15 de julio de 2017

Sócrates según Jenofonte

Los Recuerdos de Sócrates escritos por el historiador y militar Jenofonte son una apasionada defensa de su maestro. Comienza asombrándose de cómo pudieron los atenienses ser persuadidos de su culpa y recordándonos a continuación, en unas pocas líneas, en qué consistía la acusación pública contra él: su falta de reconocimiento de los dioses de la ciudad, sustituyéndolos por otras divinidades nuevas, y su corrupción de la juventud. Las anécdotas y conversaciones que le escuchó y compartió con él plasmadas en este volumen de la inestimable Biblioteca Clásica de Gredos, que también incluye sus diálogos El económico y El banquete, están elegidas precisamente para demostrar que esas dos acusaciones eran falsas. Cómo pudo un hombre tan lleno de virtudes, se preguntaba, ser condenado a muerte cuando, muy al contrario, era digno de ser honrado. Tal y como se defiende Sócrates en la breve Apología también recogida en este volumen de la obra de Jenofonte, ni siquiera se le imputaba ninguno de los delitos que conllevaban la pena de muerte. 

Sócrates, según su amigo, criticó a quienes hacían uso de la religión para pedir cosas para sí mismos, sobre todo dinero y poder, ya que consideraba que los dioses ya sabían lo que era bueno para cada uno. También criticó a quienes hablaban del cosmos y las deidades porque hablaban de temas de los que no sabían nada y de los que, por tanto, era mejor no hablar por inútiles. Sin embargo, acudía a los dioses para cuestiones de adivinación y seguía las tradiciones de la ciudad en cuanto a las deidades establecidas. A Sócrates, que como era bien sabido solía estar en lugares públicos concurridos, nadie le escuchó jamás decir nada impío contra los dioses, sino en todo caso contra cómo practicaban algunos la religión. Cuando alguien hacía una ofrenda a los dioses, por ejemplo, no la valoraba por la cantidad dada sino por la medida de las posibilidades de cada cual (casi cinco siglos antes de la parábola de “La ofrenda de la viuda” en los Evangelios de Marcos y Lucas). Y cuando supo, por ejemplo, que Aristodemo no hacía ofrendas a los dioses y se reía de quienes así hacían, lo convenció para que él también fuera agradecido con la divinidad. Estas eran las pruebas que Jenofonte presentaba para rechazar frontalmente la acusación de que Sócrates no reconociera a los dioses.

En cuanto a la acusación de corromper a la juventud, nada podía estar más lejos, según su amigo. En oposición a quienes hablaban del cosmos, cada cual con teorías distintas dependiendo de la escuela a la que perteneciera, a él le gustaba conversar sobre temas humanos como la piedad, lo bello, lo justo, la locura, el valor, la cobardía, la ciudad, el hombre de Estado y el gobierno de los hombres. Al contrario de tantos otros, Sócrates se abstenía de cobrar o de jactarse de maestro o de vivir con lujos que le ofrecían porque, según decía, así defendía su libertad y porque creía que de una relación comercial no podía surgir ningún amigo. A él se le acercaban para aprender incluso los más ambiciosos a pesar de que vivía con poco. Enseñaba a ser positivo para disfrutar de la vida, a ser austero en los placeres para no volverse débil, a entrenarse para mejorar aunque no se hubiera nacido con las mejores cualidades porque conseguía más quien se esforzaba que quien tenía dotes innatas desaprovechadas y enseñaba también a no ser falso ni pretender ser lo que uno no es. Tanto si estaba de broma como en serio (el lado jovial y hasta bailarín de Sócrates dibuja algunos de los trazos más vivos y reveladores de estos textos), Jenofonte consideraba que su amigo siempre hizo bien a quien lo trató y, aunque advertía contra las malas compañías, concedía una gran importancia a la amistad.

15 de junio de 2017

In Our Time, el presentador y sus invitados

Durante más de un año he estado escuchando los archivos de la serie radiofónica In Our Time de la BBC, siguiendo en relativo orden cronológico cada uno de los programas de filosofía, cultura e historia en los que un perspicaz Melvyn Bragg mediaba y dirigía a un reducido grupo de expertos distintos en cada tema para conversar sobre un episodio de la historia, un fenómeno cultural o un descubrimiento científico, un libro de ficción o una figura del pensamiento. Su papel es proponer las líneas del debate y evitar que los invitados salten de tema o se pierdan en digresiones; estricto y amable, exigente y divertido, pero siempre ordenando la conversación. A pesar de la profusión y variedad de temas acumulados cada semana desde que en 1998 comenzara la emisión de este programa, Melvyn Bragg parece tener siempre la claridad de ideas, y supongo que el equipo necesario, para hacer las preguntas pertinentes y para saber de antemano qué quiere tratar, cómo si ya conociera bien el tema, a la vez que resulta lo suficientemente interesado e ignorante para darle el protagonismo casi absoluto a los expertos invitados, sin interferir con sus propias opiniones tal y como abundan en otros presentadores culturales que eclipsan a sus entrevistados o, por el contrario, los dejan hablar sin freno sin dirigirles el rumbo. Su gran mérito, en definitiva, es ser eficaz pasando desapercibido y elegir a sus invitados de entre los mejores. 

Cada tema propuesto exige, por supuesto, de expertos distintos. Ni de amigos cultos, ni de miembros del gremio periodístico relativamente especializados, sino de los expertos de cada materia, generalmente académicos provenientes de las universidades inglesas, que avalan la calidad y conocimiento de los entrevistados. Son, por lo general, tres invitados, que contrastan sus puntos de vistas, enriquecen la conversación con perspectivas que se solapan o llegan a polemizar con visiones opuestas, incluso cuando entre los invitados están algunos de los personajes más renombrados de la cultura anglosajona de las últimas décadas como Susan Sontag, Harold Bloom, Martin Amis, Christopher Hitchens, Mary Beard o el mismísimo Eric Hobsbawm. Yo no pude evitar emocionarme cuando, caminando por una calle poco concurrida, oí inesperadamente a los ya desaparecidos Sontag y Hitchens, cuyas voces sonaron mucho más cálidas y cercanas que en una grabación de video, en donde las ropas o el escenario aportan el contexto temporal de inmediato, y los escuché así como traídos de entre los muertos, sin edad definida, para disertar en vivo a mi lado. Aunque prácticamente todos los programas tratan temas de gran interés, los que no lo parecen, o por lo menos a mí me resultaban insulsos, como el mito de la inocencia americana o la historia de los ángeles, acabaron por serme de lo más interesantes. Cómo ha conseguido Melvyn Bragg atraer a tantos entrevistados eruditos, y hasta geniales, sólo puede explicarse en última instancia por su buen hacer. 

Esta emisión me ha acompañado mientras hacía la compra semanal en el supermercado y mientras elegía las frutas y verduras en la frutería del barrio, en mis desplazamientos andando al trabajo o cuando iba a buscar a mis hijos al colegio, y ahora que me quedan tan pocos por escuchar, y he repetido algunos, temo el inminente sentimiento de desamparo ante el vacío. El programa, que empezó antes de la popularización de internet, sigue emitiéndose semanalmente, pero ya no será lo mismo sin escarbar en el archivo que la BBC ha puesto gratuitamente, a pesar del costo de producirlo y almacenarlo, al alcance de todos los oyentes del mundo que, gracias a las nuevas tecnologías, podemos escucharlos en nuestros ordenadores, tabletas, móviles o pequeños reproductores. No puedo resistirme a sugerir el paralelismo del título de este programa, In Our Time, con el título de aquella revista de Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Maurice Merleau-Ponty, Les Temps Modernes, con la que además del eco del nombre, guarda cierto parecido por la categoría de sus colaboradores, aunque difiera tanto en otras cuestiones. Por otra parte, quiero suponer que hay presentadores capaces y dispuestos a hacer un programa de radio similar en español pero, quizá por una cuestión de prejuicios, me cuesta algo más imaginar que tuviera el apoyo institucional o empresarial necesario, a pesar de que Melvyn Gragg cuenta, sólo entre quienes lo escuchan en directo y no en grabaciones posteriores de audio como yo, con más de dos millones de oyentes por cada programa.

15 de mayo de 2017

Dos diccionarios filosóficos: de Voltaire a Savater

Voltaire fue un escritor extremadamente divertido que escondía a un pensador bien serio. Su facilidad para desacreditar las ideas ajenas, desenmascarando sus argumentos con humor desenfadado de espadachín, abruman y despiertan el sentido crítico en el lector. Nunca adolece de sofista ni de cínico porque se lanza a una constante y encendida lucha contra las injusticias y las acusaciones falsas, vengan de donde vengan, aunque en sus Memorias también percibimos a un hombre que disfruta vengándose de sus enemigos y a un crítico insobornable, lo que sin duda contribuyó a hacerlo tan polémico. Bajo un conocimiento profundo y enciclopédico, con ejemplos de la historia o de una historia que ya apenas transitamos, con un contraste continuo de culturas y religiones en su presente y en el pasado, hay también en Voltaire un conocimiento psicológico, que pudieran resumirse en varias ideas sobre el comportamiento humano, que articula sus dardos y argumentos, de tal forma que, por ejemplo, si los hombres de su tiempo estaban llenos de defectos evidentes, los del pasado debieron ser parecidos y los del futuro también lo serán. Por eso se mete sin pudor con vivos y muertos, especialmente con los griegos -de Heródoto dice que no hace sino contar necedades-, con un sentido histórico penetrante y tanto o más revolucionario que otras filosofías bien esquematizadas.

Voltaire aparece ante el lector como un torbellino filosófico que apunta, con gracia e ironía, hacia ciertas ideas establecidas y ridiculiza lo ridículo por muy sagrado que se presente, o transmuta con su mordacidad lo serio en ridículo, salvo la existencia de Dios, que nunca pone en duda. Sin embargo, o quizá por esto mismo, puede resultar contradictorio incluso dentro de una misma obra. Así, en su Diccionario filosófico, sus afirmaciones pesimistas y desengañadas sobre la naturaleza humana en una entrada como la de “Patria” contrastan llamativamente con la de “Malvado”, en donde paradójicamente defiende de manera conmovedora la bondad del hombre por naturaleza. Su virtud no radica en poseer un pensamiento integrado, sino más bien un ojo clínico y certero para desenmascarar con desparpajo el pensamiento ajeno. Quizá por eso hay quienes no acaban de incluirlo entre los filósofos de primera línea, aquellos que construyeron un edificio de argumentos perfectamente articulados para comprender el mundo buscando una idea esencial que lo explicara, lo que según Ortega y Gasset era la tendencia del filósofo frente al escritor, como Stendhal, que gusta de usar las más diversas ideas para vertebrar sus obras, pero lo cierto es que tampoco nadie se atreve a apartar a Voltaire del panteón. Por algo será que no se deciden. Mientras tanto, lo mejor será disfrutarlo en una fuente de inteligencia, sabiduría y humor como es su Diccionario filosófico.

Ilustración: René Magritte,
La clef des songes (detalle)
Esto último también puede decirse con respecto al ameno Diccionario filosófico de Fernando Savater. Sus entradas comienzan por lo común defendiendo la idea o la persona referidas de quienes las denostan, con el ardor de romper tópicos, captados aquí y allá, unos tras otros, y que hacen su filosofar una serie de martillazos contra los prejuicios. La tensión aparente surge de ese descubrimiento continuo de moralistas allí donde a veces uno no los había apenas notado, moralistas en el peor sentido, llenos de prejuicios y moralinas, frente a su apuesta por el sentido moral como parte indiscutible de la inteligencia cívica. Las entradas pueden leerse como artículos o breves ensayos sobre conceptos que subyacen a muchos temas relevantes de nuestra actualidad para alumbrarlos con profundidad, ingenio y, como no, con ayuda de otros pensadores anteriores, que para algo están. Hay en este diccionario referencias al pensamiento de quienes lo han marcado en su trayectoria intelectual: Nietzsche, Hannah Arendt, Bertrand Russell, Foucault, Cioran o Voltaire. Se percibe especialmente su respeto por Emil Cioran y su entusiasmo por Voltaire, de quienes ha hablado muchas veces y traducido libros suyos, así como el aliento de Foucault y su admiración por Rilke o Spinoza, y por esa ilustración menospreciada y entendida de forma tan simplificada que ha quedado reducida a una diana facilona. 

Savater es más justo con Heródoto que Voltaire cuando explica que el gran historiador griego de Halicarnaso, actualmente la turística Bodrum, fue el primero en utilizar la palabra democracia y exaltarla frente a la tiranía. Pero Voltaire vivía rodeado de una idealización de los clásicos, que eran tomados como modelos de imitación en las más diversas áreas, desde la arquitectura y la escultura a la pintura y la literatura, mientras Savater vive en un mundo que desprecia a los clásicos grecorromanos como antiguallas académicas que no aportan rédito económico y a quienes ya casi nadie lee. Esa idea griega de democracia, nos recuerda, está emparentada con la filosofía, que aunque pueda llegar a negarla no puede crecer sin ella, y cuya principal aportación es el concepto de individuo. De una forma similar acude a sus pensadores favoritos para apoyar su pensamiento y fortalecer sus coincidencias. De Voltaire recoge entre otras cosas su europeísmo y de Bertrand Russell, por ejemplo, su racionalismo y su compromiso por la paz, su rechazo a las religiones y su idea de que cada hombre busca la felicidad. Así van desplegándose excelentes reflexiones sobre algunos de los temas habituales de Savater: el nacionalismo, la estupidez, la ética, la religión, la naturaleza humana, la muerte, la lectura o la democracia. Pasen y léanlo, pueden hacerlo abriendo el libro al azar, empezando por el final o, como si fuera un ensayo o una novela, de la A de “Alegría” a la V de “Voltaire”.

15 de abril de 2017

¿Debe el arte entretener?

Creo que fue Buñuel quien dijo que podíamos hacer una película sobre cualquier cosa, pero debíamos hacerla entretenida. Lástima que no encuentro la cita, ya que probablemente esta está transformada en mi memoria por los años, aunque así sirve a mis intenciones. La sutileza entre tal afirmación y la que pretende hacer del arte un mero entretenimiento resulta resbaladiza, aunque parece llegar intuitivamente a nosotros. La obra puede tratar cualquier tema pero debe seducir al espectador, de ahí el arte de la narración, mientras que al hacer entretenimiento como fin en sí mismo entendemos que uno se pliega a un supuesto gusto del espectador, por lo general con una propuesta que ya ha tenido éxito previo, minimizando el riesgo temático o moral y la innovación de la forma artística, o diluyendo la propuesta espiritual o filosófica.

Puede que uno de los problemas teóricos del arte como entretenimiento radique en la inexistencia del espectador como una generalidad con un gusto único. Los individuos no sólo tenemos gustos distintos sino que los cambiamos a lo largo de los años, lo que explicaría en parte por qué resulta tan dogmático escuchar a ciertas personas abogar por un arte entretenido, como si lo que los entretiene a ellos fuera lo que debe entretener a todos los demás. Sin embargo, la idea del arte como entretenimiento se hace fuerte cuando el criterio de entretenimiento se equipara al gusto de la mayoría, ya que enfrentarse a este argumento corre el riesgo de hacernos resbalar por un peligroso elitismo. Pero el gusto en el arte, como el gusto en tantas otras cosas, desde la cocina al vestir o la decoración, es susceptible de ser mejorado y no tiene porqué estar siempre del lado más concurrido. Además, el gusto mayoritario cambia con las épocas, de tal forma que quienes han imaginado alguna vez una historia del gusto desconfían un poco de él.

Si consideramos el entretenimiento como el sabio uso de la técnica artística empleada para mantener al espectador, tendremos un criterio de valoración más estable. Los criterios de valoración del arte (por ejemplo, la adecuada dosificación de la información para generar suspense o la correcta iluminación según la necesidad de una película) requieren de una sensibilidad que puede ir adquiriéndose por diversas vías, unas intuitivas, algunas sesudas y otras experimentando por uno mismo. No todos usamos los mismos criterios cuando consideramos una novela o una película, hay quienes conocen cuestiones técnicas que se nos escapan al resto, aunque por supuesto pueden ser aprendidas. El gusto, por lo contrario, pudiera no sustentarse o emanar de criterios suficientemente rigurosos de fondo, por eso suele resultar más arbitrario, caprichoso y tan general que con frecuencia pierde su valor nada más ser expresado.

El entretenimiento, por tanto, no tiene porqué ser compartido por todos en el mismo grado ni en el mismo sentido. Hay quienes buscan ser sorprendidos por alguna novedad, sensibilizarse ante una realidad o experiencia vital ajena, conmoverse con unos personajes complejos o sentirse transformados como si la experiencia leída o vista los hubiera situado en donde no habrían llegado por sí mismos o hacía muchos años que habían olvidado. Hay quienes desean una catarsis de los miedos y fantasmas que cobijan. Hay quienes prefieren sucumbir a la belleza inherente a la obra, lingüística o visual, o extasiarse ante las posibilidades formales desplegadas. Aunque sea un elemento importante, el entretenimiento en sí no vale como criterio único y final. Es muy característico de nuestro tiempo ensalzarlo, como en otras épocas se ha ensalzado lo didáctico, lo ingenioso, lo bello, lo sublime, lo rupturista o lo comprometido. Si hoy celebramos lo entretenido por encima de otros criterios quizá esto diga mucho más de nosotros a los hombres del futuro de lo que nos damos cuenta ahora de nosotros mismos.

15 de marzo de 2017

Mejicanos perdidos en Méjico

He releído Los detectives salvajes para intentar entender porqué la primera parte de esta novela de Roberto Bolaño quedó fijada en mi imaginación como una de esas raras lecturas capaces de, literalmente, hacerme sudar, transportado por una experiencia que hacía desaparecer la frontera entre el libro y el lector. Para mi sorpresa he constatado que no se trató de un rapto juvenil, cuando mis intereses personales podían evocar con mucha más facilidad las preocupaciones del narrador y los temas del relato, sino que experimenté el mismo estado hipnótico y exultante de la primera vez ante una narración capaz de captar y representar el estado de ánimo de la juventud, o por lo menos ciertas emociones de la juventud, como Salinger hizo en su famosa novela con la adolescencia, y evocar en una aventura llena de personajes y escenarios recurrentes sus ansiedades, expectativas, valores, deseos y frustraciones. 

Ilustración: Jack Vettriano,
The Billy Boys (detalle).
A partir de la escapada de aquello que representan las obligaciones de la juventud y la seguridad de una vida convencional, los detestados estudios en la facultad y la aburrida familia paternalista, nos adentramos de mano del joven poeta narrador en el descubrimiento del sexo, la escritura y la vida urbana con sus largas caminatas y conversaciones con amigos literatos. La precariedad es la despreciada contrapartida de una vida azarosa y libre. Como señala Muñoz Molina (El País, 11/11/16), lo sepamos o no, este imaginario de rebeldía juvenil, prostitución y pobreza, pasión literaria y tabernaria, el deambular por la gran urbe y la inmersión en los paraísos artificiales es deudor de Thomas de Quincey. La ciudad, el inmenso DF, cobra la importancia casi de un personaje más, omnipresente pero inabarcable, en donde se producen los encuentros y el contraste de clases, desde los cuartos de los barrios humildes y las calles de vida nocturna, los hoteles baratos o los bares populares, a la casa de una familia acomodada venida a menos, cuyas hijas artistas ejercen de irresistible imán para el narrador y sus amigos poetas. 

Hay sin embargo una mirada compleja, llena de ironía, sobre los muchos personajes que este narrador va encontrándose y buscando, y sobre sí mismo. La abierta aceptación de su ignorancia, sus confusiones, sus meteduras de pata. Se destila humor en las situaciones y una habilidad mordaz para contornear a los personajes (Bolaño demostró con creces su fecunda y apabullante capacidad de crear personajes en La literatura nazi en América), pero también una mirada compasiva hacia la juventud creadora y hasta una soterrada defensa de la literatura como rebeldía, quizá el único reducto de belleza en un mundo triste, en el que tanto unos y otros se infligen dolor y los hechos nunca son como quisiéramos. Los desvelos por perder la virginidad se transforman en trastornos emocionales tras haberla perdido. El amor y el sexo no se corresponden. A quien quieres no te quiere, a quien no quieres te quiere. La felicidad nunca dura más de unos días, incluso si se alcanza la plenitud de pasar el día escribiendo, leyendo y acostándose con la amante. El amor es un misterio del que cualquier noción resulta un obstáculo para entenderlo, parece decirnos, y hay que aceptarlo tal cual ocurre. 

Pero son quizá los hechos que se precipitan en tan solo dos meses, la cantidad de personajes que van y vienen para luego reaparecer cuando menos creíamos, la pornografía integrada en el relato sin efectos erógenos, y los elementos de suspense más o menos insignificantes que van diseminándose a lo largo de la narración, los que aportan un ritmo vertiginoso a este diario que cristaliza, finalmente, en unas escenas propias de una aventura de acción en las que, sin embargo, el narrador resalta con burla lo anodino de la situación. La prosa no llama la atención: Sin ser frases enflaquecidas, son de una brevedad ajustada a la de un joven poeta de diecisiete años que escribe un diario, pero su tono se impone debido a su perspicacia, su humor sereno y sus estados de ánimo, la sinceridad de sus limitaciones y el descubrimiento paulatino, junto con el lector, de esa gente con la que empieza a relacionarse. Un relato que no me importará darme el gusto de releer más veces.

15 de febrero de 2017

El guerrillero y el asesino, la novela póstuma de Carlos Fuentes

Ilustración: Fernando Vicente.
Anunciada en múltiples ocasiones, incluso leyó en público algunos fragmentos, la novela póstuma de Carlos Fuentes, según nos cuenta su prologuista y editor Julio Ortega, no quedó realmente terminada, sino en fase de recomposición, con muchas notas, tras haber vuelto sobre ella durante los últimos veinte años de su vida. La forma, esa gran preocupación de Fuentes que lo llevaba a buscar siempre una manera distinta de contar sus historias, se nos presenta como una serie de islas dominadas cada una por un cráter central y unidas por una plataforma sumergida bajo el mar, es decir, una serie de escenas de gran intensidad emocional o intelectual que van al grano de su esencia. Prácticamente cada capítulo podría titularse con apenas una palabra que lo enmarca y define perfectamente: El asesinato, la selva, la familia, el presidio, la educación, el enfrentamiento con el padre, los libros, las mujeres, los sicarios. En cada uno de ellos hay un esfuerzo de síntesis, poético e intelectual, cuyo escenario de fondo va revelándose con unas mínimas indicaciones, y en los que sólo importan unas pocas ideas principales que responden al interrogante soterrado que plantean. 

Fuentes, con su valentía intelectual, no rehuye el intento de mostrar y explicar al lector las causas últimas del conflicto colombiano. En su interpretación hay varias ideas que retornan constantemente en el texto. Una es la causa de la violencia de los sicarios, el paupérrimo ambiente donde crecen y del que una vez quisieron salir antes de conformarse y envanecerse con ser los efímeros reyes de sus míseros barrios hasta la pronta llegada de una muerte segura. Otra, el contexto violento y caciquil en el que emerge la guerrilla, cómo los terratenientes arrebataban las casas a los campesinos, obligándoles a venderlas o, de lo contrario, las quemaban o los mataban, y cómo los campesinos liberales mataban a los conservadores y los conservadores a los liberales, desencadenando una incontrolable reacción de venganzas en cadena. Así como la corrupción de la clase política, divida en dos bandos que gozaban de los mismos privilegios, que estudiaban en las mismas escuelas y que se repartían el poder ajenos a la mayoría de la gente. Además, Fuentes deja caer otra idea: A la oligarquía colombiana no le importaba la violencia porque ésta transcurría en el campo, no le afectaba directamente, y podía incluso beneficiarse de ella al erigirse en garante del orden establecido. 

El escenario planteado explica, sin intención de justificar, la aparición de la guerrilla. Los cuatro hermanos de la familia que toman las armas son retratados como solidarios, amables e idealistas. He tenido la sensación momentánea, que no puedo corroborar debido a mi ignorancia sobre el conflicto colombiano, de que Fuentes se deja seducir por la representación sin mácula de estos revolucionarios, pero ciertamente se circunscribe a los orígenes de estos hombres y los define y diferencia con maestría de escritor gracias a unos contados trazos psicológicos. Entre las grandes ideas que flotan en el texto hay otras puntuales pero muy valiosas para la comprensión de la historia del país. Quizá la más alentadora, que se desliza subrepticiamente y, al contrario de las anteriores, sin hacerse explícita, es la bondad de ciertos hombres en medio de la violencia, quienes curiosamente pertenecen a bandos contrarios. Hay bondad en algún revolucionario, hay bondad en algún conservador y la hay también en algún liberal. Ellos opinan lo mismo: Mejorar el país es montar más escuelas, evitar la pobreza, construir mejores infraestructuras y, en definitiva, asegurar la justicia social. Con esta base, los buenos conservadores, liberales y revolucionarios tienen en donde coincidir.

15 de enero de 2017

¿Es actual Doña Perfecta?

Cuando en el momento más profundo e incierto de la crisis se representó en Las Palmas Doña Perfecta, novela que el propio autor llevó al teatro, me pareció que parte de los aplausos correspondían a algo más que el reconocimiento por el trabajo de los actores, la escena y la dirección. Fluía en ellos, a través de la indignación provocada por la obra, la exaltación por las ideas de progreso y libertad. Como fue la primera y única vez en mi vida que he escuchado una reacción semejante, no estoy seguro de hasta qué punto mi propio ánimo tiñó los entusiasmos a mi alrededor o si realmente hubo quienes entendieron un paralelismo que, no obstante, se me antojaba bien lejano. Ni las ciudades de provincia (ya ni las llamamos así) se parecen a la Orbajosa de Galdós ni la España actual se asemeja a aquella otra del siglo XIX y sus conflictos, aunque lecturas como las de Raymond Carr, ciertamente, nos sugieren en ocasiones lo contrario. Por supuesto, no es comparable la religiosidad actual con la de entonces tal y como la vemos aquí, con su extendida beatería, la animadversión hacia la ciencia y la técnica, y su inquina hacia las ideas modernas, tachadas de ateas incluso si provenían de un creyente. Tampoco parece apropiado hacer un paralelismo con el papel del ejército, que fue garante del estado liberal frente a los conservadores Carlistas y que posteriormente sería defensor del orden social conservador. Nada que ver con la España de nuestros días. Y, sin embargo, parte del público extrajo unas ideas concretas políticas y sociales que estructuran y dan sentido a la obra, y que consideraron tan válidas antes como ahora, o por lo menos con la semejanza de un eco por sus referentes y mitos ideológicos. Hay un elemento político, más abstracto aún, que no es nada despreciable: La idea de la regeneración social. 

Ilustración: Ramón Casas,
El descanso de los ciclistas (detalle).
Ni se nos cuenta abiertamente cuáles eran las propuestas concretas simbolizadas en el joven José Rey ni probablemente están bien claras cuáles sean las medidas que pueden aplicarse en la España presente, pero la necesidad de una regeneración más o menos profunda encendió la imaginación de los presentes más sensibles a la injusta e indignante actualidad. La novela, que si mi memoria no me traiciona apenas varía de la obra de teatro, causa la misma indignación ante las mentiras, las maquinaciones y la hipocresía más enervante de quienes simbolizan el estancamiento del progreso social. Esta relación entre el ayer y el hoy, de una realidad pasada que, sin embargo, nos sigue ofreciendo emociones tremendamente actuales, bien vale una reflexión sobre una de las posibles funciones de la literatura. ¿Es simplemente un corpus que se apaga en el mundo de los académicos y en el de los escritores que rebuscan en él para cimentar su propio trabajo? ¿Se trata de una serie de obras que, como traídas por los muertos, nos hablan de nuestro pasado? Una vez me contaron que, en un país en donde el matrimonio es aún concertado por las familias, ciertas obras de nuestra literatura clásica son muy apreciadas por la gente joven. Y muchos vimos como durante el masivo rechazo a la guerra de Irak un cine proyectó El gran dictador de Chaplin y un teatro escenificó Las Troyanas de Eurípides. Parece, por tanto, que rebuscamos en la historia de la literatura respuestas o simulacros que nos ayuden a gestionar nuestros intereses e inquietudes, y hasta nuestra realidad social presente. En este sentido, entre psicologizante y con una vaga justificación utilitaria, Doña Perfecta era indudablemente actual para quienes aplaudían con tanto brío esta genial obra de tesis de Galdós.

15 de diciembre de 2016

La guerra del fin del mundo

Nada más empezar a leer las primeras páginas sentí la alegría y la excitación de haber acertado al elegir una novela de Mario Vargas Llosa que, en su momento, cuando leía sus libros uno tras otro como si hubiera descubierto un nuevo mundo, había dejado pasar. No sé si fue el título, el azar o el hartazgo, pero han tenido que pasar años para recordar que no me había leído La guerra del fin del mundo, y decidirme a hacerlo. Por la cantidad de historias que van desplegándose, las perspectivas contadas y las referencias constantes a la realidad política, social y económica del Brasil de final del XIX, esta novela consigue atrapar en sus páginas un mundo entero para revivirlo ante nuestros ojos, o por lo menos darnos esa impresión, y a pesar de todo, por extraño que parezca, el narrador se concentra en unos hechos concretos. Muchas de las peripecias de sus personajes pudieran perfectamente presumir de ser autónomas, complejas e interesantes por sí mismas, pero están en función de una historia mayor que aspira a ser global y poliédrica. El perfecto entramado, en líneas paralelas y confluentes, de las distintas historias de sus personajes, la eficacia de sus cruces y la fuerza de cada una de ellas, consigue contrastes continuos e intensos, vivos y estimulantes, capaces de revelarnos la verdad o la mentira, el acierto o la ignorancia, tras las opiniones o posiciones de sus personajes, que de otra manera no hubiéramos sabido calibrar adecuadamente, dejando a la luz la continua ignorancia y dificultad de conocer la verdad en la que de costumbre vivimos desde nuestra limitada visión. 

Ilustración: Juan Fresán.
El narrador que nos cuenta esta historia, a partir de estas múltiples perspectivas que se entrecruzan, está pegado a sus personajes, los sigue como reptando por esos valles y secarrales de Canudos y nos involucra en sus hazañas y desatinos sin juzgarlos. Siempre narra en tercera persona, casi siempre en pasado aunque utiliza el emocionante presente para seguir a Rufino o al periodista miope durante parte de la narración, y cada capítulo se focaliza mayormente en un personaje. Esto no quita para que esta tercera persona, tan cercana a los personajes que se confunde con ellos sin emitir consideraciones que no sean las de sus propios protagonistas, realice continuos saltos minúsculos de perspectiva y le de por focalizar eventualmente desde otros personajes menores. Muchos de los posibles juegos de un narrador en tercera persona, aparentemente sencillos frente a sus novelas anteriores, caben en esta narración caudalosa, ambiciosa en su reconstrucción y rica en adjetivos, en donde el estilo indirecto se mezcla con el directo en las conversaciones y en donde hasta el narrador queda impregnado, o impregna, el texto de características relacionadas con sus personajes, creando así una atmósfera que los define sin entrar en su psicología interna, como con la figura del Consejero, y en donde llega a confundirse con su tema y sus personajes incluso cuando da opiniones políticas. Así pasamos de uno a otro personaje, entramos y salimos de ellos, acercándonos y alejándonos constantemente, viéndolos desde tan cerca, casi confundidos con ellos, con un ritmo trepidante sostenido durante muchas páginas que se incrementa hacia el final. 

Algunos de los personajes resultan apasionantes a nuestra imaginación por su radicalismo, en cierto sentido son la materialización de unas ideas llevadas hasta sus últimas consecuencias lógicas, allá donde sólo se llega con un tesón propio del coraje o la locura. Otros lo son por su marginalidad, como los miembros del circo de variedades o los pobres más desarraigados o los ladrones más siniestros y violentos de la región. Todos quedan retratados, ni desde dentro ni desde fuera, sino desde ese posicionamiento que les cede la palabra, los sigue en la acción y muestra, de vez en cuando, algunos de sus pensamientos, muchos de ellos banales, pero que es capaz de hacerlos a todos comprensibles. A pesar de la variedad de sus personajes todos se vuelven relevantes, complejos, necesarios. Ninguno existe en vano y, esta es quizá una de las más excitantes sorpresas de la novela, todos son protagonistas, quizá con mayor relevancia del Barón de Cañabrava. Si al principio llevaban las riendas los más tozudos y radicales, irreconciliables entre ellos, al final son quienes menos claro lo tienen, quienes más dudan, entre otras causas por el mismo devenir de los acontecimientos, quienes dominarán la narración, pero todos tienen su momento de intensa vida en esta historia llena de brutalidad y violencia, de guerra y técnicas militares, de certezas y decepciones. Durante la lectura he tenido la sensación de que algunas ideas de esta novela abrieron la puerta a otros libros de Vargas Llosa para seguir escribiendo sobre ellas, como si al cristalizarse aquí quedaran como motivo de reflexión y desarrollo posterior.

15 de noviembre de 2016

Releyendo Romeo y Julieta

Gracias a la representación de una adaptación juvenil de Romeo y Julieta, llena de divertidos recursos pensados para un público tan inquieto, desinhibido y hablador como el que probablemente acudía a los escenarios isabelinos, me decidí a releer este clásico de Shakespeare del que muy frecuentemente tenemos la impresión de sabérnoslo todo (salvo por las controversias y detalles académicos, por supuesto) y al que muchas veces consideramos menor por parecernos un drama más propio de adolescentes, como sus personajes. ¿Quién no conoce de qué va y qué sucede en esta obra incluso si jamás ha pisado un teatro? ¿Quién no ha escuchado burlas o se ha burlado de Romeo o de Julieta o de ambos por múltiples razones? Comenté hace meses que, incluso antes de existir el drama de Shakespeare, el cuento de Luigi da Porto en el que se inspira ya ponía en duda la capacidad de un amor así entre los amantes de su tiempo. Pero esta historia, que resiste los siglos con una fuerza abrumadora, vale la pena ser revisitada. Yo, esta vez, me he llevado dos sorpresas. 

La primera es la revelación de una forma concebida a la perfección. Cada uno de los cinco actos comienza con una situación que introduce el desasosiego en la audiencia, el indicio de un elemento perturbador, y casi cada uno de los actos termina con algún elemento tranquilizante. Si el primero empieza con la rivalidad de las dos familias y con la desesperación de Romeo por una amada que no le hace caso, acaba con el encuentro feliz entre Romeo y Julieta. Si el segundo comienza con el riesgo mortal de ser cogidos, acaba con la boda. Si el tercero comienza con la muerte de Mercutio a manos de Tybalt y la muerte de éste a manos de un vengador Romeo, sembrando su desgracia, acaba sin embargo con una Julieta capaz de engañar a su familia en su duelo y dispuesta a acudir al fraile en busca de una solución. Si el cuarto comienza con las presiones de Paris y la temeraria astucia del fraile, acaba con el truculento y exitoso engaño de Julieta y un toque de humor gracias a los músicos actores. Y si el quinto acto comienza con el aviso a Romeo de que su amada ha muerto, sin haberse enterado de la estratagema del fraile, acaba, es cierto, con la desgraciada muerte de los amantes, pero también con la reconciliación de las familias enemigas. Es decir, al contrario de lo que afirmaba Voltaire en sus Cartas filosóficas, Shakespeare no era un desconocedor de las reglas, las conocía muy bien, aunque no las del teatro posterior del siglo XVIII, sino otras basadas en las emociones del público para mantenerlo atento e intrigado.  

Ese final que cierra el marco narrativo a la perfección (recordemos cómo empieza con una escena de la rivalidad de las familias y sólo posteriormente con el dolor de Romeo en la siguiente escena) me lleva a la segunda sorpresa. Ésta no se centra en el texto como objeto de análisis para descubrir la forma que da sentido a la emoción en el drama, llevándonos de la inquietud a la calma en cada acto, sino en la reflexión posterior propiciada por mi experiencia vital. Desde la primera vez que tuve constancia de esta historia, cuando entrando en la pubertad quedé impresionado por una versión fílmica en blanco y negro de la que sólo recuerdo el fatídico desenlace y su atmósfera tenebrosa, hasta la lectura de hoy, mis emociones no pueden haberse transformado más. Empezó con el impacto emocional de ver cómo el peso de las normas y los odios es mayor que el deseo libre, más tierno y verdadero de los amantes, continuó con la ironía juvenil ante un drama más bien para tontorrones enamoradizos, y a día de hoy me conmueve la reconciliación de las dos familias tras el sacrificio innecesario de dos adolescentes que se amaban. Hay un elemento, sin embargo, que sigue produciéndome la misma congoja que la primera vez: Las consecuencias dramáticas derivadas de una carta sin entregar.

15 de octubre de 2016

Literatura y opresión

En las memorias de sus años como profesora universitaria en Teherán y en su casa a un reducido grupo de alumnas, Azar Nafisi desgrana con gran complejidad los puntos de encuentro y desencuentro entre la realidad y la ficción bajo el autoritarismo moralista de la teocracia islámica. La vida cotidiana se ha vuelto opresiva, especialmente para las mujeres, obligadas a vestir de negro y con velo, alejadas de sus pares varones en cualquier evento público y cacheadas por otras mujeres dogmáticas por si escondieran peligrosos utensilios subversivos como pintalabios, colorete o rímel. Desde la llegada de la República Islámica, la edad legal para casarse ha bajado de los 18 a los 9 años y se ha restituido el apedreamiento de adúlteras y prostitutas. Las humillaciones de la guardia moral a quienes se saltan las normas de comportamiento en la calle, como la prohibición de estar con un hombre que no sea tu marido, padre o prometido, pueden variar desde recibir azotes públicos a verte obligada a pasar pruebas de virginidad en el hospital, incluso frente a los alumnos en práctica de ginecología. El poder quiere controlarlo todo, desde la vida pública a la privada, y lleva la reglamentación hasta el absurdo y el delirio. 

La universidad, el mundo de la cultura y la prensa son también sus víctimas. Intentan controlarlos y, si no pueden, acaban con quienes se resisten. Azar Nafisi narra en su Reading Lolita in Tehran, A Memoir in Books cómo poco a poco fueron deshaciéndose de los profesores universitarios, cómo desaparecían los jóvenes izquierdistas rebeldes que sin embargo habían sido cómplices en su odio a occidente, cómo asesinaron a prominentes figuras académicas, periodistas o artistas, y cómo incluso, en el paroxismo del odio al otro, llegaron a ejecutar a gente por fumar cigarrillos americanos. En medio de esta locura fanática, en la que hasta la música extranjera está prácticamente prohibida o te señala como sospechoso, la mayoría de los talentos iraníes se pierden y sus carreras quedan truncadas. La habitación de su casa, en donde se refugia con unas pocas alumnas, se convierte así en un lugar donde poder vestir y expresarse libremente, pero la mayor transgresión llega a través del comentario de grandes obras de la literatura, lecturas mayormente de la era contemporánea y del ámbito anglosajón. 

Esas clases resultan ser un ejercicio de reflexión literaria, introspección personal y crítica social. Hablan mucho de las emociones y reacciones de los personajes de ficción, de cómo los escritores nos las ofrecen, y cómo la literatura, en opinión de la autora, es un ejercicio de empatía, de comprender a los otros y sentir con ellos. La novela, como campo de experimentación, intercambio y ampliación de miras, nos puede someter a reajustar nuestra mirada, reconsiderar nuestras ideas o hacernos dudar de nuestras creencias, a veces con el riesgo de llevarnos por caminos ignotos y turbadores, algo que rechaza instintivamente cualquier gobierno totalitario y represivo. De hecho, los grandes escritores prohibidos pasan a ser casi de inmediato los más compartidos, buscados y celebrados, aunque de forma clandestina. La ficción se revaloriza como vehículo de ideas y emociones, capaz de abrir espacios íntimos de libertad. Las reflexiones vertidas sobre los personajes de Vladimir Nabokov o los de Jane Austen o los de Henry James o los de Scott Fitzgerald son a veces luminosas, dignas de ensayos originales lejos de encorsetadas metodologías académicas y a la vez deudoras de lecturas profundas y rigurosas. 

Dan ganas de releer las obras que la autora va estudiando con su pequeño grupo de alumnas así como en su clase de la universidad, donde los debates se centran en un juicio moral y no en uno estético o psicológico y, por tanto, resultan tan maniqueos como intensos. El juicio ficticio a los personajes del Great Gatsby, por ejemplo, sintetiza el enfrentamiento en la universidad entre quienes juzgan a través de criterios morales e ideológicos y quienes lo aprecian como obra literaria en toda su complejidad estética, emocional y filosófica. Para los primeros, los moralistas politizados, queda desdibujada la distinción entre la realidad y la ficción. En cierto sentido, se reproducen a escala académica los juicios a los que muchas novelas reconocidas fueron sometidas en el sigo XIX y principios del XX en Europa y Estados Unidos, sólo que en Irán, como en tantos otros lugares del planeta, han ganado los censores. Por eso, el diálogo más rico y sutil se produce en las clases privadas en casa de la profesora, en donde la ficción, si bien no define la realidad, ofrece formas críticas de aproximarse y entenderla. El arte sirve así de refugio y arma frente a la ideología y la tiranía, y es capaz de transformar al individuo, como a estas alumnas, para preservar un margen de independencia y libertad. 

Christopher Hitchens menciona este libro repetidamente en su autobiografía, Hitch-22: A Memoir, probablemente porque aúna de forma ejemplar sus pasiones por la emancipación, la verdad y la literatura, muestra la importancia de la política incluso para quienes se sienten desinteresados en ella y corrobora su desconfianza en la religión. El libro de Azar Nafisi está dividido en varios capítulos titulados con nombres de escritores, con saltos temporales sobre todo al principio y al final, y está narrado desde la perspectiva del exilio en Estados Unidos. El propio título nos pone en la pista de la relación que se establece entre un libro y el momento de la lectura, entre el texto y el lector, cuyas circunstancias emocionales, políticas, económicas o culturales pueden ser bien distintas, en ese espacio entre uno y otro, en el que ya no hablamos de crítica literaria sino de la huella que un libro nos deja y su impresión desde nuestra biografía. Nada más y nada menos que un tratado sobre porqué importa la literatura y qué puede hacer por nosotros. Susan Sontag resaltó de este libro publicado en 2003 su complejo análisis y defensa de la libertad y el libre pensamiento frente a los constantes ataques de la teocracia y cómo, con sus clases y debates, la autora había mostrado a otras personas a pensar por su cuenta y tomar consciencia a través del acercamiento a la literatura universal.