista sino internacionalista, hasta el punto de no poder sentir alegría por matar a alemanes ya que quizá son también izquierdistas o sindicalistas, movilizados en su país a la fuerza, con una verdadera solidaridad hacia quienes hablaban el mismo idioma de Marx o Hegel. De hecho, el propio Grossman no menciona la palabra nazi salvo cuando se enfrenta a personajes de ideología del partido mientras que a los soldados los llama alemanes, consciente al igual que algunos de sus personajes de que entre ellos había gente de todo tipo, al igual que entre los soldados rusos había muchos que no creían en las consignas del partido, aunque sabían callar. El fascismo, tal y como también afirmaba Hannah Arendt en The Origins of Totalitarianism, había inventado el tipo de criminal que aún no había cometido ningún crimen. Bastaba un chiste político, o no haber querido trabajar en una fábrica en la que los fascistas encerraban a los obreros, para que te mandaran a un campo vigilado por otros detenidos, y en el que quienes aún no habían cometido ningún crimen eran los peor tratados sin necesidad de que los carceleros se mostraran especialmente duros, ya que los hombres en el campo se gestionaban por jerarquías, cada uno hacía su trabajo en aquellas ciudades cerradas, quizá sin ver a los alemanes durante semanas, pero bajo el yugo de ladrones o asesinos. 

La situación en los campos rusos está descrita de una forma muy similar, a veces con paralelos que se hacen evidentes por la contraposición de capítulos y temas. Por ejemplo, también en estos se mezclan a asesinos con presos políticos y la suspicacia entre los detenidos no es menor ya que, tal y como se desarrollará posteriormente en Todo fluye, la tercera parte de esta trilogía, cada cual piensa que consigo se ha cometido un error mientras que los demás con los que comparte prisión están ahí con razón, por mencheviques, por socialistas, por blancos, por anarquistas, por nacionalistas separatistas o incluso por bolcheviques leninistas de la primera generación de revolucionarios. Para mostrarnos el proceso de arresto, encarcelamiento e interrogatorios, y quizá más interesante aún las vidas de los otros que comparten su celda, Grossman sigue a un personaje, Krimov, a quien hemos visto anteriormente en su papel, denostado por los demás personajes, de comisario político en el frente, en tensión por el mando con los superiores militares y encargado de la vigilancia ideológica de los soldados, es decir, que resulta bastante antipático. Lo primero que experimenta al ser detenido este encargado de redactar informes que llevan a muchos de sus compatriotas a sufrir interrogatorios, los campos o ejecuciones, es la incomprensión ante lo que le sucede y su falta de libertad. No hay ni un ápice de venganza sobre el personaje ni un momento de regocijo porque el perseguidor sea ahora el perseguido, en eso Grossman muestra siempre un exquisito sentido de la compasión que a veces llega a asombrar. Krimov siente el horror, y nosotros nos conmovemos como lectores, ante el hecho de que quien le pega no sea un enemigo sino otro comunista. Surgen argumentos que se repetirán en Todo fluye, como la idea de que en la época de Tolstoi se creía que el hombre era inocente mientras que los chequistas en el siglo XX han inventado lo contrario, todos son culpables desde que les cae una orden de arresto, y resulta contraproducente resistirse ya que todo está predestinado. 

La libertad, ese otro tema que tendrá un eco de la máxima importancia en Todo fluye, se concreta de una forma siniestra, con la experiencia de su carencia, esa falta de libertad cuya sensación compara con la de perder la salud, porque apenas se apreciaba cuando se tenía, no se la tenía en cuenta y sólo cuando falta nos damos cuenta del bien tan preciado que hemos perdido. De hecho, es en una celda en donde alguien le dice a Krimov que un griego sentenció “todo fluye” para hacer posteriormente un chiste carcelario al afirmar que allí “todos se chivan”. La descripción de los interrogatorios a Krimov es tan minuciosa que, otra vez, uno se pregunta cómo este periodista que no sufrió los campos ni los interrogatorios fue capaz de hacerlos revivir con tal intensidad y maestría, y ya sólo en este aspecto, uno de los tantos de esta novela, resulta comparable a esa obra maestra de Arthur Koestler, Darkness at Noon, en la que un antiguo revolucionario es falsamente acusado y torturado por la siguiente generación de comunistas. Los interrogadores saben infinidad de detalles sobre su vida aunque Krimov haya sido un hombre de provincias. El control es total, los informes y delaciones sobre cada uno de los interrogados se apilan en la mesa sin que estos sepan exactamente de qué se les acusa. Aunque con sus diferencias, los campos de los rusos y los campos de los alemanes están equiparados, son productos ambos del Estado totalitario, su consecuencia como señaló Hannah Arendt. Esta equivalencia se nos presenta explícita en la conversación entre un revolucionario y un jefe de la SS que asegura que tantos unos como otros son iguales, el espejo del otro, en un capítulo que al ser más largo que los demás suscita la sospecha de su importancia vital, aunque debemos cogerla con pinzas ya que atañe a dos personajes, con sus intereses y rivalidades. La lista de similitudes entre nazis y soviéticos, según este nazi en el que difícilmente captamos cinismo, son provocadoras e iluminadoras, en una escena ideológicamente turbadora y molesta para el personaje soviético porque él también ha pensado antes en lo que los iguala. Es además la causa principal de que este novela fuera prohibida incluso después de la muerte de Stalin. 

Sin embargo, la narración sigue y más tarde descubriremos una diferencia aterradora que ya se rumoreaba en los campos alemanes, entre las muchas falsedades que se decían. Se estaban construyendo hornos para matar a la gente. Y aquí es dónde Grossman, que fue uno de los primeros periodistas en dar testimonio de los campos de exterminio nazi según avanzaba con las tropas soviéticas liberando a los prisioneros que quedaban, y cuyos escritos acerca del holocausto judío fueron utilizados como pruebas en los juicios de Núremberg, nos presenta los pensamientos y el pasado de otro personaje para contarnos su trabajo como miembro de un sonderkommando, cómo había mejorado su vida así, cómo había quienes se mortificaban por ello y otros no pero lo hacían igual. Entonces llega una de las partes más duras de la novela, cuando sigue a los personajes de una joven y un niño que le es desconocido, de nombre claramente hebreo, David, del que se había hablado cientos de páginas antes, para mostrarnos a ambos en el vagón de un tren en el que se describe a todos los que están a su alrededor, en una dinámica similar a las que ya hemos visto: se sigue a un personaje del que conocemos parte de su vida a través de sus recuerdos y se le presenta en un lugar cerrado en donde se nos habla de los demás que están con él. A ese vagón va entrando más gente, todos judíos, que enferman o mueren por las condiciones del vagón. Todos sabemos hoy a donde van, nos sabemos la historia, y Grossman nos describe en esta novela terminada en el 59 lo que ya hemos visto en infinidad de películas posteriores; cómo llegan los vagones al campo y los hacen bajar en medio de la nieve y la noche, cómo los dividen entre hombres y mujeres, desnudos, hacia unas duchas, y cómo allí los gasean. No es de extrañar que para muchos estas sean las escenas más difíciles de olvidar de esta gran novela, no es para menos, porque este niño muriendo gaseado mientras abraza a una chica joven a quien no conoce de nada, rodeado de adultos asfixiándose y arañando las paredes en plena agonía, es el culmen del sinsentido y el horror del totalitarismo.

15 de junio de 2021

Técnica y compasión

En Vida y destino hay muchos personajes, tantos que su lectura puede ser desconcertante hasta que las repeticiones de los personajes nos hacen entrever, bajo la apariencia de un gran mosaico sobre la guerra en el que se muestra la vida en distintas situaciones, unos hilos argumentales que siguen a un puñado de personajes principales. Sin duda, los nombres eslavos no ayuda a un lector occidental, se pierde uno más fácilmente, y aún más cuando a veces se refieren al mismo personajes con el nombre, con el nombre y el patronímico, o con el apellido, pero la lectura no deja de ser hipnótica, entre otras razones porque cada capítulo está trabajado de tal manera que, además de dejarnos en suspense, abre y cierra algo con respecto a algún personaje, una escena que, como ya mencioné el mes pasado, suele tener un elemento de sorpresa en cuanto a las emociones o ideas desplegadas en ese breve espacio. El trazo de Grossman a la hora describir a sus personajes es brillante, con una explicación de sus circunstancias y sus reacciones psicológicas envuelta, en muchos casos, en la bruma ideológica que parece poseer a tantos. En su acercamiento a los personajes, no importa su condición o sus actos, no hay parodia ni burla, sólo comprensión, a excepción quizá de las escenas en donde salen Stalin o Hitler, los hombres ante los cuales tantos callaban y acataban dóciles sus órdenes, en donde se aprecia un tono distinto al usado para los demás, opuesto al laudatorio, sin ninguna señal de comprensión hacia ellos, llevados por un autoritarismo tal que confunden el Estado y su voluntad como una misma cosa. Para todos los demás, hombres y mujeres, hay una honda compasión en su representación ante situaciones tan duras, sean del bando, etnia, religión o ideología que sean, especialmente en el caso de los judíos, los mayores sufridores de la guerra. Pero esta compasión no se basa en esconder el lado más oscuro de sus personajes sino en el reconocimiento de sus reacciones y la recopilación patética de sus emociones.

Sin negarle una gran agudeza psicológica, o dándola por sentado, a mí me interesa más, sin embargo, saber cómo consigue trasladarla al lector. En un principio me pareció que la complejidad de cada uno de sus muchos personajes provenía de la descripción de un acto o pensamiento bueno y otro malo, es decir una de cal y otra de arena, una forma rápida y eficaz de mostrarlos en su complejidad, pero luego me pareció una explicación insuficiente porque en muchos casos los actos y los pensamientos no eran tan claramente catalogables desde el punto de vista moral y porque siempre estaban con el telón de fondo de la guerra, una circunstancia mayor que cambia muchos valores. Grossman se limita a imaginar la cadena de reacciones de cada uno de ellos, sin juzgarlos, dejándolos hacer, y casi esperando a que ellos se juzguen a sí mismos. Lo que está claro es que todos tienen defectos y debilidades, y en muchos casos son conscientes de ellos. En sus breves capítulos se percibe más sensibilidad hacia los pobres y desfavorecidos que hacia quienes conforman la buena sociedad comunista, en donde existe una casta de privilegiados con coches oficiales, camarotes especiales y bienes inaccesibles a los demás, o en donde las mujeres jóvenes trabajadoras empujan a los viejos y débiles para pasar antes al tranvía. Grossman, al igual que Chéjov, era sensible a la injusticia y el dolor pero no idealizaba al campesinado o al proletariado. En el frente, en donde la mayoría son hombres, la narración se enfoca más en la supervivencia y el conflicto jerárquico entre soldados y sus mandos, entre los altos mandos y los comisarios políticos, entre los propios soldados o entre los mandos, y entre los altos mandos y el líder. En la retaguardia, sin embargo, en donde abundan los personajes femeninos, se siguen los sufrimientos de las mujeres para subsistir en la vida civil, desde la maestra que ve cómo se llevan a sus alumnos judíos a las mujeres que esperan colas de días para mandar un paquete que no llegará nunca. 

Uno intuye que los personajes han sido escogidos para ejemplificar diferentes escenarios, cada cual de un aspecto distinto de la vida en la batalla o en la retaguardia, de tal manera que su propósito es dirigirnos hacia algún matiz de la guerra aún no explorado, pero con la maestría, asombrosa, de insuflarles una vida difícilmente explicable desde un trazado esquemático con ese fin. Esto incluye tanto a los personajes principales como a los secundarios, posicionados todos para contarnos los distintos aspectos de la guerra, de la que dependen sus personajes con sus dramas, y no al contrario, como es habitual, en la que los personajes y sus dramas personales limitan el espacio de la realidad histórica que se cuela en la novela. Esta elección narrativa es la causante de la visión panorámica, como de un gran mosaico o friso de la guerra que, en este caso, confirma esas frases grandilocuentes tan típicas de las cubiertas traseras de los libros que ponen a esta novela como la Guerra y paz del siglo XX. Me pregunto cuánto trabajo periodístico, de estar sobre el terreno y recoger las historias de los testigos, cuántas horas de preguntar y escuchar a los demás, tuvo que realizar Vasili Grossman, y cuánto tiempo tuvo que dejar macerando esa información después, para construir esta obra que no es una recopilación periodística novelada. Lo cierto es que sus personajes son tantos y tan convincentes que sus peripecias nos inquietan constantemente. Sólo son juzgados a través del juicio de otros personajes que a su vez son limitados y se equivocan, y nos sorprende muchas veces con pequeñas vueltas de tuerca que ponen en tela de juicio las previsiones del lector. Más que pensar recuerdan y más que sentir observan lo que padecen los demás. Y a pesar de la represión totalitaria algunos tienen salidas de rebeldía, como si al ser humano no se le doblegara tan fácilmente por mucho que se le amenace, algo dentro de muchos pervive con el ansia de la libertad, y esa pequeña llama se mantiene viva incluso en las circunstancias más terribles.

15 de mayo de 2021

El gran mosaico de Vasili Grossman

Si hubo una novela que destacaría entre las leídas durante el confinamiento de mayo a junio de 2020, esa fue sin duda Vida y destino de Vasili Grossman, que me aconsejó mi compañero Isidro, ahora jubilado. En este gran fresco de mil cien páginas acudimos a distintas historias aparentemente inconexas que van entrelazándose según avanza la novela hasta darnos cuenta de que, en un plano de fondo, sigue la historia de los miembros de la familia Sháposhnikov, mientras que en el plano más cercano tenemos una narración novelada de inspiración periodística -Grossman fue uno de los primeros periodista en dar testimonio de los campos de concentración nazis-: de los distintos aspectos de la batalla de Stalingrado, de los soldados y los altos mandos de ambos bandos, de los supuestos rebeldes y los comisarios políticos soviéticos, de los campos de concentración de los fascistas y los gulags comunistas, de las miserias y sufrimientos en la retaguardia, y del miedo y la cobardía a no ser considerado suficientemente soviético y admirador del Estado totalitario que ejemplifica en los miembros de las instituciones científicas o en ese nacionalismo ruso que tras la victoria de la Segunda Guerra Mundial genera o agudiza un ambiente de exclusión hacia otras muchas etnias e identidades, en concreto contra los judíos. Los hechos que narra son tan espeluznantes, aunque contados con pudor, que no hace falta añadir patetismo ni intrigas amorosas ni descripciones violentas, ni reacciones histéricas en los personajes o exuberancia de estilo, para advertir la tragedia y mantener el ritmo de la tensión dramática. Ante la fuerza de lo narrado uno deja de pensar en el inmenso y complejo armazón narrativo de esta novela, mientras lo despojado de su estilo cobra valor, no como pose impotente o reacción ante el refinamiento, sino como necesidad para contar la guerra y la miseria, al igual que ese modesto violín en medio del descanso de la larga batalla resulta más profundo y conmovedor que los grandes maestros y las grandes obras en tiempos de paz.

Lo que diferencia esta obra literaria de una periodística es, en la mayoría de los casos, la forma oblicua de contar los momentos más terribles, como el asesinato masivo en un gueto judío, en donde la narración sigue a un personaje, con su visión limitada pero llena de emoción, soportando la carga máxima de horror pero también la esperanza de supervivencia incluso en la mayor desdicha. A veces hay algún capítulo intercalado a modo de resumen histórico o crónica periodística pero son muy pocos y breves, y llegan como un auxilio para poder respirar y tomar perspectiva ante tanta tensión. Leyendo esta novela, y siempre teniendo en cuenta mi ignorancia y falta de perspectiva en la literatura y cultura rusa, me pregunté si esta obra no sería un eslabón o punto de referencia para que luego Svetlana Alexiévich escribiera su periodismo de altura literaria, haciendo de la inspiración en obras pasadas el acicate de una evolución o un intento de ir un paso más allá o más acá. Pero la referencia a la que Grossman alude es obviamente de su pasado, Guerra y paz, el único libro que al parecer llevó en su bolsillo durante sus años como periodista de guerra y que releyó varias veces. Al contrario que Tostoi con la guerra de 1812, Grossman vivió en primera línea como periodista la guerra que narra, aunque la grandeza de una ficción, y esto Grossman nos lo da a entender también, no radica en su inspiración periodística ni en la experiencia bélica del autor. Las referencias a obras literarias o del arte son escasas pero puestas en contraposición con el escenario de la guerra, rodeadas de este contexto que parece ponerlo todo a prueba, desde la moral hasta la estética, cobran un sentido renovado. Se habla de los grandes de la literatura rusa del siglo XIX, de Dostoyevsky y del ya mencionado Tolstoi, pero es a Chejov a quien más se alaba por la inmensa cantidad de personajes diversos a los que da vida y por el espíritu democrático condensado en su obra al preocuparse por el hombre sea cual fuera su condición, justamente lo mismo que podría decirse de esta novela de Vasili Grossman. 

Estas referencias a grandes escritores están en boca de personajes, y como tales no son la opinión del autor, pero al contrario que en otros tantos temas de la novela no hay elementos que las contradigan o contrapongan. Lo cierto es que cada capítulo está planteado como una unidad esencial y autónoma que, justo como un cuento de Chéjov, suele tener un giro final de sutiles dimensiones gracias al cual, y con el elemento de la sorpresa, asoma un sentimiento o una idea que no habíamos tenido en cuenta ya que la narración nos había llevado hacia otro lado. En este sentido Grossman consiguió unir una estructura tanto o más compleja que la inspirada por la obra de Tolstoi con una serie de capítulos que, como tales, se asemejan a veces a los cuentos de Chéjov, tanto por su gran cantidad y variada procedencia de personajes como por el sutil efecto final entre la sorpresa y la revelación, capaz de captar las paradojas y contradicciones de la existencia. Al principio creí que esta necesidad de construir cada capítulo como una breve historia equilibraba el caos de una narración poblada de personajes de la que tardaba en encontrarse el hilo familiar subyacente, por lo que el lector se sentía flotando sin saber a dónde asirse, como si asistiera a escenas magníficas e historias aterradoras de la guerra, sueltas y dispersas, sin poder enlazarlas, salvo por el ímpetu periodístico de mostrar la mayor cantidad de ángulos y lugares posibles, y aunque todo esto no deja de ser cierto, gran parte de la desorientación inicial era causa de no haber leído antes la primera novela de esta trilogía, menos conocida hoy -creo que con razón- pero igualmente voluminosa, Por una causa justa. Aún así, el lector encontrará líneas dramáticas claras a partir de la segunda parte de Vida y destino, cuando los capítulos se agrupan en los de la batalla, los de los científicos, los de la retaguardia o los de los campos, de tal forma que se vislumbran los personajes principales e incluso, en segundo plano, las relaciones que hay entre ellos, hasta que en la tercera parte se estrecha la historia, se recogen los hilos que el escritor ha soltado, y el corazón late en vilo ante la resolución de los acontecimientos.

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