15 de julio de 2014

Los narradores en Luz de agosto

Hay libros que al pasar los años siguen ejerciendo sobre nosotros una especie de sortilegio, de tal modo que con cada lectura, como al mirar repetidamente el cuadro de un maestro o el cielo estrellado, encontramos en él ideas, figuras, trazos, emociones o astros que no habíamos visto anteriormente; la promesa de que la próxima vez aún veremos más. A mí me ha pasado esta vez con los narradores de Light in August, una de las grandes novelas de William Faulkner. La mayoría de los sucesos los conocemos por algún personaje que se los cuenta a otro, por lo general a uno de los principales, en un continuo cambio de narradores capaz de pasar desapercibido si no estamos bien atentos. Pero al contrario que en otras de sus novelas más complicadas, ésta podemos seguirla sin riesgo de despistarnos, ni por los cambios de narradores ni por la dislocación temporal de los acontecimientos ni por las analepsis para contarnos la vida de sus protagonistas antes de los pocos días en los que en realidad transcurre la historia, ya que las distintas voces que tejen la narración van sustituyéndose unas a otras, en ocasiones casi imperceptibles, con el fin de narrar los hechos tal y como habían ido sucediendo. Es como si estuvieran allí, presentándose como importantes para luego retraerse a un segundo plano y finalmente evaporarse dándole el testigo a otro para ir contando la historia de manera oblicua, nunca fiable del todo ni exenta de prejuicios y chismorreos, pero con mayores implicaciones colectivas. 

Por encima de los múltiples narradores hay un narrador que describe y opina sobre sus personajes, e incluso aporta reglas psicológicas sobre el ser humano, como si hubiera sido rescatado de una época previa a Flaubert. Pero no siempre sabe más que sus personajes, en ocasiones su supuesta omnisciencia se revela incapaz de abarcar todo su mundo, y sabe menos o tan poco como ellos. A menudo nos oculta la información y la retrasa creando suspense, o nos la adelanta en un momento en que aún no entendemos su alcance. A veces se acerca a sus personajes, los siente por dentro y nos revela sus pensamientos y emociones más profundas, otras veces se aleja de ellos para mostrarnos sus siluetas en movimiento recortadas en el camino, como una cámara de cine apostada en la lejanía, para contarnos a continuación, en el intervalo de una sola frase, el diálogo seco y suspicaz de sus protagonistas. Un narrador que puede llegar a ser o confundirse con la voz del pueblo o de la ciudad, tan imposible como versátil, tan indefinida como compleja. Un narrador que, sobre todo al principio, sobrevuela a los múltiples narradores para ofrecernos el fresco de un mundo de trabajo duro y buscavidas desarraigados, atravesado hasta sus entrañas por el racismo y la intolerancia, de un puritanismo tenebroso y unos personajes por lo común ambivalentes, creados como contrapuntos o paralelos unos de otros, entre quienes unos pocos parecen predestinados al mal y otros pocos a una ingenua bondad cuya pureza contrasta con el mundo en que habitan.

15 de junio de 2014

Naturaleza de la novela

Al igual que Kundera, Luis Goytisolo ubica el origen de la novela en Europa, pero rastrea sus orígenes con mayor rigor y llega a una conclusión mucho más pesimista. Si Kundera equiparaba la novela a la esencia de Europa, nuestra cultura y nuestros valores, Luis Goytisolo pasa de constatar su origen y seguir su desarrollo a colegir en el epílogo de su ensayo Naturaleza de la novela que la lectura y el cultivo de la novela se encaminan hacia su decadencia, como ha sucedido ya con otros géneros artísticos. Esta visión del futuro de la novela recuerda a algunos comentarios de Philip Roth y no hace tanta referencia a la cacareada muerte de la novela, que al parecer lleva muriéndose (más bien renovándose) desde hace mucho tiempo, sino a las circunstancias sociales y culturales que dan pie a su lectura y por tanto a su supervivencia. La sombría advertencia no es baladí, la podemos constatar en las aulas y las nuevas costumbres, tanto en familia como fuera de ella. Algunas de estas ideas sobre la novela y la muerte de géneros literarios ya estaban esbozadas en forma de divagaciones en su Estatua con palomas, como temas de un pensamiento que, partiendo desde sus preocupaciones juveniles, se cristaliza en la madurez. 

La mirada de Luis Goytisolo se remonta hasta la literatura grecolatina y el estilo y el tono del Antiguo y el Nuevo Testamento que, según él, cimentaron ambos una forma de entender las narraciones que ha sido esencial para el desarrollo posterior de la novela. Las circunstancias históricas que la propiciaron fueron la apertura de una brecha en la asfixiante atmósfera religiosa medieval y la traducción de la Biblia a las lenguas romances, haciéndola asequible como lectura íntima y contrastada, una más entre otros tantos libros gracias al invento de la imprenta. Es decir, los orígenes de la novela serían extrínsecos a ella como evolución del género, así como extrínsecas serán las causas de su final, en este caso por la posible falta de lectores no especializados. A partir de ese comienzo le seguimos en un breve recorrido, con fragmentos de algunas de las novelas de los autores más relevantes, desde la Italia del Renacimiento y la España del Siglo de Oro, pero que, a diferencia del camino esbozado por Kundera, se vuelve más complejo según avanzamos hasta llegar a la literatura norteamericana de entreguerras en el siglo XX, camino en el que además ofrece herramientas de interpretación de la novela gracias a conceptos acuñados por autores como Proust o T.S. Eliot.

15 de mayo de 2014

La responsabilidad de Eichmann

Claude Lanzmann grabó en 1975 unas conversaciones con Benjamin Murmelstein, el que fuera el último presidente del Comité Judío del campo de concentración supuestamente modélico de Theresienstadt, pero no las incorporó a su gran documental Shoah, probablemente porque no tocaba el tema del campo de Treblinka directamente. Murmelstein fue rabino y profesor universitario, hombre de gran cultura y, según Lanzmann, quizá el hombre más inteligente que ha conocido (y Lanzmman es de esas pocas personas que pueden presumir de haber conocido a mucha gente inteligente). Con aquel material de hace ya unos cuarenta años, e imágenes actuales de los lugares en donde acontecen los hechos narrados por Murmelstein tanto en su entrevista como en su libro Terezin, il ghetto modello di Eichmann, Lanzmann ha elaborado un documental de casi cuatro horas, El último de los injustos

Murmelstein trató directamente con Eichmann desde antes de la guerra, quien le había pedido ya en el 38 informes sobre emigración y a quien le había escuchado hablar de “emigración grupal” para deshacerse de los judíos. Lo vio con sus propios ojos comandando un grupo de la SS con hachas y martillos que destruiría la sinagoga de Seitenstettengasse la Noche de los Cristales Rotos. De sus recuerdos se constata que Eichmann no era un burócrata fiel a las órdenes de sus superiores, tuvo un papel activo y perfectamente consciente en el desarrollo de lo que llegaría a ser la solución final, además de ser un corrupto y un estafador, dejando en entredicho la teoría de Hannah Arendt sobre la banalidad de este personaje, y arrojando luz sobre un proceso que aún hoy en día despierta opiniones contrapuestas, como hemos podido observar a raíz de la película de Margarethe von Trotta sobre la experiencia de la filósofa en el juicio a Eichmann. 

Había leído el libro de Arendt que recopila sus 15 artículos sobre el juicio para The New Yorker junto a un epílogo y un postscript de la autora, Eichmann in Jerusalem, que sin duda es muy interesante, pero hasta ahora no me sentía capaz de tener una opinión, enredado como estaba en las ajenas, tan contrapuestas, pero tras escuchar y ver a Benjamin Murmelstein no sólo me he enterado de una parte de la historia que desconocía sino también me ha quedado claro qué tipo de persona podía haber sido realmente Eichmann. El documental es una prueba más de lo difícil que resulta desentrañar la verdad, pero cómo aún así se puede y se debe explorarla. Se trata de un material imprescindible para la comprensión de un tema controvertido y para la memoria del más horrible de los hechos sucedidos en Europa, cuyo único reparo que se me ocurre hacia Lanzmann es que haya tardado tanto en sacarlo a la luz.

15 de abril de 2014

Una abuela muy literaria

Mi mala memoria apenas recuerda personajes de abuelas en la literatura, y por tanto me atrevería a decir que han sido rarísimas, casi inexistentes. La más entrañable, sin duda, es Mme. Amédée, instruida, bondadosa, serena, amante de la elegancia y con la delicadeza suficiente para introducir a su nieto Marcel en lecturas con gusto y un sentido del refinamiento que lo acompañaría el resto de su vida, junto a su recuerdo. Pero la más mordaz, histriónica y divertida, pintada con unas pocas pinceladas y una ligereza envidiable, es Antonina Vassilievna Tarassevitchev.

Tienen que pasar nueve de los dieciocho capítulos en los que está divida la novela de Dostoyevski El jugador para que haga su entrada triunfal en la historia. Durante los capítulos previos ella ha sido la comidilla, la preocupación y la esperanza de casi todo el grupo en el que el joven Alexei Ivanovitch, el narrador, trabaja de profesor de los niños de la familia. La abuela se presenta indomable, inteligente y perfectamente consciente del deseo de su familia de heredar y de ser dada por muerta cuanto antes para que los distintos personajes salgan de sus muchos apuros económicos. Su temperamento es decidido y su lengua tan directa que hace saltar por los aires la atmósfera de misterio que ha ido tejiendo el narrador, haciéndola no sólo la abuela más extravagante de la literatura sino también uno de los personajes más divertidos que recuerdo haber leído. 

Casi tiene uno la sensación de que, llegado cierto punto, la historia debería haberse llamado La jugadora. Ella ha sido durante el inicio de la novela la gran ausente de cuya muerte todos dependen y una vez entra en escena se convierte en el personaje central, absorbiendo por completo la historia. La abuela deja perplejos a propios y extraños, asusta, entusiasma y horroriza. Pero el lector no puede menos que reírse ante este espectáculo, lo incisivo de sus afirmaciones, la sabiduría de sus juicios y la sensatez de sus palabras. Nos gusta por supuesto que fustigue a los egoístas que esperaban su muerte. Luego, en la parte final de la novela, desaparece aquejada del mismo mal que el resto, y ya sólo sabremos de ella a través de una charla que mucho después tienen Alexei Ivanovitch con el inglés Mr. Astley.

15 de marzo de 2014

El vanguardista feroz

Animado por la lectura vertiginosa de Trans-Atlántico abrí lleno de expectativas otra novela de Witold Gombrowicz, Cosmos. La lectura no me resultó tan embriagadora como la anterior, quizá porque ante la primera sentí la excitación del descubrimiento, pero no por ello dejé de admirarme de lo que me pareció que Gombrowicz estaba intentando. Como en cualquier fenómeno psicológico llevado al paroxismo, la necesidad de darle sentido a todo, desde los detalles más nimios, nos asoma a la locura. El narrador y su compañero de habitación se obsesionan con darle sentido a lo que no lo tiene, buscar interpretaciones y explicaciones donde no hay relaciones causales y encontrar combinaciones simbólicas donde manda el azar, poniendo a prueba la credulidad del lector. Sin embargo, esta obstinación en darle sentido a los signos aparentemente más arbitrarios acaba por cambiar la realidad, alterándola con las acciones de los personajes crédulos, aunque hayan sido motivados por combinaciones sin significado para los demás.

Desde el punto de vista artístico los detalles elegidos no son una simple muestra al azar. Tanto la perturbación que producen las manos de una mujer joven, la fijación en ellas como partes casi desligadas del cuerpo, así como la concatenación de símbolos y señales nos recuerdan a la mecánica del surrealismo, que Gombrowicz parece enfrentar a la realidad en dura pugna. Mientras tanto las descripciones morales a partir de los rasgos físicos de los personajes nos acercan a la parodia y lo grotesco como en un cuadro de Grosz. Estas relaciones de su obra con las vanguardias se multiplican ante características como la sexualidad reprimida a punto de estallar y la dilatación narrativa en cavilaciones de un personaje que ignora sus propias motivaciones, desconectado de sí mismo, en donde se llega a cuestionar el término mismo de historia para lo que se nos está contando. Pero si esto no es una historia, ¿qué es pues? Lo es. Disparatada, obsesiva, visceral, pero también por momentos divertida como los diálogos propios del mejor teatro del absurdo.

15 de febrero de 2014

Joyce en Italia

Joyce se estableció en Italia de rebote, había ido hasta Zurich para ocupar un puesto de profesor que él consideraba aburrido y fácil pero que le daría tiempo para completar un libro de cuentos que llevaba en su maleta. Sin embargo, aquel trabajo prometido no existía y, como un favor, fue enviado a Trieste, pero tampoco allí había una vacante para él como le habían dicho, aunque al final le ofrecieron un puesto en una pequeña ciudad más al sur llamada Pola. Los años de Joyce en Italia fueron los más fructíferos de su carrera. Allí terminó su primer libro de poemas, Chamber Music, el cual cuando por fin consiguió un editor le pareció ya tan malo que dudó si retirarlo a última hora; acabó también el libro de cuentos Dubliners, añadiéndole esa obra magistral de la literatura breve que es el último cuento, "The Dead"; rehizo su Stephen Hero en A Portrait of an Artist as a Young Man y empezó a escribir los primeros capítulos de Ulysses. En su larga estancia en Italia de unos once años, entre Pola, Triestre y Roma, Joyce alcanzó la madurez literaria y abrió el camino hacia sus obras mayores. 

Su vida está minuciosamente contada por Richard Ellmann en su libro James Joyce, una obra imprescindible para quien quiera saber algo de este irlandés errante. Prácticamente todo lo que después se ha dicho de él, desde introducciones doctas a versiones en novela gráfica de su vida como la entretenida propuesta del español Alfonso Zapico, parten ineludiblemente del trabajo de Ellmann. Lo más interesante de este voluminoso libro, en la escuela de las biografías anglosajonas de grandes personajes, son en mi opinión las conexiones que su biógrafo establece con su obra, esos pasajes de su vida y la de otros conocidos suyos que Joyce transmutó en literatura, su filosofía de la creación a través de sus cartas y comentarios, e incluso, más anecdóticamente, sus fobias y fibias literarias, esos juicios incisivos y con frecuencia injustos que me han hecho soltar más de una carcajada. 

Cuando se estableció con Nora en Italia vivieron en un cuartucho tan chico que Joyce escribía sentado en la cama por falta de espacio. Si querían cocinar tenían que ir a la vivienda de su casera. Pero cuando tenían dinero lo derrochaba comiendo a diario en restaurantes con la familia, aunque fueran de módico precio, y en beber en bares hasta altas horas. Su hermano Stanislaus, que más de una vez tuvo que recogerlo en la calle completamente borracho, debió de ser, tal y como me lo imagino por la lectura de Ellmann, lo más parecido a un santo capaz de soportar a un hermano voraz que le pedía el dinero de su trabajo para mantenerse él y su familia, la cual iba creciendo con el nacimiento de sus hijos. Joyce reverenciaba e idolatraba a Nora, él era el voluble y apasionado frente a la natural sensatez y sencillez de ella, de lo que también dan fe sus cartas íntimas. No les fue fácil en aquella época vivir y tener hijos sin haberse casado, pero Joyce tenía las ideas muy claras. Tanto se acostumbraron a Italia que en casa adoptaron la lengua de su admirado Dante.

15 de enero de 2014

Pasión por pensar

Recientemente se ha publicado completa la entrevista concedida por Susan Sontag a la revista Rolling Stone que salió en febrero del 79. Sontag acababa de publicar Illness as a Metaphor y un año antes On Photography y el libro de cuentos I, etcetera, de los que se habla profusamente en esta entrevista realizada por Jonathan Cott, quien la conoció como alumno cuando ella era profesora de la Universidad de Columbia en los años 60, y que transcurrió entre París y Nueva York a lo largo del 78. Ante todo se respira pasión por pensar, por los libros y por el arte en todas sus manifestaciones. Para Sontag el arte y los libros no son sólo una evasión, son una forma de acercarnos al mundo, de ser y estar en él, y por tanto de trascendernos a nosotros mismos. Escribir le hace sentirse más atenta a lo que la rodea, mirar fuera de sí. Y pensar no es una opción, ya que si no lo hacemos nos vemos arrastrados por multitud de clichés. 

Son muchos los temas que se tratan en esta conversación, pero estos no están centrados, como sus recopilaciones de ensayos, en escritores y artistas a quienes admira, sino en sí misma, ofreciéndonos la perspectiva de la génesis o explicación de sus ideas. Es cierto que Leni Riefenstahl, Paul Goodman, Nietzsche, James Joyce o Roland Barthes aparecen mencionados como ya lo hicieron en Against Interpretation o lo harán posteriormente en Under the Sign of Saturn, pero ya no para hablar sobre ellos sino para ejemplificar reflexiones relacionadas con su experiencia. Sin embargo, una buena parte de esta conversación está dedicada a la enfermedad, cómo la vivió, porqué y cómo se puso a pensar sobre ella y el sentimiento de culpa que suele acompañarla. De ese sufrimiento surgió una solidaridad más profunda hacia los enfermos y un libro que no sólo tenía vocación de verdad sino también de ser útil y ayudar a los demás. 

También habla de las categorías que intenta derribar, categorías interpretativas claro, que nos imponen más anteojos que las diferencias propiamente existentes en ellas, inundándolas de tópicos, como las distinciones en las costumbres y formas de pensar entre hombre y mujer, las convenciones sociales relativas a viejo y joven o la distinción entre pensamiento y sentimiento, que ella considera la base de la visión anti intelectual, asociada al impulso fascista y sus tics irracionales, que puede encontrarse tanto en la izquierda como en la derecha política y que ya le sorprendió en algunos representantes de las protestas de los años 60 con quienes compartió su lucha contra la guerra de Vietnam. Susan Sontag, como todo verdadero pensador, es difícilmente clasificable, aunque todos se precipiten a hacerlo, y quizá una de las cualidades que más la defina sea nada más y nada menos que su curiosidad.

15 de diciembre de 2013

Descubriendo mundo con Nicolas Wild

Después de haber leído algunas novelas gráficas de gran calidad, tenía ganas de adentrarme en otra para pasar un buen rato con una historia y unos personajes interesantes. Estuve buscando en varias librerías de comics, entre libros de superhéroes y viñetas cómicas, hasta que en la tienda especializada más antigua de Las Palmas, que sólo a medias sucumbió al éxito de los juegos de rol, encontré en una estantería del fondo del local un libro que trataba sobre un viaje a Irán. Me pareció interesante contrastarlo con El Paraíso de Zahra y Persépolis, cuya versión fílmica me había gustado tanto. Su título, Así calló Zaratustra, aunque era una alusión demasiado evidente al conocido libro de Nietzsche, llamó mi atención. 

El protagonista, Nico, que responde al mismo nombre del autor, conoce a través de unos inmigrantes en París a una joven iraní, cuyo padre ha sido asesinado en circunstancias misteriosas, que le invita, junto a otros amigos pintorescos de nacionalidades diversas, a un viaje para mostrarle su país y la cultura de la minoría zoroastriana, a la que pertenece su familia. El viaje resulta un apasionante descubrimiento de una religión que llegó a ser oficial en el imperio Persa, cuyo imaginario y filosofía tienen parecidos con religiones posteriores, y cuyos fieles viven en un contexto político hostil a sus creencias. El protagonista, como cauto extranjero, hace de discreto hilo conductor para mostrarnos todo aquello que ve y escucha a su alrededor, mientras los acontecimientos se precipitan. 

Nada más terminar me lancé entusiasmado a comprar, esta vez por Amazon, sus dos novelas gráficas anteriores, Kaboul Disco, tomos 1 y 2, en donde narra su experiencia como ilustrador para una empresa de comunicación afincada en el revuelto Afganistán tras la reciente guerra, con un humor a menudo proveniente de la conjugación de texto e imagen y la inocencia de un personaje que nos seduce a adoptar su punto de vista. Es el mismo alter ego del propio autor que ha seguido utilizando, Nicolas Wild, con su nombre y apellidos, a través del cual vamos a descubrir la vida de los expatriados internacionales en Kabul, sin apenas contacto con la sociedad civil por motivos de seguridad, pero que aún así se las manejan para ver un poco del país, tratar con afganos y empaparse de su cultura y sus lenguas.

15 de noviembre de 2013

Una novela ecuatoguineana

No recuerdo dónde la compré, el hecho es que pasó a formar parte de un montoncito de libros a la espera de un momento mejor y quedó perdida para mi memoria con el alejamiento de mi biblioteca por imperativo laboral hasta que, recientemente, la abrí por casualidad y ya no pude dejarla hasta darle fin. Sé, eso sí, que la adquirí con un vago interés como complemento literario cuando estuve leyendo a historiadores de la Guinea Ecuatorial como Mariano de Castro, Donato Ndongo, Francisco Ela o Max Linger-Goumaz. Se trata de Retrato con un infiel de José Fernando Siale Djangany, una novela publicada por la editorial El Cobre en el 2007 que narra a modo de parodia parte de la historia de la Guinea Ecuatorial. 

Los nombres de muchos de sus personajes son estrambóticos, jocosos y simbólicos (Ibarra de Veréis, Congolino Lácteo de Vilareal, Juvenal de Golas), y los lugares nombrados no coinciden con los topónimos del país, ni de antes ni de después de la independencia, aunque algunos de ellos suenan cercanos a nombres reales (Carlos San Basilio a San Carlos o Isco de Corr a Corisco) y otros pudieran esconder simbolismos (Jubilea, Civilianjaïl). También los grupos enfrentados tienen nombres extraños (beseberes, gracórcitos). Esta dislocación de la realidad dota de un ambiente irreal al relato, ¿dónde estamos?, ¿quiénes son unos y otros?, lo que da más posibilidades narrativas que el mero hecho histórico, permitiendo mayor libertad. 

La novela muestra una sociedad convulsa, atravesada por odios y rencores, en donde la violencia adquiere una carta de normalidad que, sin embargo, abona algunos de los momentos más impactantes del relato hasta rematarlo con un final trepidante. Las relaciones de poder, las distintas religiones, la opresión colonial y la divergencia étnica postcolonial generan tensiones constantes. El humor se vuelve terror gracias a ciertos elementos fantásticos que evocan una atmósfera afín al realismo mágico. Donato Ndongo, también novelista y creador en los años ochenta de una antología de la literatura guineana, además de historiador y periodista, nombra en una entrevista de estos últimos años a José Siale como uno de los escritores destacados en el interior del país.

15 de octubre de 2013

Una visión europea de la novela

Kundera no es sólo un destacado novelista, es también un apasionado teórico de la novela. Sus cuatro ensayos publicados giran en torno a temas, ideas y autores similares: El humor en la novela, la modernidad, la distinción entre la historia y la historia de la novela, la música, Kafka. Los testamentos traicionados, publicado hace más de veinte años y cuyo título cautiva antes de comenzarlo, no difiere del resto en eso. Es ante todo una recopilación de malentendidos sobre obras y artistas que han lastrado su comprensión durante generaciones hasta, en muchos casos, la actualidad, haciendo que aún no podamos desprendernos de esas primeras ideas equivocadas con las que fueron interpretados. La voluntad del autor queda traicionada, sometida a la revisión de quienes no lo entienden y cambiada precisamente en aquellos aspectos más innovadores por ser estos los más fácilmente incomprendidos. 

Los ejemplos de Kafka, Gombrowicz o Janáček ilustran lo difícil que resulta una comprensión cabal del arte más innovador de su tiempo, incluso por quienes son afines y amigos de los artistas, y cómo a veces los defensores de los esquemas más convencionales y trillados se afanan en agrios ataques contra quienes escriben o componen distinto a los maestros consagrados. Los tópicos de los primeros exégetas se pegan entonces a la obra, se fiscaliza el trabajo de los artistas desde el punto de vista de sus vidas y las traducciones campan llenas de errores relevantes para su comprensión. Si encima se ha nacido en una pequeña nación europea, la posibilidad de quedar barrido por el desconocimiento es aún mayor, ya que según Kundera la fuerza del nacionalismo en esos países es más aplastante y cualquier intento de creación artística de trascendencia está sometido al juicio del terruño. 

La mirada de Kundera sobre la novela no es exclusivamente europea en el sentido académico de abarcar la producción del continente ni ceñirse sólo a ella, Carlos Fuentes y García Márquez aparecen en sus ensayos, pero según él lo distintivo de Europa es producto de la novela, y son los europeos, o por lo menos algunos de ellos, quienes la parieron para el mundo, gestándose sus orígenes primero en Italia, luego la novela picaresca y la gran culminación cervantina en España, el salto a Inglaterra en el XVII y XVIII donde imitaron y desarrollaron el modelo humorístico español aquí despreciado, después el paso a Francia durante el gran siglo XIX de su novela y finalmente a Europa central, como los lugares en los que, cronológicamente, se dieron la mayoría de los avances técnicos más importantes que marcaron la historia de la novela.

15 de septiembre de 2013

Los filósofos desvaídos

El treinta y uno de mayo del 2003 Jürgen Habermas y Jacques Derrida publicaron en el Frankfurter Allgemeine Zeitung y en Libération un artículo titulado en la edición francesa “Europe: plaidoyer pour une politique extérieure commune” en el que llamaban la atención sobre la necesidad de una política exterior europea unificada. Criticaban el independentismo de algunos estados miembros al meterse en una guerra como la de Irak sin consenso con sus socios europeos, deseaban una Europa que sirviera de contrapeso a la hegemonía política y económica de Estados Unidos, aspiraban a un orden cosmopolita y alababan los dos logros principales de Europa en este medio siglo de posguerra: Una gobernanza más allá de las fronteras nacionales y la creación del estado del bienestar. Y, por supuesto, subrayaban el belicoso y horrendo pasado de Europa como el hecho fundacional de la unión, en su gran mayoría formada por Estados melancólicos de sus extintos imperios. Ese mismo día Umberto Eco publicaba “L’Europa incerta tra rinascita e decadenza”, Gianni Vattimo “Casa Europa”, Adolf Muschg “Kerneuropa”, Richard Rorty “Demütingung oder Solidarität" y Fernando Savater “Europa, necesitada y necesaria”

La iniciativa, que había sido mantenida en secreto, apuntaba a un mismo objetivo. Eco se centró en los lazos comunes de los europeos y la necesidad de una política exterior y de defensa unificada si queremos ser el tercer polo de influencia en el mundo. Vattimo puso la esperanza en una nueva constitución que quedó en nada y en la idea de que la unión debería llevarnos a un gobierno que emanara del parlamento y no de los presidentes de los Estados. Muschg se preguntaba qué nos unía, resaltaba las llagas de las guerras mundiales y el complejo de culpa sublimado en el ideal de una Europa común. Richard Rorty, como estadounidense, entraba a analizar la política norteamericana con respecto al viejo continente, cómo nos veía aquella administración, sus intereses, metas y tretas, y afirmaba que era un error grave pretender mantener a toda costa la hegemonía de su país en un mundo multipolar. Savater, por su parte, llamaba a los valores de la ilustración, el laicismo en una Europa común, la instauración de un sistema de defensa propio que nos libere de la dependencia de terceros y una continuidad del sistema del bienestar y de las garantías jurídicas para todos. 

Una iniciativa de este calibre, llevada a cabo al unísono en algunos de los periódicos de mayor prestigio del continente, pasó sin embargo prácticamente desapercibida. No fue noticia de portadas de prensa ni salió en los telediarios ni fue comentada en los programas de radio, tampoco fue muy citada por los lectores más afines a estos filósofos ni generó debate público. Aunque algunos gobiernos simpatizaran con las propuestas de estos pensadores, como señaló Tony Judt comparándolo con el papel de los intelectuales en generaciones previas, ninguno de ellos fue llamado a consulta, ni siquiera para hacerse una foto ventajosa para los líderes, ni tuvieron una influencia definitiva en las políticas nacionales o europeas. Cierto es que sus posiciones contra la manera unilateral en que se había decidido la invasión de Irak estuvieron en consonancia con una gran mayoría de la ciudadanía, pero eso no quiere decir que fueran influyentes ni mucho menos decisivos en la mentalidad ciudadana. En cuanto a su apuesta clara y rotunda por Europa sigue siendo, diez años después, una esperanza que no parece avanzar.

15 de junio de 2013

El sitio de los sitios

Hacía mucho tiempo que quería leer El sitio de los sitios por dos razones fundamentales. La primera es la valentía formal y temática de Juan Goytisolo, su fortaleza literaria, y la segunda eran las guerras de los Balcanes que, en pleno corazón de Europa, pasaron para mí como de largo y confusamente durante mis años universitarios pero cuyos ecos aún me inquietan. ¿Estamos preparados los europeos para un destino común? ¿Cómo puede ocurrir la barbarie tan cerca mientras estamos mirando para otro lado o, peor, se mira pero no se entiende? El hecho de que Goytisolo se centrara en el sitio de Sarajevo era por tanto un doble estímulo, poder entender aquel episodio a través de quien se tiene en consideración. Pero si esperaba un libro sobre la guerra al estilo periodístico, me equivocaba. 

El sitio de los sitios es una novela breve llena de juegos narrativos, de tradición cervantina, prosa pulida, con vocación rupturista hasta en detalles como la puntuación de las interrogativas, con cambios de registros menos marcados que en otras novelas suyas pero presentes igualmente, una obra de investigación y farsa libresca, metaficcional y poliédrica. Todo gira alrededor del levantamiento del cadáver de un supuesto español cuyo cuerpo desaparece tras haber fallecido a causa de un obús lanzado contra su hotel por los sitiadores de la ciudad. El comandante español que trabaja en la ciudad para la fuerza multinacional, considerada estéril y ambigua por los personajes de la tertulia políglota, se hará cargo de una investigación que depara múltiples incongruencias, sorpresas y coincidencias. 

El sitio de la ciudad es un telón de fondo omnipresente. Incluso cuando cambia de lugar o se narran los sueños de algún personaje, la atmósfera resulta asfixiante, con los ciudadanos acogotados por los bombardeos y los francotiradores. La ficción creada, lejos de evadirnos de la realidad, subraya la idea de una sociedad de cultura ancestral en donde conviven muchas lenguas, de gran diversidad y raigambre, credo y pensamiento, que en nada se parece a esa identidad única que quieren imponerle los sitiadores. Los vasos conductores con nuestra historia surgen en varias ocasiones, por ejemplo en relación al caso de uno de los más viejos haggadahs sefardíes, de mediados del siglo XIV y originario de Barcelona, que salió de España con la expulsión de los judíos y que fue protegido por musulmanes en dos ocasiones, una de ellas precisamente durante el sitio de Sarajevo.

15 de mayo de 2013

El paraíso de Zahra

No es común encontrar una denuncia tan clara, sin que el compromiso quede reñido con el buen hacer artístico, como esta novela gráfica ambientada en los días posteriores a las elecciones iraníes del 2009. Una madre recorre junto a uno de sus hijos, el narrador de la historia, la ciudad de Teherán en busca del hermano de éste, Mehdi, desaparecido tras las protestas multitudinarias contra el amaño de los resultados electorales. A través de esta búsqueda angustiosa por hospitales, la cárcel y los juzgados, vamos descubriendo las pistas sobre el paradero del joven desaparecido, amante del rap iraní y cuyos ídolos son Bruce Lee y Zidane, a la vez que se nos va desvelando la complejidad de la sociedad iraní y la represión a la que está sometida por el régimen. En el transcurso de esta búsqueda nos encontramos con personajes como el de la hija de un general de la época del sha, el afable y fortachón dueño de un cibercafé, el enojado conductor de un taxi o la bella Sepideh, todos ellos carismáticos, capaces de arrancarnos una sonrisa en medio de la desolación de la historia, de defenderse cada uno a su manera del ambiente opresivo en el que viven y de ayudar al prójimo, poniéndose ellos mismos en riesgo. 

La política, el pulso de la opinión en la calle, la historia del país y las cloacas del Estado emergen en este comic, o novela gráfica para marcar una diferencia bien merecida, con seriedad periodística y documental entremezclada con una ficción perfectamente dosificada, capaz de sorprendernos por sus matices y valentía. Detrás de los nombres de algunos de sus personajes, como Armenia, Sepideh o Takhti, se intuyen múltiples referencias, a veces de difícil comprensión para lectores como yo, ignorante de la rica y ancestral cultura iraní, sin que este mundo subterráneo del texto menoscabe la lectura, más bien al contrario, haciéndola más interesante. Muchos de los tristes sucesos mencionados han tenido eco en la prensa internacional, pero las vejaciones, corrupción, censura y torturas aquí denunciadas, a pesar de ser una historia puramente iraní, resultan familiares, con sus peculiaridades, a quienes han conocido otros regímenes autoritarios. Sus autores han utilizado los seudónimos de Amir y Khalil para proteger su identidad por evidentes razones políticas e incluyen al final una serie de textos que enriquecen la compresión de la obra, así como la dirección web de Human Rights and Democracy for Iran.

15 de abril de 2013

Joyce y España

Con una cuidada edición, amplia y prolija en imágenes, el libro Joyce y España recorre a través de varios investigadores las relaciones del escritor irlandés con nuestro país. Juan Goytisolo, uno de esos pocos escritores en nuestra lengua cuya asimilación de la obra de Joyce ha quedado patente en sus creaciones, escribe el prólogo contando su experiencia como lector del Ulysses. Le sigue un artículo de Carlos García Santa Cecilia sobre la recepción más bien negativa de Joyce en España, y los escasos entusiastas de su obra, como Torrente Gonzalo Ballester, uno de los primeros en advertir la gran importancia de Joyce en la historia de la novela y la imposibilidad de entender cabalmente a autores posteriores de la talla de Faulkner sin haber pasado previamente por él. No en vano, el propio Gonzalo Ballester se lamentó en 1948 de la carencia en España de una correspondencia artística con la nueva literatura representada por Joyce y Proust, y critica a los escritores españoles del momento por no haber resuelto los retos formales de la modernidad. 

Francisco García Tortosa, el más reciente traductor del Ulysses al castellano, en la edición de Cátedra, a cuyo estudio, traducción y promoción ha dedicado tantos años (es también el presidente de la Asociación Española James Joyce), escribe un artículo lleno de conocimiento y rigor sobre las referencias a España en la obra de Joyce, principalmente en el Ulysses, haciendo un recorrido primeramente por las exiguas menciones existentes en A Portrait of the Artist as a Young Man y finalizando con una sugerente invitación a ahondar en el libro que le llevó a Joyce 17 años y cuya fría acogida ensombreció el último año de su vida, Finnegans Wake. Joyce, como nos advierte García Tortosa, es de esos autores a quienes sólo gustan escribir de lo que conocen de primera mano, siendo su imaginación sobre todo lingüística, y España, que nunca visitó a pesar de haber vivido en diversos lugares de Europa, queda apenas reflejada en su obra, como en las reflexiones de Stephen en Sandymount Strand o la ascendencia de Molly. 

El resto de artículos están dedicados a temas tales como la labor de Antonio Marichalar en la introducción de Joyce en España, su presentación en Francia de jóvenes talentos españoles gracias a su relación con Valery Larbaud y Silvia Beach, y cómo Marichalar se las arregla para conseguir el apoyo de los escritores españoles más importantes en defensa de Joyce contra la edición pirata y mutilada del Ulysses publicada por una revista en EEUU; la influencia de Joyce en lenguas catalana y gallega, sus tempranas primeras traducciones y recepción; la relación de Juan Ramón Masolivier con James Joyce y Ezra Pound, a quienes los hijos de Joyce llamaban Signor Sterlina; y al pintor César Abín, creador de la caricatura de Joyce más conocida, en la que el autor irlandés aparece como un signo de interrogación, cuya idea y símbolos fueron sugeridos por el propio Joyce. Un libro no sólo con textos interesantes para los amantes de Joyce sino también con imágenes suyas y reproducciones de las cartas enviadas a Antonio Marichalar y a su primer traductor en castellano de A Portrait, Dámaso Alonso.

15 de marzo de 2013

Conversaciones con Toni Judt

Este año he seguido una de esas listas sobre los mejores libros del año pasado y así, en vez de pedir un deseo para el futuro, he preferido revisar lo mejor del pasado recientísimo, o por lo menos lo que otros, a quienes pagan por juzgar y elegir, han considerado lo más destacado, y debo decir que me arrepiento de no haberlo hecho en años anteriores, porque inevitablemente hay muchas películas, y no digamos libros, de importante factura que se me escapan con harta frecuencia, más proclive como soy a volver sobre los clásicos, con paso seguro, que a perderme en la selva de lo actual. Entre lo más valorado del 2012 estuvo el libro de Toni Judt y Timothy Snyder, Thinking the Twentieth Century, una conversación sobre muchas de las preocupaciones de la vida intelectual del historiador Toni Judt, en donde reflexiona sobre los grandes temas del siglo XX, sus raíces en el siglo XIX y sus derivaciones en esta primera década del XXI. Es además, como dice Timothy Snyder en la introducción, una invitación a leer o releer muchos de los libros que surgen citados en ella. 

El libro hace un viaje por el siglo XX desde la Viena de Zweig, Hayek y Freud a la caída del imperio austrohúngaro, en donde la mayoría de los intelectuales que llevaron la lengua alemana a la cumbre de su tiempo eran de origen judío, aunque no practicantes, y el destino de ese pueblo en los distintos lugares de Europa, como también describió Anna Arendt, a quien dedica varios comentarios; desde la Francia de Sartre, Camus y Aron a la clase política en Inglaterra; desde las dificultades al otro lado del telón de acero a la vida académica de los Estados Unidos; o desde sus vivencias personales en las comunas israelitas a las distintas corrientes ideológicas en occidente. Visto el siglo pasado desde nuestra perspectiva actual, desde la distancia y con cierta simplificación histórica, algunas interpretaciones aparentemente fáciles ahora, como nos avisa el historiador, no lo fueron tanto en su momento, cuando en medio de los acontecimientos urgía tomar partido y se desconocían las consecuencias y los derroteros que finalmente tomaría el siglo. 

Estas conversaciones son también un alegato a favor de la historia, la importancia de conocerla, de debatirla e interpretarla con inteligencia y conocimiento, ya que ésta se refleja consciente o inconscientemente en las actitudes, creencias y decisiones morales de multitud de personas. Defiende la necesidad de la historia para mantener una sociedad civil y democrática, una sociedad abierta. Si la olvidamos o la relegamos, tal y como nos recuerda, perderemos los referentes comunes y la comprensión de cómo hemos llegado hasta donde estamos, despojándonos de los utensilios y la memoria para evitar caer en los errores del pasado y no dejarnos seducir por quienes la invocan para hacer del pasado una justificación del presente, lo que cobra especial relevancia en esta atribulada Europa nuestra. Estas conversaciones me han animado a sumergirme en su obra más reconocida, Postwar: A History of Europe since 1945, una lectura fascinante y ambiciosa, sintética a pesar de ser un libro largo, sobre la evolución y avatares del continente europeo desde el final de la guerra hasta casi nuestros días.

15 de febrero de 2013

Periodistas en prisión

Mientras muchos en occidente damos por sentada la libertad de expresión o, dicho de forma negativa, no concebimos la idea de ir a la cárcel por informar o escribir, el resto del mundo no está en la misma cómoda situación, y hay un buen puñado de hombres y mujeres que están pagando muy caro la falta de libertades en sus países. En general es la faceta periodística la que los lleva a ser perseguidos, encarcelados o incluso asesinados. El año pasado el PEN International ha dedicado el 15 de noviembre, como viene siendo costumbre, al recuerdo de algunos de estos periodistas y escritores. Así, en 2012, se reconocieron especialmente los casos de la activista iraní pro derechos humanos Shiva Nazar; el arresto del poeta y escritor de canciones filipino Ericson Acosta; la periodista mejicana Regina Martínez, que investigaba el tráfico de drogas cuando fue estrangulada en el baño de su casa de Veracruz tras haber sido brutalmente golpeada; el abogado turco Muharrem Erbey condenado a dos años y medio de prisión; y el periodista y bloguero etíope Eskinder Nega. 

Para mayor desgracia, ellos son sólo la punta de un iceberg. Según los datos aportados por Reporteros sin fronteras, a día de hoy hay 188 periodistas encarcelados. Resulta revelador detenerse a leer las cifras por países, incluso puede que encontremos alguna sorpresa. Si a ellos les sumamos los colaboradores y los ciudadanos que se han visto en prisión por grabar o escribir en blogs, el número prácticamente se duplica. Y si, por supuesto, contabilizamos también a los 89 periodistas muertos sólo durante el año pasado, obtenemos un fresco desolador de la situación de los derechos de libertad de expresión en el mundo. Muchos conocíamos, gracias a la repercusión mediática de sus casos, las historias de unos cuantos escritores y periodistas obligados a esconderse o asesinados a sangre fría, pero estas cifras son escalofriantes. Sorprenden además por lo que encubren, por cada periodista muerto o encarcelado hay una historia sobre la que estaban informando para, de alguna forma, defender a mucha más gente como portavoces de quienes no tienen voz.

15 de enero de 2013

Mirar

A juzgar por lo oído demasiado a menudo, a los escritores se les llega a amar o a odiar, haciendo innumerables comentarios sobre ellos, sin haberlos apenas leído o incluso sin haber abierto ni una de sus páginas. Algunos resultan a muchos simplemente detestables tras haberlos escuchado hablar o porque alguien ha contado algo sobre ellos o por un artículo suyo en prensa o porque algo en su fotografía no les gusta. Sus vidas personales, sus temperamentos y actitudes, o sus máscaras sociales, generan todo tipo de reacciones, con frecuencia opuestas entre detractores y admiradores. Puede que no abramos nunca las páginas de un escritor que nos ha aconsejado alguien de cuyo criterio no nos fiamos o, al contrario, es muy probable que abramos un libro suyo sólo porque alguien cuyo juicio valoramos lo ha ensalzado. A veces no se explica uno por qué no ha abierto las páginas de tal escritor y sin embargo se lanza ilusionado hacia las de otro, sin haber leído previamente a ninguno de los dos. El hecho es que hay muchos libros, y debemos elegir, pero la seducción previa a la lectura no deja de ser un misterio, quizá porque hay tantos lectores como personas.

Yo, por ejemplo, no me sentía atraído por John Berger, creo que debido a la lectura hace años de una frase suya al azar que, sacada de contexto, me pareció demasiado especulativa. Afortunadamente, y sin duda con curiosidad debido a la admiración y amistad que le profesa Isabel Coixet, saqué de la biblioteca universitaria uno de sus libros disponibles en el catálogo, Mirar, traducido por Pilar Vázquez Álvarez y cuyo título original es About Looking. Es una estimulante recopilación de artículos sobre arte escritos antes de los ochenta, capaces de hacernos volver a mirar lo mismo y verlo distinto, haciéndonos conscientes de lo difícil de interpretar y analizar con sensibilidad la obra de muchos artistas. El pensamiento de Berger se mueve a golpes bruscos, a veces desconcertantes, sorprendiendo al lector, y llevándolo por un recorrido del detalle a la teoría y de la vida del artista a la comprensión de su obra. La selección no deja de ser llamativa: En pleno auge del Pop art y la abstracción, Berger fija su atención en fotógrafos como August Sander y Paul Strand o en pintores como Seker Ahmet, Lowry y Ralph Fasanella.

Por una de esas casualidades de la caprichosa concatenación de lecturas, en uno de estos artículos, pensado a propósito del libro de Susan Sontag On Photography, Berger identifica el fenómeno del espectáculo con nuestras sociedades modernas como lo hace Vargas Llosa, de cuyo libro comenté el mes pasado una cuestión marginal relativa a los libros electrónicos. La cita reza: "El mundo industrializado, ‘desarrollado’, horrorizado por el pasado, ciego con respecto al futuro, vive un oportunismo que ha vaciado de toda credibilidad el principio de justicia. Este oportunismo convierte todas las cosas en un espectáculo: la naturaleza, la historia, el sufrimiento, el resto de las personas, las catástrofes, el deporte, el sexo, la política. Y la herramienta utilizada en esta transformación -hasta que el acto se haga tan habitual que la imaginación condicionada pueda hacerlo por sí misma- es la cámara". Sin duda no basta con mirar, hay que hacer uso de la sensibilidad, la inteligencia y los conocimientos. Al devolver el libro saqué con entusiasmo otro suyo, Éxito y fracaso de Picasso, y una vez terminado ese me decidí por Ways of Seeing, basado en las ideas ya expuestas por él en el programa homónimo de televisión para la BBC, que puede encontrarse en YouTube.

15 de diciembre de 2012

El temor de Vargas Llosa

Una vez escuché a un respetado académico contar cómo en los pueblos sin escritura hay quienes son capaces de memorizar larguísimos poemas, como los hombres libros de Fahrenheit 451, y entre sus gentes se cuentan muy hábiles intérpretes de lenguas, traduciéndolas sobre la marcha, capaces de transmitir al instante en otro idioma lo escuchado. Parece ser pues que el advenimiento de la escritura, ese regalo de Theuth al pueblo egipcio según nos cuenta Platón en boca de Sócrates, no sólo trajo un cambio profundo a nuestras vidas, sino también a nuestra forma de pensar y nuestro desarrollo mental. Recientemente se ha estudiado, por ejemplo, cómo la memorización decae cuando sabemos que un dato puede ser rescatado mientras que aumenta cuando se nos avisa de que no podremos recuperarlo, alertando al cerebro, lo que presumiblemente haría trabajar más ciertas conexiones neuronales, como quien hace ejercicios musculares. Esto último recuerda al reproche del rey Ammón al dios Theuth sobre el peligro que conlleva la escritura de descuidar la memoria. 

Algo parecido apunta Vargas Llosa con su temor al posible cambio de nuestra manera de escribir y leer, incluso de nuestra capacidad de concentración, con la llegada de los libros electrónicos. Es cierto que la tentación de saltar a otra cosa en la pantalla o la posibilidad de irrupción de mensajes y video llamadas son capaces de poner a prueba el esfuerzo exigido por una lectura profunda, larga, ardua o cualquier combinación de estas. Pero los libros electrónicos también permiten añadir a las ya conocidas ilustraciones, algunas de ellas célebres, vídeos y audios que complementen textos de multitud de disciplinas como la biología, historia, matemáticas, arte, geología o física, lo que los hará cambiar, enriquecerse y volverse más atractivos, como lo son actualmente los de color frente a los grises de antaño, sin que por eso tenga que bajar la calidad de lo expuesto con palabras. En cuanto a la ficción, sin embargo, la integración más lograda de estos elementos audiovisuales con el texto ya existe en el cine, por lo que considero con escepticismo un futuro cambio de la escritura debido al cambio del formato de lectura. Habrá, por supuesto, quienes investiguen distintas vías intermedias ante las nuevas posibilidades, con mayor o menor éxito, y quizá con alguna grata sorpresa. 

Durante mucho tiempo algunos pueblos utilizaron las paredes, piedras o tablillas de arcilla para la escritura antes de la propagación por la cuenca mediterránea de un invento egipcio, el papiro, pero hoy en día leemos los nueve libros de la Historia de Herodoto, en papel o en pantalla, sin pararnos mucho a pensar sobre qué fue escrita esa obra. Sin duda, perdemos mucho del original, pero por las traducciones y por nuestra ignorancia de aquellos hombres, no tanto por los cambios de formato, aunque a veces la forma y contenido de un texto estén entrelazados con su soporte original. Es imposible traducir, por ejemplo, la belleza visual intrínseca a los jeroglíficos, tanto en paredes como en papiros, o la sonoridad de un recital poético en su lengua original. Quizá, como con los rollos horizontales de la narrativa ilustrada japonesa, al desenvolver un papiro lentamente y descubrir lo escrito, había un placer que se perdió al pasar las páginas. Y muy probablemente los libros de la imprenta resultaron toscos y poco artísticos a quienes estaban acostumbrados a incunables como los deliciosos libros de horas. Así como muchas novelas del siglo XIX que creemos ligadas al libro fueron, sin embargo, pensadas como seriales para la prensa. Si la escritura se transformó con cada uno de estos cambios de formato, o hasta qué punto, es una pregunta que permanece, no siempre clara, pero todo el mundo parece de acuerdo en que la consecuencia más evidente está relacionada con la accesibilidad. 

Aún recuerdo haber pedido American Pastoral de Philip Roth en una librería especializada en idiomas de mi ciudad y cómo pasaba cada mes, ilusionado, a comprobar si ya había llegado. Pregunté en la librería durante meses y durante meses me dijeron: “Está pedido pero no ha llegado aún”. Años después volví a preguntar por el libro, por pura curiosidad, y me respondieron con la misma frase. Afortunadamente, la entrega de libros por correo postal a buen precio nos liberó de aquellas esperas tortuosas, en algún caso inconcebibles, ya que en un par de semanas recibíamos a domicilio el libro deseado. Con las compras de libros electrónicos el tiempo de espera desaparece, compras cuando quieres, con los riesgos asociados a la inmediatez, pero la ventaja resulta evidente para quienes vivimos alejados de los centros de distribución, sobre todo para los libros extranjeros. He comprado La civilización del espectáculo en internet a unas horas intempestivas y lo he empezado a leer sobre la marcha, gozando y refunfuñando por las opiniones allí vertidas, tomando notas en la misma pantalla, recogido en medio de la oscuridad, recordando por momentos algunos ensayos de Ortega leídos hace mucho, y he encontrado hermoso este objeto que me facilita tanto placer.

15 de noviembre de 2012

Una propuesta europea para los subtítulos

Al contrario de las películas estadounidenses, que ofrecen audios y subtítulos en multitud de idiomas, con una clara proyección mundial, la gran mayoría de las películas europeas salen a un mercado fragmentado sólo en la lengua del país en donde se comercializan o en su lengua original, o en el mejor de los casos en ambas, mientras los subtítulos aparecen apenas en un par de idiomas, de tal forma que si compramos o alquilamos una película italiana en España ésta vendrá probablemente con los subtítulos en español y catalán, pero si la adquirimos en otros países europeos, debido a que nadie la distribuye aquí, podemos encontrárnosla con subtítulos sólo en francés o sólo en alemán, por poner algunos ejemplos verídicos al azar. Éste es un problema europeo menor que sin embargo bien vale de muestra, como un botón, de todo lo que falta por hacer en Europa, de una integración que no llega a pesar de ser tan deseada por muchos y de una cultura conjunta que se resiste a cuajar en los ambientes menos elitistas, e incluso en estos. A pesar del gran crisol de lenguas europeo, no hay forma de encontrar las películas hechas en el continente subtituladas en los distintos idiomas de la Unión. 

Quizá el doblaje pueda resultar caro pero me extrañaría que una ambiciosa oferta de subtítulos añadiera un coste adicional relevante a un arte que requiere de unos presupuestos de producción muy elevados, sabiendo además cómo se paga a los traductores en estas tierras. Una película subtitulada en muchos idiomas tendría un mercado evidentemente más amplio con capacidad de distribuirse directamente en la gran mayoría de los países europeos. Como esto no ha ocurrido por iniciativa privada, ni se espera, por razones que no alcanzo a comprender, y seguimos viviendo todos juntos pero de espaldas unos de otros, o todos mirando a Bruselas pero ninguno a los de al lado, parece sensato imponer por ley que cada película europea sea editada con un mínimo de, digamos, doce subtítulos de entre las lenguas oficiales, incluyendo por supuesto una versión transcrita en la misma lengua original de la película. Esta última opción es además muy didáctica, ya que en mi opinión el mayor salto cognitivo en el aprendizaje de una lengua a través del cine, en niveles avanzados, se consigue cuando ya somos capaces de entender una película en versión original con la ayuda de los subtítulos en esa misma lengua.

15 de octubre de 2012

Los amantes de Verona

Los antecedentes literarios del Romeo y Julieta de Shakespeare son una cadena de versiones y traducciones que van aportando al relato nuevos elementos inspirados a su vez en otras obras, acentúan distintas partes de la historia según la sensibilidad y pericia del autor y lo transforman del cuento al verso o viceversa hasta llegar al teatro y al cine. Pero parece que la versión de Luigi da Porto, publicada en 1530 con el título de Historia novellamente ritrovata di due nobili amanti, es la primera en incluir la mayoría de los elementos del futuro drama de Shakespeare, y no sólo el nombre de los personajes y el emplazamiento de Verona. Efectivamente, en ella encontramos la fiesta dada por la familia Cappelletti en la que se conocen los dos amantes, el romance inmediato de ambos a pesar del amor hasta ese momento de Romeo por otra que no le hacía caso, la escena en el balcón, el matrimonio secreto oficiado por fray Lorenzo y su ingenio de la pócima durmiente, la muerte de Teowaldo a manos de Romeo, el final trágico de los dos amantes y la reconciliación de las dos familias, y hasta el asunto de la carta que no llega a su destinatario, que en Shakespeare es casi una seña de identidad, causa de malentendidos, equívocos y manipulaciones en muchas de sus obras. 

Antes de pensar que el bardo inglés estaría hoy en el juzgado de guardia defendiéndose de la acusación de plagio, creo que sería más justo compararlo a un director de cine actual que versiona la novela de un escritor que ya fue pasada como serie de televisión años atrás y de la que incluso hubo una versión cinematográfica en blanco y negro, famosa en su momento pero olvidada por el gran público o perdida su última copia por problemas de conservación. De hecho la grandeza de Shakespeare radica en su dramatización de la acción, en la capacidad para dotar a cada personaje de ese binomio entre el arquetipo y el realismo tan propio de sus dramas, y en su poesía reconocida mundialmente. Articuló también la trama dándole vida a secundarios, como en el resto de sus obras. El cuento de Luigi da Porto, sin embargo, no carece de encanto, más enfocado en la figura de Giulietta y en la relación con sus padres, en sus pensamientos y sufrimientos. Presenta las motivaciones menos espiritualizadas, como el interés de fray Lorenzo en la amistad de Romeo, la facilidad para cambiar de amor de este último, la boda de Giuletta para poder gozar a su amado sin desdoro o su temor a que él quisiera poseerla y abandonarla sólo para hacer escarnio de su familia. 

En el relato de Luigi da Porto la historia de los amantes se la narra un arquero de Verona a su señor, adivinando la razón de su aflicción, para mostrarle lo triste que resultan la mayoría de las intrigas del amor, a quien llama tirano, y lo peligroso de permitir que las pasiones se nos enconen en el pecho, además del deshonor que conllevan para un hombre de armas. Este marco narrativo tiene un final extraño para los lectores actuales. El señor, tras escuchar el relato, se pregunta dónde estarán hoy esas mujeres que muriesen sobre el cadáver de su amado, como hizo Giulietta, y cuántas no serían las que apenas suicidado su amante de amor por ellas no estarían pensando ya en hallar otro en lugar de morir con él. A continuación se lamenta de los enamorados de hoy en día (de su hoy en día del siglo XVI), incapaces de largos sacrificios y llevados por tantos apetitos. Quizá sea ésta una nostalgia literaria por el amor cortés medieval que ha dejado paso a un renacimiento más realista y burlón, pero parece también que los idealistas de todas las épocas se han quejado siempre de la inconsistencia amorosa de sus contemporáneos frente a un pasado más noble, excepcional y embellecido. Y es que ¿quién no se ha sentido conmovido nunca con esta historia?