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15 de octubre de 2024

El maestro de las estructuras

Hay tantos aspectos en una novela (personajes, prosa, estructura, historia, ritmo, verosimilitud) que es difícil conseguir la excelencia en todos, es más, a veces destacar en unos aspectos repercute negativamente en otros, así el desarrollo en profundidad de los personajes puede debilitar la historia o una prosa muy elaborada cortar el ritmo o, viceversa, un ritmo vertiginoso depauperarla. Las novelas que destacan en muchos aspectos suelen ser las mejores, pero difícilmente puede tenerse de todo. El artista debe elegir, indagar o innovar en donde más le interese o en donde otros le hayan dejado un hueco o una esperanza. La búsqueda del equilibrio es otra opción, clásica, hermosa, pero puede no destacar en nada o no aportar nada. Más polémico es definir qué es eso que, estando por encima de todos los elementos, nos permite hacer un juicio satisfactorio del balance general, sin que este sea necesariamente un cálculo más o menos consciente de los distintos aspectos, sino realmente una cierta calidad autónoma superior que ha sabido valorar hasta dónde juzgar óptimos cada uno de los aspectos necesarios para que la novela funcione. Incluso entre los más grandes escritores podemos destacar algunos aspectos en los que sobresalen sobre otros por su aportación histórica o magisterio indiscutible. En castellano, yo diría que Alejo Carpentier destaca por la prosa y el léxico, Gabriel García Márquez como narrador, Carlos Fuentes por sus juegos narrativos y Mario Vargas Llosa sería el maestro indiscutible de las arquitecturas de la novela del siglo XX en lengua española y, probablemente, uno de los más destacados a nivel mundial. 

Muchas veces he escuchado a quienes hacen una distinción entre sus primeras novelas -creo que se refieren al menos a las tres primeras- y sus posteriores, normalmente dando por sentado que las primeras eran mejores, y con frecuencia relacionándolas con una actitud política del joven Mario Vargas Llosa distinta a la actual. Pero si existe una división tajante en dos bloques temporales de sus novelas, de lo cual no estoy convencido, sería en todo caso porque las primeras son especialmente osadas en cuanto a las estructuras. En su primera novela, La ciudad y los perros, aparecen los elementos que cimientan las estructuras de sus novelas más complejas: el seguimiento de varios personajes en líneas distintas, las analepsis que nos retrotraen a otros tiempos y espacios, y una asombrosa capacidad para unirlo todo en finales trepidantes. En La casa verde, la más compleja suya desde el punto de vista de la forma según el propio autor, despliega hasta cinco líneas argumentales distintas, en un auténtico alarde estructural de capítulos, mayormente construidos a base de diálogos, que giran en torno al espacio que da título a la novela. Conversación en la catedral lleva la superposición de planos temporales al extremo de intercalar diálogos del pasado en medio del diálogo del presente de la acción dramática, una forma muy poco común de hacer analepsis que, sin embargo, caza a la perfección con su construcción dialogizada de las escenas. Cualquiera de estas tres novelas iniciales, en efecto, hubieran bastado para consagrar a cualquier otro escritor, pero también es cierto que unas cuantas de las novelas posteriores de Vargas Llosa siguen siendo brillantes desde el punto de vista de las estructuras. 

Mi favorita es quizá La guerra del fin del mundo -creo haber leído que también es la más apreciada por su mujer- y no precisamente por el interés que me suscitaba el tema de un grupo de iluminados fanáticos en el siglo XIX en Brasil, más si cabe teniendo el autor tantas novelas relacionadas con la política en la América hispana del siglo XX, sino porque aúna la maestría de la estructura y de un narrador en tercera persona que se pega a cada uno de los personajes, siguiéndolos a muy corta distinta hasta casi confundirse con ellos, con un estilo elegante dentro de los límites de lo funcional que le permite adquirir una textura prosística de la que carecían sus primeras novelas. En La guerra del fin del mundo el narrador ha dejado de intentar desaparecer o quedarse raquíticamente en anotaciones casi teatrales, para adquirir una importancia vital que, aunque intenta camuflarse con los personajes a los que sigue, mantiene el tono de la historia. Combinar ese manejo de la narración y la prosa con una estructura compleja es quizá uno de los mayores logros de la narrativa del siglo XX en nuestra lengua. Sus personajes están perfectamente delimitados y poseen, además, el atractivo de quienes están en los márgenes: el predicador iluminado, el malvado Joao, los componentes del circo -el enano, la mujer barbuda-, el revolucionario escocés Galileo Gall, la filicida arrepentida María Quadrado o el terrateniente y barón de Cañabrava. Muchas de sus historias valdrían para una novela corta cada una, pero todas juntas configuran un fresco realmente espectacular de una novela coral en la que no hay un protagonista único. Con una novela tan bien lograda en tantos niveles, el tema acabó por resultarme apasionante y trascendente. 

Un par de décadas después Mario Vargas Llosa volvía a maravillar al mundo literario con La fiesta del chivo, en donde desplegaba tres líneas narrativas para contarnos la más entretenida y trepidante novela de dictadores que recuerdo haber leído. Al igual que en las novelas previas que he mencionado, estas tres líneas narrativas, con sus perspectivas diversas, consiguen crear el mágico engaño literario de estar leyendo una historia más verosímil y compleja, como si encapsulara mejor el mundo que narra. Se dice rápido lo de las tres líneas narrativas, o parece cosa fácil imaginarlo, hasta que reflexionamos, claro, sobre cuántas novelas hay al menos con dos y la dificultad que eso implica. La fiesta del chivo es una gran novela política, en la que, al contrario de en sus artículos, no hace ninguna falta defender la libertad, con lo confusa que esta puede resultar a nivela teórico, ni siquiera hace falta nombrarla, sino mostrar su reverso, la dictadura, para comprender la importancia de preservar o desear los valores democráticos de la igualdad y de la libertad. De manera similar, en otras obras de Mario Vargas Llosa podrían destacarse muchos otros aspectos, desde los diálogos hilarantes a sus pocos conocidas obras de teatro, de sus novelas en las que introduce elementos más autobiográficos a sus experimentos con narradores en la poca común segunda persona, pero en casi todas hay una constancia: la trama no se acomoda a la sencillez lineal de la historia y, sobre todo, íntimamente relacionado con lo primero, la estructura siempre busca ofrecer algo sugerente, como la marca reconocible de un afamado arquitecto. 

No son nada despreciables desde este punto de vista sus últimas novelas, menos experimentales, ciertamente, pero en las que se conserva la decisión primigenia de cómo ofrecer la historia de una manera si no original al menos poco común. En El sueño del celta, se nos narra la espera y vicisitudes de la condena a muerte de Roger Casement por espiar al imperio británico mientras leemos intercaladas las peripecias de su vida en el Congo y en la Amazonia, con las crueldades de la colonización belga y de las empresas británicas respectivamente, una biografía novelada en la que recrea con imaginación sentimental a un personaje real, quizá con alguna que otra situación inventada. Esta disposición de la estructura en dos niveles no es una técnica que no hayamos visto ya en otras ocasiones pero demuestra una vez más su preocupación por la trama como un elemento esencial para crear interés y dar intensidad a la historia. De El héroe discreto me sorprendió lo entretenida que me pareció, a pesar de la dificultad de meter juntos a varios personajes antiguos suyos como Don Rigoberto, Lituma o la Chunga, como si consiguiera encapsular un mundo propio creado durante décadas en dos historias intercaladas. No menos atractiva desde el punto de vista de las historias que se cruzan, y del ritmo y tensión dramática que consigue gracias a sus estructuras, es también Tiempos recios, otra buena novela política, esta vez sobre la ignorante y torpe intervención norteamericana en la política de Guatemala en la década de los 50, conectada también con personajes que salían en la República Dominicana de La fiesta del Chivo

Me he dejado unas cuantas de sus novelas por el camino porque he querido mencionar las que más me han llamado la atención desde el punto de vista de las estructuras, que son en su mayoría las que más me han gustado, pero en casi todas hay algo, aunque sea una disposición narrativa, que refleja la apuesta del autor por las estructuras, la preocupación constante por estas como elemento galvanizante de la intensidad narrativa. Esta preocupación la comparte, por ejemplo, con Carlos Fuentes, quien estuvo hasta el final de su obra indagando en nuevas formas, estructuras, narradores, estilos. Quizá es cierto que Mario Vargas Llosa, sin abandonar el interés formal, se inclinó con los años por la transparencia de las historias, por el disfrute del lector sin necesidad de tomar notas como brújula, por el uso de la forma al servicio de la historia -desde muy joven dijo defender ese ideal frente a quienes consideraban que el problema del escritor es el lenguaje, no las historias- y con el ideal del contador de historias. En sus últimas novelas quizá adolece de repetir tres o cuatro veces alguna idea principal hasta el punto de que el exceso de subrayado en la misma idea hace que pierda fuerza persuasiva -los autores usan ciertas ideas como señales repetidas para volver a tomar el hilo narrativo pero luego las eliminan prudentemente salvo que haya una intencionalidad rítmica al estilo, por ejemplo, de Thomas Bernhard, lo que no es el caso-, algo similar a lo que sucede en las últimas novelas de ese gran prosista, de oraciones sinuosas, que fue Javier Marías, como si nadie se hubiera atrevido a advertirles que quizá debían pulir esos detalles, pero aún así son novelas que ya hubiera querido uno escribir, así como la mayoría de novelistas que aspiran a serlo o ya lo son.

15 de septiembre de 2021

Dos novelas políticas

Para que una novela sea buena debe satisfacer con excelencia el mayor número de niveles literarios posibles, desde el estilo a la moral, desde la estructura al tema, desde lo psicológico a lo espiritual, desde los personajes al contexto, desde el ritmo o la tensión dramática a la reflexión y hasta la filosofía. Algunos de estos parámetros necesitan amoldarse y subyugarse a otros para no arruinar sus virtudes, a veces incluso parecen incompatibles, pero en general el escritor que logra realizar bien los distintos y múltiples niveles literarios consigue insuflar vida y calidad a su obra. El nivel temático quizá ha estado subestimado por la academia literaria -dicen que la crítica ya no existe-, más preocupada en la estructura, el estilo o la verosimilitud psicológica, y en gran parte con razón porque una obra puede ser buena o no aparte del tema que trate -también hay quienes incidirían en la irrelevancia del aspecto moral-, pero no cabe duda de que, por lo menos en la actualidad, el tema guía la selección de las editoriales, los premios literarios parecen elegidos en función de modas temáticas y los lectores compran curiosos sobre los asuntos que suscitan mayor interés en los medios, es decir, a nivel comercial la elección del tema prevalece, lo cual es comprensible. Por mi parte, la política es uno de esos temas literarios que considero más estimulantes y en el que en los últimos años he encontrado aproximaciones tan diversas y emocionantes como El hijo del chófer de Jorge Amat, novela desde la perspectiva biográfica sobre la construcción del poder mediático y financiero en Cataluña desde el franquismo hasta la actualidad; Independencia de Javier Cercas, una ficción sobre un chantaje a la alcaldesa de Barcelona desde la perspectiva de la novela policiaca, capaz de aunar algunos de los noticias más candentes de los últimos años, desde las violaciones múltiples a las tarjetas black; o Una novela criminal de Jorge Volpi, la historia de una manipulación policial y mediática de repercusiones políticas internacionales contada desde la perspectiva de una crónica de sucesos. Dentro de este amplio espectro, en donde el contexto político es la sustancia necesaria para su justificación literaria, hay dos novelas que yo destacaría y que me gustaría contraponer por su aproximación opuesta, Tiempos recios de Vargas Llosa y Patria de Fernando Aramburu. 

En Tiempos recios Vargas Llosa narra la historia de Guatemala a mediados de siglo XX, cómo la United Fruit Company fue capaz de, a través de la publicidad, convencer a la prensa liberal de los Estados Unidos de que el presidente electo reformista y demócrata Jacobo Árbenz era un peligroso comunista del que debían deshacerse, cómo consiguen deponerlo con la mentira, y cómo posteriormente el dictador Rafael Trujillo -el mismo que el de la fascinante La fiesta del chivo- interviene en el asesinato del siguiente presidente, Castillo Armas, a través de un matón de los suyos, sin que esta última parte esté comprobada históricamente, pero siendo verosímil para explicar el magnicidio. Estos episodios de la historia de un país tan pequeño como Guatemala serán sin embargo de vital trascendencia en el futuro de la América hispana porque, según Vargas Llosa, cerraron el camino de las reformas sociales democráticas tan necesarias en tantos países hispanos, generando gran impotencia entre quienes querían cambiar unos regímenes autoritarios y sin derechos para tanta gente, haciendo florecer una serie de luchas armadas. Para narrar esta historia Vargas Llosa sigue a las personas implicadas, todos basados en personajes reales, propulsores en su mayoría de los hechos históricos. Su ficción es una reconstrucción ficticia de los hechos, dotando de pensamientos y emociones a sus protagonistas. A través de ellos, o en ocasiones del narrador, nos enteramos de la historia del país, de sus relaciones con Estados Unidos, de las luchas internas por el poder, y si nos enteramos de las tensiones entre la mujer y la amante de Castillo Armas, esta última convertida en uno de los personajes principales, es porque serán también determinantes en el devenir histórico. Son muchas las veces en las que se mencionan las mejoras sociales planeadas por Jacobo Árbenz y frustradas por los intereses espurios de la United Fruit -la misma de la huelga de Cien años de soledad-, muchas de ellas encaminadas a mejorar la vida de los agricultores, a hacerlos pequeños propietarios dueños de sus tierras, pero lo cierto es que el narrador no sigue nunca a ninguno de ellos porque la novela no va de ellos sino de las luchas en el poder que, eso sí, tanto les afecta. 

Si en Tiempos recios seguíamos el drama de los implicados directamente en el devenir de los acontecimientos históricos, en Patria de Fernando Aramburu se muestra el drama de gente cotidiana afectada por el terrorismo -la mal llamada intrahistoria, ya que con ese término Unamuno se refería a quienes vivían fuera de la historia, no a quienes esta les afecta por muy humildes que sean, ni a los detalles entre bambalinas de los acontecimientos históricos-, centrándose en dos familias de un mismo pueblo, muy amigas en el pasado pero separadas por la ideología y el asesinato del padre de una de ellas por parte de ETA. Desde las diferentes ideas que tienen los padres y los hijos de las dos familias, sus amigos, conocidos y amores, se va tejiendo un entramado realista y a la vez, quizá, simbólico de distintas posiciones y actitudes, con personajes bien delimitados y construidos, pero sin que la política explícita sea apenas nombrada. Aunque en muchas escenas se hable de la vida privada de sus personajes siempre hay un momento, tarde o temprano, mayormente en los últimos compases del capítulo, en el que se revela el hilo que conecta con el tema de fondo, y todo engarza en ese paradigma de la novela que flota por encima de cada capítulo: la ideología y el terrorismo. Leyéndola no dejaba de venirme a la cabeza el refrán de “pueblo chico, infierno grande”, porque son muchas las ocasiones en las que incluso quienes no están de acuerdo con los independentistas callan en el pueblo para no ser señalados, en una atmósfera opresiva dominada por quienes ejercen la violencia y por los parabienes independentistas de un cura, personaje profuso en la tradición de la novela española aunque ya casi desaparecido, anacrónico, por su poca relevancia social actual. A Fernando Savater, seguramente con razones de sobra, le sorprendió que los lectores se sorprendieran de lo narrado en esta novela, como si no se hubieran enterado de lo sucedido en el País Vasco hasta entonces, pero lo cierto es que, aunque diáfana en cuanto al sufrimiento de las víctimas, la novela demuestra una gran capacidad de comprensión de unos y otros, de sus penas y desgracias, de sus miedos y miserias, de sus prejuicios y dudas, de sus circunstancias y decisiones personales, en un fresco conmovedor. 

Ambas novelas desentrañan cómo la ideología afecta a los individuos, incluso cómo transforman la historia más allá de condiciones económicas o sociológicas que puedan interpretarse como leyes inmutables o destinos inevitables de un supuesto carácter nacional o étnico, pero lo hacen desde ángulos tan distintos que se me antojan como paradigmas de dos aproximaciones opuestas al tema político. La primera desde la perspectiva de quienes toman las decisiones y están cercanos a las esferas del poder o la subversión, la segunda desde la perspectiva de quienes están alejadas de estas pero las sufren tanto o más en sus vidas diarias. Es probable que cada una de ellas exigiera una aproximación distinta para ser exitosa dado sus contextos diferentes, y que el mérito de los autores haya sido acertar en el ángulo necesario para cada una de ellas, pero también, quién sabe, podían haberse escrito ambas de forma distinta y haber resultado también de calidad. Las dos son igual de eficaces pero producen efectos distintos en el lector, no es lo mismo emocionarse con la intriga y el suspense de Tiempos recios que compadecerse con el sufrimiento, la cobardía y la estupidez en Patria. Lo cierto es que ambas son muy buenas novelas, ¿pero tienen además algún parecido entre ellas que las haga tan destacables? En primer lugar, la estructura de las dos novelas es compleja, con varias líneas narrativas y con saltos temporales que van y vienen al pasado y al futuro, despojadas incluso de un presente narrativo, organizadas de tal manera que la información va dosificándose de forma que genera una tensión dramática y un interés en ese evento central al que poco a poco, desde distintos puntos de vista, van acercándose las narraciones. En segundo lugar, la cantidad de personajes importantes en ambas novelas es poco habitual, de una dificultad admirable, hasta el punto de encontrarnos ante múltiples protagonistas. Parece que hay quienes opinan si uno u otro personaje es el verdadero protagonista de Tiempos recios, pero el sólo debate es ya una muestra de su riqueza, mientras que lo logrado por Fernando Aramburu en Patria es francamente destacable, no sólo por la cantidad de personajes protagonistas, sino por la complejidad lograda en cada uno de ellos. 

Siendo el tema político, ideológico e histórico el sustento esencial de ambas, no me cabe duda de que tanto la estructura, compleja por las distintas líneas paralelas y por su organización temporal, como el desarrollo de sus varios protagonistas, también complejos e insuflados de vida gracias a una inteligente recreación emocional, son dos de entre los niveles literarios mencionados al principio que hacen sobresalir a ambas novelas. Si los premios literarios fueran algo similar a los del cine, yo les hubiera concedido en sus respectivos años al menos los galardones al mejor montaje y a los mejores personajes. Ambos autores son veteranos en el oficio, en eso también se parecen, pero si de Aramburu no conocía nada -espero ponerme al día-, de Vargas Llosa sí puedo decir que cualquiera de sus mejores novelas entre muchas otras de calidad -La ciudad y los perrosConversación en la Catedral, La guerra del fin del mundo o La fiesta del chivo- le habría bastado para cimentar un prestigio literario, como le sucedió a Sánchez Ferlosio con El Jarama o a Martín-Santos con Tiempo de silencio, lo cual da la medida de la talla del escritor.

15 de diciembre de 2016

La guerra del fin del mundo

Nada más empezar a leer las primeras páginas sentí la alegría y la excitación de haber acertado al elegir una novela de Mario Vargas Llosa que, en su momento, cuando leía sus libros uno tras otro como si hubiera descubierto un nuevo mundo, había dejado pasar. No sé si fue el título, el azar o el hartazgo, pero han tenido que pasar años para recordar que no me había leído La guerra del fin del mundo, y decidirme a hacerlo. Por la cantidad de historias que van desplegándose, las perspectivas contadas y las referencias constantes a la realidad política, social y económica del Brasil de final del XIX, esta novela consigue atrapar en sus páginas un mundo entero para revivirlo ante nuestros ojos, o por lo menos darnos esa impresión, y a pesar de todo, por extraño que parezca, el narrador se concentra en unos hechos concretos. Muchas de las peripecias de sus personajes pudieran perfectamente presumir de ser autónomas, complejas e interesantes por sí mismas, pero están en función de una historia mayor que aspira a ser global y poliédrica. El perfecto entramado, en líneas paralelas y confluentes, de las distintas historias de sus personajes, la eficacia de sus cruces y la fuerza de cada una de ellas, consigue contrastes continuos e intensos, vivos y estimulantes, capaces de revelarnos la verdad o la mentira, el acierto o la ignorancia, tras las opiniones o posiciones de sus personajes, que de otra manera no hubiéramos sabido calibrar adecuadamente, dejando a la luz la continua ignorancia y dificultad de conocer la verdad en la que de costumbre vivimos desde nuestra limitada visión. 

Ilustración: Juan Fresán.
El narrador que nos cuenta esta historia, a partir de estas múltiples perspectivas que se entrecruzan, está pegado a sus personajes, los sigue como reptando por esos valles y secarrales de Canudos y nos involucra en sus hazañas y desatinos sin juzgarlos. Siempre narra en tercera persona, casi siempre en pasado aunque utiliza el emocionante presente para seguir a Rufino o al periodista miope durante parte de la narración, y cada capítulo se centra mayormente en un personaje. Esto no quita para que esta tercera persona, tan cercana a los personajes que se confunde con ellos sin emitir consideraciones que no sean las de sus propios protagonistas, realice continuos saltos minúsculos de perspectiva y se posicione eventualmente desde otros personajes menores. Muchos de los posibles juegos de un narrador en tercera persona, aparentemente sencillos frente a sus novelas anteriores, caben en esta narración caudalosa, ambiciosa en su reconstrucción y rica en adjetivos, en donde el estilo indirecto se mezcla con el directo en las conversaciones y en donde hasta el narrador queda impregnado, o impregna, el texto de características relacionadas con sus personajes, creando así una atmósfera que los define sin entrar en su psicología interna, como con la figura del Consejero, y en donde llega a confundirse con su tema y sus personajes incluso cuando da opiniones políticas. Así pasamos de uno a otro personaje, entramos y salimos de ellos, acercándonos y alejándonos constantemente, viéndolos desde tan cerca, casi confundidos con ellos, con un ritmo trepidante sostenido durante muchas páginas que se incrementa hacia el final. 

Algunos de los personajes resultan apasionantes a nuestra imaginación por su radicalismo, en cierto sentido son la materialización de unas ideas llevadas hasta sus últimas consecuencias lógicas, allá donde sólo se llega con un tesón propio del coraje o la locura. Otros lo son por su marginalidad, como los miembros del circo de variedades o los pobres más desarraigados o los ladrones más siniestros y violentos de la región. Todos quedan retratados, ni desde dentro ni desde fuera, sino desde ese posicionamiento que les cede la palabra, los sigue en la acción y muestra, de vez en cuando, algunos de sus pensamientos, muchos de ellos banales, pero que es capaz de hacerlos a todos comprensibles. A pesar de la variedad de sus personajes todos se vuelven relevantes, complejos, necesarios. Ninguno existe en vano y, esta es quizá una de las más excitantes sorpresas de la novela, todos son protagonistas, quizá con mayor relevancia del Barón de Cañabrava. Si al principio llevaban las riendas los más tozudos y radicales, irreconciliables entre ellos, al final son quienes menos claro lo tienen, quienes más dudan, entre otras causas por el mismo devenir de los acontecimientos, quienes dominarán la narración, pero todos tienen su momento de intensa vida en esta historia llena de brutalidad y violencia, de guerra y técnicas militares, de certezas y decepciones. Durante la lectura he tenido la sensación de que algunas ideas de esta novela abrieron la puerta a otros libros de Vargas Llosa para seguir escribiendo sobre ellas, como si al cristalizarse aquí quedaran como motivo de reflexión y desarrollo posterior.

15 de diciembre de 2012

El temor de Vargas Llosa

Una vez escuché a un respetado académico contar cómo en los pueblos sin escritura hay quienes son capaces de memorizar larguísimos poemas, como los hombres libros de Fahrenheit 451, y entre sus gentes se cuentan muy hábiles intérpretes de lenguas, traduciéndolas sobre la marcha, capaces de transmitir al instante en otro idioma lo escuchado. Parece ser pues que el advenimiento de la escritura, ese regalo de Theuth al pueblo egipcio según nos cuenta Platón en boca de Sócrates, no sólo trajo un cambio profundo a nuestras vidas, sino también a nuestra forma de pensar y nuestro desarrollo mental. Recientemente se ha estudiado, por ejemplo, cómo la memorización decae cuando sabemos que un dato puede ser rescatado mientras que aumenta cuando se nos avisa de que no podremos recuperarlo, alertando al cerebro, lo que presumiblemente haría trabajar más ciertas conexiones neuronales, como quien hace ejercicios musculares. Esto último recuerda al reproche del rey Ammón al dios Theuth sobre el peligro que conlleva la escritura de descuidar la memoria. 

Algo parecido apunta Vargas Llosa con su temor al posible cambio de nuestra manera de escribir y leer, incluso de nuestra capacidad de concentración, con la llegada de los libros electrónicos. Es cierto que la tentación de saltar a otra cosa en la pantalla o la posibilidad de irrupción de mensajes y video llamadas son capaces de poner a prueba el esfuerzo exigido por una lectura profunda, larga, ardua o cualquier combinación de estas. Pero los libros electrónicos también permiten añadir a las ya conocidas ilustraciones, algunas de ellas célebres, vídeos y audios que complementen textos de multitud de disciplinas como la biología, historia, matemáticas, arte, geología o física, lo que los hará cambiar, enriquecerse y volverse más atractivos, como lo son actualmente los de color frente a los grises de antaño, sin que por eso tenga que bajar la calidad de lo expuesto con palabras. En cuanto a la ficción, sin embargo, la integración más lograda de estos elementos audiovisuales con el texto ya existe en el cine, por lo que considero con escepticismo un futuro cambio de la escritura debido al cambio del formato de lectura. Habrá, por supuesto, quienes investiguen distintas vías intermedias ante las nuevas posibilidades, con mayor o menor éxito, y quizá con alguna grata sorpresa. 

Ilustración: Jesús Acevedo.
Durante mucho tiempo algunos pueblos utilizaron las paredes, piedras o tablillas de arcilla para la escritura antes de la propagación por la cuenca mediterránea de un invento egipcio, el papiro, pero hoy en día leemos los nueve libros de la Historia de Herodoto, en papel o en pantalla, sin pararnos mucho a pensar sobre qué fue escrita esa obra. Sin duda, perdemos mucho del original, pero por las traducciones y por nuestra ignorancia de aquellos hombres, no tanto por los cambios de formato, aunque a veces la forma y contenido de un texto estén entrelazados con su soporte original. Es imposible traducir, por ejemplo, la belleza visual intrínseca a los jeroglíficos, tanto en paredes como en papiros, o la sonoridad de un recital poético en su lengua original. Quizá, como con los rollos horizontales de la narrativa ilustrada japonesa, al desenvolver un papiro lentamente y descubrir lo escrito, había un placer que se perdió al pasar las páginas. Y muy probablemente los libros de la imprenta resultaron toscos y poco artísticos a quienes estaban acostumbrados a incunables como los deliciosos libros de horas. Así como muchas novelas del siglo XIX que creemos ligadas al libro fueron, sin embargo, pensadas como seriales para la prensa. Si la escritura se transformó con cada uno de estos cambios de formato, o hasta qué punto, es una pregunta que permanece, no siempre clara, pero todo el mundo parece de acuerdo en que la consecuencia más evidente está relacionada con la accesibilidad. 

Aún recuerdo haber pedido American Pastoral de Philip Roth en una librería especializada en idiomas de mi ciudad y cómo pasaba cada mes, ilusionado, a comprobar si ya había llegado. Pregunté en la librería durante meses y durante meses me dijeron: “Está pedido pero no ha llegado aún”. Años después volví a preguntar por el libro, por pura curiosidad, y me respondieron con la misma frase. Afortunadamente, la entrega de libros por correo postal a buen precio nos liberó de aquellas esperas tortuosas, en algún caso inconcebibles, ya que en un par de semanas recibíamos a domicilio el libro deseado. Con las compras de libros electrónicos el tiempo de espera desaparece, compras cuando quieres, con los riesgos asociados a la inmediatez, pero la ventaja resulta evidente para quienes vivimos alejados de los centros de distribución, sobre todo para los libros extranjeros. He comprado La civilización del espectáculo en internet a unas horas intempestivas y lo he empezado a leer sobre la marcha, gozando y refunfuñando por las opiniones allí vertidas, tomando notas en la misma pantalla, recogido en medio de la oscuridad, recordando por momentos algunos ensayos de Ortega leídos hace mucho, y he encontrado hermoso este objeto que me facilita el acceso a tanto placer.

15 de enero de 2012

Falsas autorías

No sé cuál fue primera pero me temo que no habrá una última. Recuerdo un poema llamado “Instantes” en el que un hombre, a sus ochenta y cinco años, reflexionaba sobre cómo cambiaría su vida si tuviera la oportunidad de volver a vivirla. Venía firmado por Borges, aunque posteriormente escuché que había sido escrito por una poetisa norteamericana, lo cual, según oí más tarde, tampoco era cierto. También circulaba una carta de García Márquez en la que se despedía de sus lectores como consecuencia de un cáncer terminal hace ya más de una década, o ese otro poema tan popular que le fue atribuido, “La marioneta”. Y, como no, el poema tan citado de “Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas / guardé silencio / porque yo no era comunista”, que no era de Bertolt Brecht sino de un pastor luterano alemán, Martin Niemöller, y que pone los pelos de punta igualmente. 

Ahora me llega por correo electrónico un texto supuestamente de Vargas Llosa sobre la “verdadera” belleza femenina que empieza “Todas las flores del desierto están cerca de la luz”, frase que no me parece escrita, según mi entendimiento, por un lector tan apasionado de Flaubert como es el Nobel del 2011. El texto finaliza con la consoladora pero dudosa afirmación de que “La verdadera belleza está en las arrugas de la felicidad”. Estos poemas, cartas o fragmentos resultan en su mayoría candorosos, emotivos, cursis, bellos de intención, ingeniosos o simplemente manidos. Tienen en común la inexistencia de referencias a la supuesta obra citada y, salvo casos excepcionales, un tufillo a libro de autoayuda o moralina. Su éxito no se debe exclusivamente a las nuevas tecnologías, ya que estaban ahí, dando vueltas en carteles o fotocopias, desde antes de internet, en las facultades y en las oficinas, pero gracias a la red han florecido por doquier. 

Afortunadamente internet también permite la existencia de foros y páginas en donde estas falsas autorías quedan pronto en evidencia. Sin el añadido de un nombre ilustre, estos textos probablemente no hubieran tenido aceptación, lo cual no dice tanto de las intenciones de sus anónimos creadores o manipuladores como de nuestras limitadas capacidades críticas como lectores, y de lo difícil que resulta, obviamente, llegar a conocer la extensa obra de un escritor como para desenmascarar tanto gato por liebre. En ocasiones nos quedamos como de piedra sin saber qué pensar o damos por bueno lo que sea tal cual nos viene. Nadie está libre de ser engañado en las múltiples e inabarcables facetas de la vida, y estas mentiras literarias están quizá entre las inocuas. Aunque ciertamente algunas resultan tan evidentes que uno no sale de su asombro al comprobar el éxito con el que se expanden a través de los correos electrónicos.

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