15 de noviembre de 2016

Releyendo Romeo y Julieta

Gracias a la representación de una adaptación juvenil de Romeo y Julieta, llena de divertidos recursos pensados para un público tan inquieto, desinhibido y hablador como el que probablemente acudía a los escenarios isabelinos, me decidí a releer este clásico de Shakespeare del que muy frecuentemente tenemos la impresión de sabérnoslo todo (salvo por las controversias y detalles académicos, por supuesto) y al que muchas veces consideramos menor por parecernos un drama más propio de adolescentes, como sus personajes. ¿Quién no conoce de qué va y qué sucede en esta obra incluso si jamás ha pisado un teatro? ¿Quién no ha escuchado burlas o se ha burlado de Romeo o de Julieta o de ambos por múltiples razones? Comenté hace meses que, incluso antes de existir el drama de Shakespeare, el cuento de Luigi da Porto en el que se inspira ya ponía en duda la capacidad de un amor así entre los amantes de su tiempo. Pero esta historia, que resiste los siglos con una fuerza abrumadora, vale la pena ser revisitada. Yo, esta vez, me he llevado dos sorpresas. 

La primera es la revelación de una forma concebida a la perfección. Cada uno de los cinco actos comienza con una situación que introduce el desasosiego en la audiencia, el indicio de un elemento perturbador, y casi cada uno de los actos termina con algún elemento tranquilizante. Si el primero empieza con la rivalidad de las dos familias y con la desesperación de Romeo por una amada que no le hace caso, acaba con el encuentro feliz entre Romeo y Julieta. Si el segundo comienza con el riesgo mortal de ser cogidos, acaba con la boda. Si el tercero comienza con la muerte de Mercutio a manos de Tybalt y la muerte de éste a manos de un vengador Romeo, sembrando su desgracia, acaba sin embargo con una Julieta capaz de engañar a su familia en su duelo y dispuesta a acudir al fraile en busca de una solución. Si el cuarto comienza con las presiones de Paris y la temeraria astucia del fraile, acaba con el truculento y exitoso engaño de Julieta y un toque de humor gracias a los músicos actores. Y si el quinto acto comienza con el aviso a Romeo de que su amada ha muerto, sin haberse enterado de la estratagema del fraile, acaba, es cierto, con la desgraciada muerte de los amantes, pero también con la reconciliación de las familias enemigas. Es decir, al contrario de lo que afirmaba Voltaire en sus Cartas filosóficas, Shakespeare no era un desconocedor de las reglas, las conocía muy bien, aunque no las del teatro posterior del siglo XVIII, sino otras basadas en las emociones del público para mantenerlo atento e intrigado.  

Ese final que cierra el marco narrativo a la perfección (recordemos cómo empieza con una escena de la rivalidad de las familias y sólo posteriormente con el dolor de Romeo en la siguiente escena) me lleva a la segunda sorpresa. Ésta no se centra en el texto como objeto de análisis para descubrir la forma que da sentido a la emoción en el drama, llevándonos de la inquietud a la calma en cada acto, sino en la reflexión posterior propiciada por mi experiencia vital. Desde la primera vez que tuve constancia de esta historia, cuando entrando en la pubertad quedé impresionado por una versión fílmica en blanco y negro de la que sólo recuerdo el fatídico desenlace y su atmósfera tenebrosa, hasta la lectura de hoy, mis emociones no pueden haberse transformado más. Empezó con el impacto emocional de ver cómo el peso de las normas y los odios es mayor que el deseo libre, más tierno y verdadero de los amantes, continuó con la ironía juvenil ante un drama más bien para tontorrones enamoradizos, y a día de hoy me conmueve la reconciliación de las dos familias tras el sacrificio innecesario de dos adolescentes que se amaban. Hay un elemento, sin embargo, que sigue produciéndome la misma congoja que la primera vez: Las consecuencias dramáticas derivadas de una carta sin entregar.

15 de octubre de 2016

Literatura y opresión

En las memorias de sus años como profesora universitaria en Teherán y en su casa a un reducido grupo de alumnas, Azar Nafisi desgrana con gran complejidad los puntos de encuentro y desencuentro entre la realidad y la ficción bajo el autoritarismo moralista de la teocracia islámica. La vida cotidiana se ha vuelto opresiva, especialmente para las mujeres, obligadas a vestir de negro y con velo, alejadas de sus pares varones en cualquier evento público y cacheadas por otras mujeres dogmáticas por si escondieran peligrosos utensilios subversivos como pintalabios, colorete o rímel. Desde la llegada de la República Islámica, la edad legal para casarse ha bajado de los 18 a los 9 años y se ha restituido el apedreamiento de adúlteras y prostitutas. Las humillaciones de la guardia moral a quienes se saltan las normas de comportamiento en la calle, como la prohibición de estar con un hombre que no sea tu marido, padre o prometido, pueden variar desde recibir azotes públicos a verte obligada a pasar pruebas de virginidad en el hospital, incluso frente a los alumnos en práctica de ginecología. El poder quiere controlarlo todo, desde la vida pública a la privada, y lleva la reglamentación hasta el absurdo y el delirio. 

La universidad, el mundo de la cultura y la prensa son también sus víctimas. Intentan controlarlos y, si no pueden, acaban con quienes se resisten. Azar Nafisi narra en su Reading Lolita in Tehran, A Memoir in Books cómo poco a poco fueron deshaciéndose de los profesores universitarios, cómo desaparecían los jóvenes izquierdistas rebeldes que sin embargo habían sido cómplices en su odio a occidente, cómo asesinaron a prominentes figuras académicas, periodistas o artistas, y cómo incluso, en el paroxismo del odio al otro, llegaron a ejecutar a gente por fumar cigarrillos americanos. En medio de esta locura fanática, en la que hasta la música extranjera está prácticamente prohibida o te señala como sospechoso, la mayoría de los talentos iraníes se pierden y sus carreras quedan truncadas. La habitación de su casa, en donde se refugia con unas pocas alumnas, se convierte así en un lugar donde poder vestir y expresarse libremente, pero la mayor transgresión llega a través del comentario de grandes obras de la literatura, lecturas mayormente de la era contemporánea y del ámbito anglosajón. 

Esas clases resultan ser un ejercicio de reflexión literaria, introspección personal y crítica social. Hablan mucho de las emociones y reacciones de los personajes de ficción, de cómo los escritores nos las ofrecen, y cómo la literatura, en opinión de la autora, es un ejercicio de empatía, de comprender a los otros y sentir con ellos. La novela, como campo de experimentación, intercambio y ampliación de miras, nos puede someter a reajustar nuestra mirada, reconsiderar nuestras ideas o hacernos dudar de nuestras creencias, a veces con el riesgo de llevarnos por caminos ignotos y turbadores, algo que rechaza instintivamente cualquier gobierno totalitario y represivo. De hecho, los grandes escritores prohibidos pasan a ser casi de inmediato los más compartidos, buscados y celebrados, aunque de forma clandestina. La ficción se revaloriza como vehículo de ideas y emociones, capaz de abrir espacios íntimos de libertad. Las reflexiones vertidas sobre los personajes de Vladimir Nabokov o los de Jane Austen o los de Henry James o los de Scott Fitzgerald son a veces luminosas, dignas de ensayos originales lejos de encorsetadas metodologías académicas y a la vez deudoras de lecturas profundas y rigurosas. 

Dan ganas de releer las obras que la autora va estudiando con su pequeño grupo de alumnas así como en su clase de la universidad, donde los debates se centran en un juicio moral y no en uno estético o psicológico y, por tanto, resultan tan maniqueos como intensos. El juicio ficticio a los personajes del Great Gatsby, por ejemplo, sintetiza el enfrentamiento en la universidad entre quienes juzgan a través de criterios morales e ideológicos y quienes lo aprecian como obra literaria en toda su complejidad estética, emocional y filosófica. Para los primeros, los moralistas politizados, queda desdibujada la distinción entre la realidad y la ficción. En cierto sentido, se reproducen a escala académica los juicios a los que muchas novelas reconocidas fueron sometidas en el sigo XIX y principios del XX en Europa y Estados Unidos, sólo que en Irán, como en tantos otros lugares del planeta, han ganado los censores. Por eso, el diálogo más rico y sutil se produce en las clases privadas en casa de la profesora, en donde la ficción, si bien no define la realidad, ofrece formas críticas de aproximarse y entenderla. El arte sirve así de refugio y arma frente a la ideología y la tiranía, y es capaz de transformar al individuo, como a estas alumnas, para preservar un margen de independencia y libertad. 

Christopher Hitchens menciona este libro repetidamente en su autobiografía, Hitch-22: A Memoir, probablemente porque aúna de forma ejemplar sus pasiones por la emancipación, la verdad y la literatura, muestra la importancia de la política incluso para quienes se sienten desinteresados en ella y corrobora su desconfianza en la religión. El libro de Azar Nafisi está dividido en varios capítulos titulados con nombres de escritores, con saltos temporales sobre todo al principio y al final, y está narrado desde la perspectiva del exilio en Estados Unidos. El propio título nos pone en la pista de la relación que se establece entre un libro y el momento de la lectura, entre el texto y el lector, cuyas circunstancias emocionales, políticas, económicas o culturales pueden ser bien distintas, en ese espacio entre uno y otro, en el que ya no hablamos de crítica literaria sino de la huella que un libro nos deja y su impresión desde nuestra biografía. Nada más y nada menos que un tratado sobre porqué importa la literatura y qué puede hacer por nosotros. Susan Sontag resaltó de este libro publicado en 2003 su complejo análisis y defensa de la libertad y el libre pensamiento frente a los constantes ataques de la teocracia y cómo, con sus clases y debates, la autora había mostrado a otras personas a pensar por su cuenta y tomar consciencia a través del acercamiento a la literatura universal.

15 de septiembre de 2016

La libertad según B.F. Skinner

Para Skinner la libertad queda reducida a casi nada debido a la ineludible existencia de contingencias superiores o a la necesidad de una autoridad que, en el mejor de los casos, plantea los estímulos negativos de tal forma que no sean directamente perceptibles. Los defensores de esa entelequia llamada libertad habrían conseguido, con sus esfuerzos, poner remedios a las duras condiciones climáticas, a las situaciones políticas más autoritarias y a ciertas formas de presión social, pero los seres humanos seguimos atrapados en un sinfín de contingencias naturales y sociales de las que apenas podemos vislumbrar una salida. El deseo de escapar y evitarlas, eso sí, juega un papel más importante en la libertad cuando la situación es producida por otras personas. En tal caso, podemos aceptar la situación en la que nos encontramos, pero también podemos huir o rebelarnos, con el riesgo de desviar nuestra agresividad hacia quienes no son culpables. Los discursos sobre la libertad estarían motivados por cualquiera de esas dos reacciones de rechazo hasta el punto de que, según Skinner, el pensamiento sobre la libertad está pensado para estimular a la gente a la acción pero no imparte ningún conocimiento sobre la libertad. Estaríamos ante una incitación a la liberación pero no ante una verdadera filosofía de la libertad. 

Estas filosofías de la libertad harían aún más desdichados a sus seguidores ya que revelan el estado de opresión en el que se encuentran y apuntan hacia los culpables, de quienes deben liberarse, desde los tiranos hasta padres, profesores, militares o religiosos dominantes, pero no resolverían nada o casi nada. La falacia de la tolerancia absoluta, personificada en el buen anarquista que gusta de trabajar honradamente, aprende con atención y entusiasmo, trata bien a los demás e intercambia con ellos sus bienes de una forma justa, sin necesidad de autoridad ni gobierno, no superaría la prueba de las demasiadas y evidentes imperfecciones humanas. Si la filosofía de la libertad ha sido importante es porque, según Skinner, la gente se somete con demasiada facilidad a los estados de dominación, a lo que estas incitaciones de liberación sirven de contrapunto o formas de suavizar el control. En este sentido, los diferentes agentes que ejercen la autoridad han abandonado históricamente las técnicas aversivas según han ido comprendiendo que son mucho mejores otras técnicas más sutiles. Así, el castigo del profesor se ha ido cambiando por múltiples estrategias pedagógicas o el fomento del temor al castigo divino ha sido sustituido por el amor a dios. 

Este cambio del uso del refuerzo negativo por el refuerzo positivo como un premio tiene consecuencias mucho más difusas, en las que entran las relaciones beneficio coste o los sesgos, pero no genera rechazo o miedo. Existen, según Skinner, muchas maneras de mantener a los seres humanos tranquilos y hasta contentos con su estado de dominados, desde el pan y el circo, los espectáculos masivos y deportivos, al acceso al alcohol o a las drogas legales, y la laxitud con respecto a la pornografía. En cualquier caso la libertad, que ha sido frecuentemente interpretada como una huída de algo o alguien o como hacer lo que a uno le diera la gana, no estaría relacionada con sentimientos sino con las contingencias de refuerzo positivo y negativo. El conductismo de Skinner considera la libertad como una función de las situaciones de refuerzo ambientales. Su pensamiento va más allá de la breve historia de la psicología para entroncarse con la corriente determinista de una historia del pensamiento que demuestra conocer bien, pero para dejar la libertad a la altura de un engañabobos para niños. Sin embargo, sus ideas resultan sugerentes, por ejemplo, como base crítica para analizar los sutiles desarrollos de los mecanismos de dominación en sociedades modernas, plurales y democráticas como las nuestras.

15 de agosto de 2016

Lo fantástico en las aventuras de Blake y Mortimer

En L’énigme de l’Atlantide se reflejan las muchas virtudes y también uno de los aspectos, en mi opinión, más extravagantes y cuestionables de las  aventuras de Blake y Mortimer, hasta el punto de que pone contra las cuerdas la verosimilitud misma, esto es, su impúdica fantasía. A pesar de que sus protagonistas son nada más y nada menos que un fornido científico con pipa y pajarita, que tanto hace de egiptólogo como de físico o ingeniero, y un estilizado militar que dirige el servicio de seguridad británico, ambos amigos se enfrascan en fantasías delirantes que conjugan todo tipo de mitos y ficciones a veces desconcertantes. Así, llegan a una avanzada civilización humana en África que fue coetánea de los primerísimos homínidos, o son ayudados por un sacerdote con poderes ocultos que aún guarda los secretos de las pirámides egipcias tras miles de años, o se enfrentan a un ejército de seres idénticos dirigidos por una honda desde un laboratorio, o persiguen las monedas con poderes mágicos con las que se pagó a Judas su traición, o como en esta aventura descubren la existencia de un mundo subterráneo con dos civilizaciones enfrentadas desde hace miles de años, en las que unos están dibujados con la estética griega clásica, incluso invocan a Zeus, y hacen uso de una tecnología futurista propia de la ciencia ficción, mientras los otros, conocidos como bárbaros, son representados como algunos pueblos amerindios anteriores a la conquista, con sus pirámides, lanzas, plumas y caretas, en un mundo en donde además viven dinosaurios voladores como los pterodáctilos de hace 150 millones de años o supuestas selvas paleozoicas cuyo final data de hace unos 250 millones de años. En fin, una mezcolanza anacrónica, tan exagerada y rocambolesca, que no puedo sino preguntarme cómo es posible que, a pesar de todo esto, sea un adicto a esta serie de cómics que, por fortuna, continúa hoy en día en una línea muy similar a la de su creador original Edgar P. Jacobs. 

Más allá de lo imposible, en el hecho de jugar libremente con cuantos mitos y ficciones caen a mano, en esta mezcla tan bastarda e irreconciliable entre ciencia y ficción, queda sin embargo el espíritu de búsqueda e indagación, y unas aventuras que, como bien dicen sus personajes principales, son tan increíbles que, con razón, nadie de entre sus contemporáneos los creería si fueran a contarlas. Ese elemento fantástico, precisamente, las convierte en sorprendentes y fascinantes. No es extraño pues que cada vez que abro un libro de ellos esté dispuesto a tragarme casi lo que sea, y éste en concreto sobre la mítica Atlántida es uno de los mejores ejemplos, capaz de poner a prueba mis límites una vez más. El batiburrillo disparatado de elementos conocidos, en el que todo suena pero anda revuelto y confundido, un material propio de un refrito cultural indiscriminado, es la argamasa de esta mesmerizante aventura, de acción trepidante, que va complicándose cada vez que parece resolverse en una escalada inagotable de peligros, aventuras y descubrimientos asombrosos. Los malos están al acecho desde las primeras viñetas, listos para jugarles una mala pasada a los dos amigos, que también encuentran impedimentos en los fenómenos naturales que se interponen en sus fines, como los volcanes, las plantas carnívoras, los gases mortales, los ataques de animales, las tormentas y tornados, los terremotos o las inundaciones, por sólo nombrar algunos de los que aparecen en esta aventura. La traición y los sabotajes son moneda común para que nunca nos sintamos tranquilos y la resolución de la aventura parezca imposible. No son superhéroes, pero se enfrentan a males y dificultades dignos de ellos. La capacidad de mantener nuestra atención, generar tensión dramática y curiosidad en el lector queda demostrada en la peripecia inicial de la cueva. Se trata de una apasionante aventura en sí misma, con muchos de sus elementos recurrentes y virtudes, que convierten la primera cuarta parte de esta historia en uno de los mejores comienzos de la serie.

15 de julio de 2016

Los personajes del Ulises

Ante el fracaso de mi primer intento de abordar el Ulises, acudí a la biblioteca de la universidad dispuesto a leer los pocos libros que tenían entonces sobre la obra de James Joyce. Después, armado de cuanta información me fue posible, volví a sumergirme en ella parando antes de cada capítulo para releer previamente la técnica empleada, las referencias homéricas, el estilo elegido y los acontecimientos que iban a narrarse. De esta manera conseguí leer aquella novela que amenazaba con lapidarlo a uno bajo la propia insignificancia. Mi primera lectura fue más un estudio, una intención esforzada, que un placer, aunque quedara maravillado por las múltiples interpretaciones, niveles y teorías que cabían en ella. Tras acabarla, sin embargo, tuve una experiencia más sencilla pero más reveladora de la importancia de la novela. Los personajes que leía en otras ficciones me resultaron acartonados, sacados de un decorado falso y puestos a funcionar como autómatas serviles. Fue un descubrimiento a posteriori que debió de germinar en algún momento impreciso de la lectura del Ulises, mientras estaba pendiente de comprender su estructura múltiple y compleja. 

Resulta evidente que el material con el que Joyce compuso sus personajes es idéntico al de todas las demás novelas, es decir, palabras, palabras, palabras, y signos de puntuación, claro, o ausencia de ellos. Pero entonces ¿cómo consiguió ese efecto de realidad más profundo que el de las novelas realistas que le antecedieron? Umberto Eco, en su libro Las poéticas de Joyce, situaba a Henry James, con su novela The American, de 1877, como el iniciador del cambio esencial para entender la novela de Joyce, afirmación que bien vale para toda la novela modernista. Al hacer desaparecer al narrador omnisciente, juez aunque aparezca agazapado tras la objetividad, la nueva novela se construía a partir de los puntos de vista de sus personajes, que participaban de los hechos novelísticos imponiendo sus propias perspectivas y estados de ánimo, creando así un contraste entre ellos que alcanzan la ilusión de representar la realidad de una manera más fidedigna. Ni Henry James ni posteriormente James Joyce ni Virginia Wolf abandonaron del todo la tercera persona, pero esta quedó impregnada hasta el tuétano por la subjetividad de sus personajes. 

Joyce llevaría esta técnica al máximo de sus posibilidades gracias al monólogo interior, esas frases por lo general cortas y directas que se continuaban carentes de organización lógica pero que reflejaban más fielmente la psique íntima de los personajes. Aunque hoy se pone en duda el fluir de la conciencia como un modelo real de la mente (NYT May 8, 2015), tal y como fue postulado en 1890 por el psicólogo americano William James, hermano de Henry James, el acierto literario desarrollado por Édouard Dujardin y posteriormente utilizado por Joyce para capturar la experiencia subjetiva hace a sus personajes más convincentes. Además de por el cruce de perspectivas, los tres personajes principales de la novela se distinguen por la forma en que piensan, por cómo se expresan o discurren. Esta distinción psicológica, ligada a diversas técnicas y puntos de vista que configuran la estructura múltiple de la novela, dota a sus personajes de una sensación más real y profunda, más dinámica y evanescente. Sus personajes quedan por tanto irremediablemente unidos a la forma de una novela que los muestra más complejos cuanto más distintas son las estrategias de su estilo y sus técnicas.

15 de junio de 2016

Walter Benjamin en Moscú

Walter Benjamin fue uno de esos tantos intelectuales que viajó y dejó constancia de sus impresiones y experiencias en los primeros años de la Unión Soviética y que, hoy en día, bien pasados los fulgores ideológicos de la guerra fría, resultan de interés histórico para comprender el acercamiento a la revolución de pensadores como él y para revelarnos detalles de la vida cotidiana y de sus gentes, con los ojos de un observador atento, perspicaz y ávido por entender el experimento social que se estaba llevando a cabo en su tiempo. Su viaje a Moscú transcurrió entre diciembre del 26 y febrero del 27, años de relativa calma en la Unión Soviética antes del inicio de la gran represión de Stalin. Sus impresiones quedaron plasmadas en dos textos emparentados, con reflexiones y anécdotas repetidas, pero tratados diferentes, casi de una manera opuesta, como corresponde a dos géneros, y por tanto a dos formas, distintos. Uno es un artículo extenso titulado “Moscú”, recopilado en el libro Imágenes que piensan y también, en un fragmento menor, en Escritos políticos, de la misma editorial y serie. El otro texto es un diario de viajes, conocido como su Diario de Moscú, en el que percibimos el fluir errante de las experiencias que lo llevaron a las puertas de las ideas cristalizadas en el artículo, pero que está impregnado de sus emociones más íntimas hacia sus conocidos y lugares visitados, de reflexiones artísticas acompañadas de las vivencias que las provoca y observaciones de la vida según aparecen en sus paseos por la ciudad. 

Mientras en el artículo cada uno de sus bloques está regido por un tema o idea, con un desarrollo y una conclusión que a menudo aparece al principio, su estructura trabajada y perfectamente delimitada desaparece en el diario ante la prevalencia de los acontecimientos diarios. Aunque en Walter Benjamin nada es exactamente blanco o negro, sino una serie de observaciones y reflexiones que dejan al lector una visión llena de claroscuros, Moscú está representada de forma mucho más optimista y entusiasta en el artículo que en su diario, en donde la pobreza, la censura o la falta de inteligencia de los dirigentes afloran en diversas ocasiones. La razón de esta diferencia en el tono puede estar en el distinto lector a quien van destinados los textos o en el compromiso público del autor con la revolución, que dejó las impresiones más críticas para su diario, o en cualquier otra conjetura que soy incapaz de imaginar. El hecho es que muestra mucha mayor vitalidad en el artículo que en el diario. En el primero hace descripciones meticulosas de los objetos a la venta en las tiendas y en exposición de los museos o muestra sus esperanzas en las medidas del gobierno bolchevique, mientras en el segundo las menciones a tiendas son muchas pero efímeras, como quien hace una recopilación en donde apenas se especifica si ha encontrado algo interesante y, sin embargo, está lleno de anotaciones sobre sus muchos momentos de cansancio producidos por el esfuerzo físico de caminar tanto o por el frío que hiela o por permanecer de pie mucho tiempo o por estar rodeado de gente que habla un idioma que no conoce, y cómo todo esto le afecta y lo limita enormemente. 

A mí me parece que el diario ha sobrevivido mucho mejor, tanto por el seguimiento emocional e intelectual que podemos hacer de su autor como por los hechos que han venido a demostrar el abuso y el horror del bolchevismo. Ha sido la lectura del diario lo que me ha animado a releer el artículo y a escribir estas líneas sobre Walter Benjamin, quizá porque el diario posee, además, varios componentes de carácter novelesco, que lo cohesionan y le dan coherencia: Su amor por la actriz Asja Lacis y su amistad con el dramaturgo Bernhard Reich. Los cambios de humor de los tres, sus encuentros y desencuentros, las peleas entre ellos, las malas respuestas, los actos de amistad y preocupaciones de unos hacia otros contribuyen a crear un pequeño drama que no aparece central al diario hasta bien avanzado, cuando adquiere una dimensión preponderante. Sus primeros intentos de acercarse a Asja y recibir un beso de ella, generalmente sin éxito, son casi anecdóticos, pero poco a poco el diario se llena de un tira y afloja entre besos de distinta intensidad, abrazos repentinos, recuerdos de un pasado erótico común y cogidas de mano que resultan a la vez intensas y conmovedoras, con ese extraño poder sensual de la castidad. Es un diario de amor, de un amor que pudo ser pero que dejó pasar en su momento por el afán intelectual y viajero, y que ya, en las nuevas circunstancias, difícilmente puede reavivarse. La impotente constatación, con sus esperanzas rotas y anhelos de promesas deshechas, de la imposibilidad de retomar aquellos otros días de pasión en Nápoles.

15 de mayo de 2016

Contra la esclavitud infantil

Este mes de abril hemos podido escuchar en Las Palmas al periodista y activista de los derechos humanos Ehsan Ullah Kahn. Desde muy joven, como incipiente periodista, se interesó por la esclavitud infantil. Ante lo que vio decidió pasar a la acción. Fundó el Frente de liberación del trabajo forzado en Pakistán y el Frente de liberación del trabajo forzado global. Sus protestas, las consecuentes liberaciones masivas de niños esclavos y su labor en la creación de escuelas para los liberados lo llevó varias veces a la cárcel en su país, a donde no puede regresar porque pende sobre él una condena a muerte. Exiliado en Suecia desde la década de los noventa, es además colaborador en Naciones Unidas contra la esclavitud infantil en el mundo. Habla poco o nada de su periodo en la cárcel y de las torturas a las que fue sometido, una de las cuales le ha dejado secuelas en la audición de un oído, pero le encanta sacarse fotos con los jóvenes y adultos que acuden a escucharlo. A pesar de su talante agradable y su amabilidad, su mensaje es rotundo. 

En el mundo hay al menos unos 27 millones de esclavos, muchos de ellos niños. Están en países lejanos, a veces no tanto, pero tienen una relación con nosotros muy cercana. En la sociedad globalizada en la que vivimos, en donde los bienes viajan por el planeta de un lado a otro libre y rápidamente, muchos de los productos que consumimos en nuestra alimentación, la tecnología que usamos o la ropa que vestimos están realizados en la parte más baja de la cadena por trabajadores esclavos (slaveryfootprint). Sus productos son comprados por empresas internacionales que consiguen grandes márgenes de beneficios gracias a este trabajo ínfimamente pagado en el que los niños hacen jornadas de doce horas y están el resto del día sujetos a vigilancia, a maltratos y, sobre todo las niñas, a abusos sexuales. Ehsan Ullah Khan apunta directamente a algunas grandes compañías internacionales que compran productos hechos por niños esclavos, tal y como salió a luz pública en 2013 tras el colapso de un edificio de ocho plantas en Bangladesh con más de 3.000 trabajadores.

Se nos plantea pues qué podemos hacer para obligar a estas grandes empresas multinacionales a que no colaboren en la explotación infantil, que además resta posibilidades laborales a sus propios padres, y dejen de formar parte de la cadena trágica que condena a los niños a la esclavitud en vez de ir al colegio para su desarrollo adecuado, tal y como además reza la declaración de los Derechos del niño. Ehsan Ullah Khan se decanta por la lucha pacífica y anima a la protesta contra estas empresas, por ejemplo enviándoles correos electrónicos o manifestándose frente a los establecimientos que vendan productos realizados por niños esclavos, y a un cambio en los usos del consumo orientado a compras más informadas sobre el origen y fabricación de cada producto. A los representantes de Inditex con quienes se reunió en Madrid les formuló una pregunta ingenua e ingeniosa: “¿Por qué compran a fábricas en países lejanos pudiendo dar trabajo a cinco millones de parados en España?”. La respuesta, según cuenta, tan grotesca como alarmante, fue: “Porque los españoles son unos vagos”. 


15 de abril de 2016

Voces de Chernóbil

No recuerdo haberme emocionado tanto con una lectura como me ha sucedido al leer el único libro de Svetlana Alexievich, Voces de Chernóbil, publicado en español antes de ser galardonada con el Nobel, premio sin el cual es muy probable que jamás la hubiera leído. Las múltiples voces que este libro rescata del olvido de la historia para conservar sus testimonios y vivencias de aquellas semanas que dejaron sesgadas o marcadas tantas vidas, incluso para sus descendientes futuros, supera la impresión del recuerdo de la noticia televisada para quedar grabada a fuego con el dolor y la angustia individual de cientos de miles de personas. El accidente ocurrido en Ucrania dejó prácticamente una cuarta parte de Bielorrusia contaminada, sus bosques, sus campos, sus pueblos, sus animales y sus gentes, con efectos sobre la población como la multiplicación de enfermedades mentales, tipos de cáncer (los casos se multiplicaron por 74 en todo el país) y deficiencias físicas y psíquicas en los niños. Una desgracia cuyas consecuencias seguirán notándose en quienes aún no han nacido así como en la tierra, que continuará contaminada tantos miles de años antes de desaparecer que se hacen eternos comparados con nuestra escala humana. 

Fotografía: Posztos / Shutterstock.
Con todo, el accidente pudo haber sido peor si un segundo reactor hubiera sido afectado por el fuego vecino ya que, al parecer, una explosión termodinámica habría tenido consecuencias catastróficas para gran parte de Europa, haciéndola prácticamente inhabitable. Sólo el valor de hombres en muchos casos voluntarios y en otros engañados, o ambas cosas, evitaron un mal aún mucho mayor. Quienes sacrificaron sus vidas ofreciéndose para limpiar el reactor en el sitio, o sumergirse en el agua contaminada para abrir una compuerta y conseguir bajar la temperatura del tanque principal, o pilotar helicópteros a pocos metros entre los humos tóxicos, o los mineros que cavaron un túnel bajo la central para inyectar nitrógeno líquido, no conocían bien las consecuencias pero, según todos los testimonios recogidos, no lo hicieron por las pagas dobles o triples que les ofertaban, que a veces ni se cumplían, sino por un heroísmo que los convirtió en víctimas, por una cultura de la hazaña que estaba aún viva entre los soviéticos, jaleados por el mito del héroe que da la vida por la patria. Quienes regresaban de aquella misión quedaron marcados para siempre por enfermedades, incapacidad sexual o muertes tempranas que podían ocurrir en cuestión de semanas. 

Las distintas voces que componen este libro como un mosaico de perspectivas que va desde los hechos ocurridos aquella noche de un fuego brillante y hermoso en la central nuclear hasta las consecuencias devastadoras de años después en los hospitales infantiles, están enmarcadas en unas breves recopilaciones de noticias que nos recuerdan y retrotraen a aquellos hechos grabados en la memoria colectiva europea y mundial. La sensación de oralidad de cada uno de los testimonios se desprende de las frases e ideas repetidas durante la narración, a veces también de un pequeño desorden cronológico, como si se tratara de una transcripción de los testimonios recogidos en una grabadora. Pero también hay detalles en los que se aprecia la mano de la autora bajo las distintas voces, estructurándolas y organizándolas, pero sin interponerse, tejiendo un fresco humano escalofriante en torno al horror. El hecho de que haya al final más voces de testigos con especialización superior, científicos, profesores, periodistas o incluso responsables políticos, aunque igualmente perplejos ante la catástrofe, y deje para el principio a la gente más humilde, es una prueba de que los testimonios están dispuestos de tal forma que se mantenga un suspense que quizá nunca se aclara.

El libro es una labor periodística que por una parte contribuye a la historia y por otra a la literatura. El amor y la muerte, el heroísmo y las víctimas, el engaño político y la búsqueda de la verdad, la historia y el sentido de la literatura, cobran un valor de reflexión en el más alto nivel. El primer y último testimonio son los de esposas de esos primeros hombres que fueron a apagar el fuego sin la protección adecuada, a unas temperaturas infernales junto a robots de limpieza que se rompían antes que ellos debido a la radioactividad en sus circuitos. Son ambas historias desgarradoras, de amor intenso y entrega al ser amado, deforme y convertido en un despojo humano que se muere junto a ellas. El resto de voces, a pesar de sus muchos puntos de vista, repiten los mismos temas una y otra vez, a veces con nuevos matices, otras como recordatorios de una experiencia traumática compartida: Desde la belleza del paisaje contaminado por un enemigo letal que ni se ve ni se huele a las mentiras de los medios de comunicación, la reacción de los animales, las chapuzas realizadas, las diversas reacciones de las gentes, la falta de referentes históricos y culturales para entender lo ocurrido, y el sufrimiento de los niños enfermos y conscientes en parte de su pronta muerte.

15 de marzo de 2016

La libertad según Karl Popper

En el verano de 1958 Karl Popper pronunció una ponencia titulada “A propósito de la libertad” en una pequeña población austríaca que, a juzgar por las fotos en internet, es un paraje de lo más hermoso, sobre todo para quienes, siendo de tierras áridas y costa como yo, quedamos maravillados ante las extensiones de montañas y valles verdes con casas que se integran con encanto en el paisaje. No es casualidad que Popper comenzara su charla aprovechando una conjetura sobre el origen de suizos y tiroleses. El deseo de libertad de sus primeros pobladores, que habrían llegado huyendo de enemigos más poderosos para evitar ser subyugados, sería mayor que los inconvenientes de vivir bajo las duras y austeras condiciones de vida propiciadas por el entorno frío, en donde apenas podía cultivarse durante largos periodos del año. Esta misma idea, la preferencia por la libertad antes que por la comodidad o la riqueza, surge al final de la ponencia como la única garantía de convivencia entre individuos digna de un ser humano y la única forma en la que podemos ser completamente responsables por nosotros mismos. 

El deseo de libertad, según Karl Popper, ya existe en los animales y en los niños y cualquiera lo entiende y puede apreciarlo, pero se vuelve problemático cuando los seres humanos nos relacionamos en sociedad. Aquí entra en juego la ética: La libertad absoluta de un individuo podría dañar la de otros. Popper nos recuerda que Kant fue el primero en resolver este problema de la libertad al trasladar al Estado la responsabilidad de velar por ella, imponiendo límites a los ciudadanos, siempre y cuando utilice ese derecho sólo para asegurar la convivencia. Pero esa definición no sería suficiente para saber si vivimos en un Estado de ciudadanos libres, es decir, un criterio de libertad política. Para Popper, somos libres si podemos librarnos de nuestros soberanos sin derramamiento de sangre, por decisión de una mayoría. Criterio que reconoce tosco, al no decir nada de la importante cuestión de las minorías, pero que sirve para una evaluación clara de la libertad en los Estados, permitiéndonos distinguir si estamos ante una democracia o una tiranía, más allá de las palabras con las que ellas mismas u otros las clasifiquen.

A partir de aquí Popper propone cuatro tesis. En la primera defiende la idea de que, aunque tenemos mucho que mejorar, vivimos en la mejor de las sociedades de las que tenemos constancia histórica. Debemos recordar, siguiendo una advertencia del propio Popper sobre la necesidad de la comprensión del contexto histórico para entender una obra filosófica, que esta afirmación se refiere a las contadas democracias europeas durante la guerra fría. La segunda tesis nos invita a ser cautos a la hora de esgrimir la libertad y la democracia como causas de nuestro bienestar. Estas ni producen ni reparten nada en el sentido material y resulta peligroso engañar a la gente diciendo que con ellas tendrán más cosas. La tercera tesis, ligada a la anterior, dice que no podemos escoger la libertad porque nos de cosas sino porque, como Demócrito, la amamos por encima de las cosas. Y la cuarta tesis nos recuerda cómo la libertad ha sucumbido muchas veces en la historia, es decir su defensa no garantiza ninguna victoria, y cómo puede degenerar en terrorismo o conducir a la servidumbre más extrema. Lograr lo mejor de ese anhelo de libertad, nos dice, depende en gran parte de nosotros.

15 de febrero de 2016

Christopher Hitchens y el ateísmo

Había tardado en abrir el libro de Christopher Hitchens God is not Great: How Religion Poisons Everything, porque no creía que aportara ninguna razón nueva para ser o dejar de ser ateo y, además, sería uno de esos libros inútiles que, por su naturaleza, sólo leen quienes ya están convencidos de sus ideas. El libro esgrime argumentos bien conocidos por quienes han leído las obras más importantes del pensamiento de los últimos siglos, pero añade, como de refilón, un matiz que me pareció de inmediato interesante de resaltar ya que había encontrado en las palabras de Hitchens una explicación sencilla y lúcida sin la cual me extraviaba en caminos sin salida cuando me planteaba la equiparación de las ideas opuestas sobre la existencia de dios. Hitchens nos recuerda algo tan simple como que no creer no es una creencia y, por tanto, no puede igualarse por oposición creer en un dios determinado con no creer en tal dios, ya que quien no cree no está estableciendo una creencia propia, sólo está afirmando que el relato divino que se le cuenta ni satisface sus exigencias racionales ni sus necesidades emocionales ni los criterios, si los hay, derivados de su conocimiento histórico, científico o filológico, por lo cual se abstiene o desecha la creencia en ese dios (un argumento en la línea de Bertrand Russell). 

A partir de ahí las ideas principales con que defiende el ateísmo son reconocibles. Por una parte, la imposibilidad de demostrar que las personas sean peores sin la religión y el miedo al castigo divino, es decir, la afirmación de que la ética es posible sin la religión (debate en el que el utilitarismo de Hume y el rechazo de Kant a cualquier fundamentación externa gracias a su imperativo categórico moral tuvieron mucho que decir), y apunta incluso hacia lo contrario cuando afirma que en muchas ocasiones se ha encontrado en la religión coartadas para imponer el dominio de manera hartamente inmoral a creyentes de otras religiones, heterodoxos y descreídos. Por otra parte, la rebelión contra la idea de la religión como consuelo de los ignorantes que, de otra forma, los pobrecitos, no serían capaces de soportar los sufrimientos de este mundo (lo que Marx criticó con un símil narcótico que no voy a repetir). Hitchens, a pesar de haber tratado cordialmente con muchos religiosos, es intelectualmente beligerante. Según él, un falso consuelo no te lo puede dar sino un falso amigo, sólo un vanidoso podría creerse que estamos en este mundo por un plan divino y sólo un arrogante podría arrobarse esa capacidad de entenderlo y explicarlo todo gracias a la idea de un ser superior. Lo dice como si no hubieran existido también ateos falsos, arrogantes y vanidosos. No es de extrañar pues que sitúe el misterio y el asombro ante la existencia y contemplación del mundo, esa duda que encoge y a la vez eleva al hombre ante lo desconocido, como patrimonio de los ateos, quienes se sabrían ignorantes y a la vez curiosos en busca de una verdad precaria pero estimulante. 

Tanto Christopher Hitchens como Camille Paglia, ambos ateos, defienden el estudio de la religión y su historia por razones parecidas. Ella lo considera imprescindible para comprender una historia del arte construida en gran parte sobre narraciones cristianas, cuyas obras sólo cobrarían pleno sentido en el contexto original de la iglesia, toda ella una obra de arte en sí misma, de la que muchas veces han sido extirpadas. Él asegura en la introducción de una antología suya de textos de grandes ateos, The Portable Atheist, que cualquier cultura y educación que se precie debe reflexionar sobre los orígenes de sus tradiciones y su literatura, lo que incluye la religión. Paglia, sin embargo, afirmaba que el libro de Hitchens tenía un índice muy sugerente del que podía haber salido una obra maestra, pero que su desarrollo le había decepcionado debido a ese impulso rápido propio del periodismo al que estaba acostumbrado el autor, carente de un estudio en profundidad. Sea como fuere, no cabe duda de que la larga experiencia periodística de Hitchens, llena de viajes y vivencias en muchos de los conflictos de su tiempo, en donde presenció a demasiada gente utilizando la religión para justificar barbaridades (Irlanda del Norte, la antigua Yugoslavia, países en Oriente Medio), es precisamente el impulso fundamental de un libro como este, escrito por una figura admirada y a la vez controvertida del mundo anglosajón, aunque creo que poco conocida en nuestros países hispanohablantes, capaz de llenar auditorios y, como puede comprobarse en los varios podcast de audio y video de participaciones suyas en debates y entrevistas accesibles gracias a internet, hacer que el público aplaudiera, pataleara o riera a carcajadas.