15 de septiembre de 2014

Del realismo a la belleza

Hay características del cine de Theo Angelopoulos que llaman la atención desde el principio de su filmografía. El hieratismo de sus personajes, por ejemplo, estáticos ante la cámara como figuras petrificadas en el paisaje, moviéndose en toscas coreografías silenciosas, rompe con la verosimilitud y acerca sus películas a la extrañeza y el distanciamiento propios de una inspiración brechtiana, en el que a menudo adivinamos una idea o un sentido simbólico, capaz de alcanzar momentos de gran belleza, como la escena de los niños Voula y Alexander huyendo en medio de una población paralizada, absorta en la nevada. En este sentido su cine recorre el camino del realismo más puro, con esa imposibilidad de averiguar exactamente la verdad de un crimen en Reconstruction, su primera película, a una belleza que pugna con la dureza de temas sociales como la inmigración, el exilio, las fronteras. 

Pero el tema que vertebra o funciona como una misma trama secundaria en la mayoría de sus películas, condicionando la principal, es la historia política de Grecia en el último siglo XX. De las quejas que he oído sobre su cine, que despierta todo tipo de ambivalencias y sentimientos encontrados, ésta es una de las más comunes ya que se le achaca cierto reduccionismo a la experiencia griega. Aparte de que yo creo que es precisamente ese fondo histórico el que les permite dar un salto hacia lo universal, porque la historia de un país es como la historia de un hombre, puede repetirse con sus peculiaridades en cualquier otro lugar, este sentido histórico va unido al distanciamiento mencionado anteriormente como características de una visión artística muy concreta que hace suyos cierta filosofía de la izquierda, casi siempre con una mirada atrás crítica ante su fracaso o melancólica con los ideales, como el poeta que observa al joven recién salido de una manifestación con una bandera roja. Hasta su forma de filmar apoya esta visión del hombre, que no existe fuera de la historia, zarandeado por ella y las contingencias de su vida, que intenta buscar un espacio de supervivencia y dignidad.

Sus personajes, sobre todo en sus primeras películas, son siempre pequeños en medio de unos planos generales, largos hasta la extenuación, que hacen del hombre sólo una parte del todo. A veces usa con distintos fines un plano tan poco común como el circular. Su elección del zoom recuerda la preferencia de Eric Rohmer por este sobre el travelling porque lo encontraba más similar al mecanismo del ojo humano, que adapta la mirada al punto que se aleja en el espacio. Es curioso que, dándole la razón a Rohmer, el uso del zoom, sin embargo, resulte a casi cualquier espectador menos natural que un travelling. Angelopoulos evolucionó en sus películas posteriores, abandonando algunos experimentos de su cámara, conservando y destilando otros, e introduciendo algunos nuevos, cada vez más sutiles, pero sin abandonar nunca una intención de hacer explícita la mirada de la cámara, sus límites y sus posibilidades, muy alejada de los primeros planos, incluso cuando tenía ante sí a actores como Bruno Ganz, Marcelo Mastroianni o Harvey Keitel, de quienes consiguió algunas de sus mejores actuaciones.

15 de julio de 2014

Los narradores en Luz de agosto

Hay libros que al pasar los años siguen ejerciendo sobre nosotros una especie de sortilegio, de tal modo que con cada lectura, como al mirar repetidamente el cuadro de un maestro o el cielo estrellado, encontramos en él ideas, figuras, trazos, emociones o astros que no habíamos visto anteriormente; la promesa de que la próxima vez aún veremos más. A mí me ha pasado esta vez con los narradores de Light in August, una de las grandes novelas de William Faulkner. La mayoría de los sucesos los conocemos por algún personaje que se los cuenta a otro, por lo general a uno de los principales, en un continuo cambio de narradores capaz de pasar desapercibido si no estamos bien atentos. Pero al contrario que en otras de sus novelas más complicadas, ésta podemos seguirla sin riesgo de despistarnos, ni por los cambios de narradores ni por la dislocación temporal de los acontecimientos ni por las analepsis para contarnos la vida de sus protagonistas antes de los pocos días en los que en realidad transcurre la historia, ya que las distintas voces que tejen la narración van sustituyéndose unas a otras, en ocasiones casi imperceptibles, con el fin de narrar los hechos tal y como habían ido sucediendo. Es como si estuvieran allí, presentándose como importantes para luego retraerse a un segundo plano y finalmente evaporarse dándole el testigo a otro para ir contando la historia de manera oblicua, nunca fiable del todo ni exenta de prejuicios y chismorreos, pero con mayores implicaciones colectivas. 

Por encima de los múltiples narradores hay un narrador que describe y opina sobre sus personajes, e incluso aporta reglas psicológicas sobre el ser humano, como si hubiera sido rescatado de una época previa a Flaubert. Pero no siempre sabe más que sus personajes, en ocasiones su supuesta omnisciencia se revela incapaz de abarcar todo su mundo, y sabe menos o tan poco como ellos. A menudo nos oculta la información y la retrasa creando suspense, o nos la adelanta en un momento en que aún no entendemos su alcance. A veces se acerca a sus personajes, los siente por dentro y nos revela sus pensamientos y emociones más profundas, otras veces se aleja de ellos para mostrarnos sus siluetas en movimiento recortadas en el camino, como una cámara de cine apostada en la lejanía, para contarnos a continuación, en el intervalo de una sola frase, el diálogo seco y suspicaz de sus protagonistas. Un narrador que puede llegar a ser o confundirse con la voz del pueblo o de la ciudad, tan imposible como versátil, tan indefinida como compleja. Un narrador que, sobre todo al principio, sobrevuela a los múltiples narradores para ofrecernos el fresco de un mundo de trabajo duro y buscavidas desarraigados, atravesado hasta sus entrañas por el racismo y la intolerancia, de un puritanismo tenebroso y unos personajes por lo común ambivalentes, creados como contrapuntos o paralelos unos de otros, entre quienes unos pocos parecen predestinados al mal y otros pocos a una ingenua bondad cuya pureza contrasta con el mundo en que habitan.

15 de junio de 2014

Naturaleza de la novela

Al igual que Kundera, Luis Goytisolo ubica el origen de la novela en Europa, pero rastrea sus orígenes con mayor rigor y llega a una conclusión mucho más pesimista. Si Kundera equiparaba la novela a la esencia de Europa, nuestra cultura y nuestros valores, Luis Goytisolo pasa de constatar su origen y seguir su desarrollo a colegir en el epílogo de su ensayo Naturaleza de la novela que la lectura y el cultivo de la novela se encaminan hacia su decadencia, como ha sucedido ya con otros géneros artísticos. Esta visión del futuro de la novela recuerda a algunos comentarios de Philip Roth y no hace tanta referencia a la cacareada muerte de la novela, que al parecer lleva muriéndose (más bien renovándose) desde hace mucho tiempo, sino a las circunstancias sociales y culturales que dan pie a su lectura y por tanto a su supervivencia. La sombría advertencia no es baladí, la podemos constatar en las aulas y las nuevas costumbres, tanto en familia como fuera de ella. Algunas de estas ideas sobre la novela y la muerte de géneros literarios ya estaban esbozadas en forma de divagaciones en su Estatua con palomas, como temas de un pensamiento que, partiendo desde sus preocupaciones juveniles, se cristaliza en la madurez. 

La mirada de Luis Goytisolo se remonta hasta la literatura grecolatina y el estilo y el tono del Antiguo y el Nuevo Testamento que, según él, cimentaron ambos una forma de entender las narraciones que ha sido esencial para el desarrollo posterior de la novela. Las circunstancias históricas que la propiciaron fueron la apertura de una brecha en la asfixiante atmósfera religiosa medieval y la traducción de la Biblia a las lenguas romances, haciéndola asequible como lectura íntima y contrastada, una más entre otros tantos libros gracias al invento de la imprenta. Es decir, los orígenes de la novela serían extrínsecos a ella como evolución del género, así como extrínsecas serán las causas de su final, en este caso por la posible falta de lectores no especializados. A partir de ese comienzo le seguimos en un breve recorrido, con fragmentos de algunas de las novelas de los autores más relevantes, desde la Italia del Renacimiento y la España del Siglo de Oro, pero que, a diferencia del camino esbozado por Kundera, se vuelve más complejo según avanzamos hasta llegar a la literatura norteamericana de entreguerras en el siglo XX, camino en el que además ofrece herramientas de interpretación de la novela gracias a conceptos acuñados por autores como Proust o T.S. Eliot.

15 de mayo de 2014

La responsabilidad de Eichmann

Claude Lanzmann grabó en 1975 unas conversaciones con Benjamin Murmelstein, el que fuera el último presidente del Comité Judío del campo de concentración supuestamente modélico de Theresienstadt, pero no las incorporó a su gran documental Shoah, probablemente porque no tocaba el tema del campo de Treblinka directamente. Murmelstein fue rabino y profesor universitario, hombre de gran cultura y, según Lanzmann, quizá el hombre más inteligente que ha conocido (y Lanzmman es de esas pocas personas que pueden presumir de haber conocido a mucha gente inteligente). Con aquel material de hace ya unos cuarenta años, e imágenes actuales de los lugares en donde acontecen los hechos narrados por Murmelstein tanto en su entrevista como en su libro Terezin, il ghetto modello di Eichmann, Lanzmann ha elaborado un documental de casi cuatro horas, El último de los injustos

Murmelstein trató directamente con Eichmann desde antes de la guerra, quien le había pedido ya en el 38 informes sobre emigración y a quien le había escuchado hablar de “emigración grupal” para deshacerse de los judíos. Lo vio con sus propios ojos comandando un grupo de la SS con hachas y martillos que destruiría la sinagoga de Seitenstettengasse la Noche de los Cristales Rotos. De sus recuerdos se constata que Eichmann no era un burócrata fiel a las órdenes de sus superiores, tuvo un papel activo y perfectamente consciente en el desarrollo de lo que llegaría a ser la solución final, además de ser un corrupto y un estafador, dejando en entredicho la teoría de Hannah Arendt sobre la banalidad de este personaje, y arrojando luz sobre un proceso que aún hoy en día despierta opiniones contrapuestas, como hemos podido observar a raíz de la película de Margarethe von Trotta sobre la experiencia de la filósofa en el juicio a Eichmann. 

Había leído el libro de Arendt que recopila sus 15 artículos sobre el juicio para The New Yorker junto a un epílogo y un postscript de la autora, Eichmann in Jerusalem, que sin duda es muy interesante, pero hasta ahora no me sentía capaz de tener una opinión, enredado como estaba en las ajenas, tan contrapuestas, pero tras escuchar y ver a Benjamin Murmelstein no sólo me he enterado de una parte de la historia que desconocía sino también me ha quedado claro qué tipo de persona podía haber sido realmente Eichmann. El documental es una prueba más de lo difícil que resulta desentrañar la verdad, pero cómo aún así se puede y se debe explorarla. Se trata de un material imprescindible para la comprensión de un tema controvertido y para la memoria del más horrible de los hechos sucedidos en Europa, cuyo único reparo que se me ocurre hacia Lanzmann es que haya tardado tanto en sacarlo a la luz.

15 de abril de 2014

Una abuela muy literaria

Mi mala memoria apenas recuerda personajes de abuelas en la literatura, y por tanto me atrevería a decir que han sido rarísimas, casi inexistentes. La más entrañable, sin duda, es Mme. Amédée, instruida, bondadosa, serena, amante de la elegancia y con la delicadeza suficiente para introducir a su nieto Marcel en lecturas con gusto y un sentido del refinamiento que lo acompañaría el resto de su vida, junto a su recuerdo. Pero la más mordaz, histriónica y divertida, pintada con unas pocas pinceladas y una ligereza envidiable, es Antonina Vassilievna Tarassevitchev.

Tienen que pasar nueve de los dieciocho capítulos en los que está divida la novela de Dostoyevski El jugador para que haga su entrada triunfal en la historia. Durante los capítulos previos ella ha sido la comidilla, la preocupación y la esperanza de casi todo el grupo en el que el joven Alexei Ivanovitch, el narrador, trabaja de profesor de los niños de la familia. La abuela se presenta indomable, inteligente y perfectamente consciente del deseo de su familia de heredar y de ser dada por muerta cuanto antes para que los distintos personajes salgan de sus muchos apuros económicos. Su temperamento es decidido y su lengua tan directa que hace saltar por los aires la atmósfera de misterio que ha ido tejiendo el narrador, haciéndola no sólo la abuela más extravagante de la literatura sino también uno de los personajes más divertidos que recuerdo haber leído. 

Casi tiene uno la sensación de que, llegado cierto punto, la historia debería haberse llamado La jugadora. Ella ha sido durante el inicio de la novela la gran ausente de cuya muerte todos dependen y una vez entra en escena se convierte en el personaje central, absorbiendo por completo la historia. La abuela deja perplejos a propios y extraños, asusta, entusiasma y horroriza. Pero el lector no puede menos que reírse ante este espectáculo, lo incisivo de sus afirmaciones, la sabiduría de sus juicios y la sensatez de sus palabras. Nos gusta por supuesto que fustigue a los egoístas que esperan su muerte. Luego, en la parte final de la novela, desaparece aquejada del mismo mal que el resto, y ya sólo sabremos de ella a través de la charla que mucho después mantiene Alexei Ivanovitch con el inglés Mr. Astley.

15 de marzo de 2014

El vanguardista feroz

Animado por la lectura vertiginosa de Trans-Atlántico abrí lleno de expectativas otra novela de Witold Gombrowicz, Cosmos. La lectura no me resultó tan embriagadora como la anterior, quizá porque ante la primera sentí la excitación del descubrimiento, pero no por ello dejé de admirarme de lo que me pareció que Gombrowicz estaba intentando. Como en cualquier fenómeno psicológico llevado al paroxismo, la necesidad de darle sentido a todo, desde los detalles más nimios, nos asoma a la locura. El narrador y su compañero de habitación se obsesionan con darle sentido a lo que no lo tiene, buscar interpretaciones y explicaciones donde no hay relaciones causales y encontrar combinaciones simbólicas donde manda el azar, poniendo a prueba la credulidad del lector. Sin embargo, esta obstinación en darle sentido a los signos aparentemente más arbitrarios acaba por cambiar la realidad, alterándola con las acciones de los personajes crédulos, aunque hayan sido motivados por combinaciones sin significado para los demás.

Desde el punto de vista artístico los detalles elegidos no son una simple muestra al azar. Tanto la perturbación que producen las manos de una mujer joven, la fijación en ellas como partes casi desligadas del cuerpo, así como la concatenación de símbolos y señales nos recuerdan a la mecánica del surrealismo, que Gombrowicz parece enfrentar a la realidad en dura pugna. Mientras tanto las descripciones morales a partir de los rasgos físicos de los personajes nos acercan a la parodia y lo grotesco como en un cuadro de Grosz. Estas relaciones de su obra con las vanguardias se multiplican ante características como la sexualidad reprimida a punto de estallar y la dilatación narrativa en cavilaciones de un personaje que ignora sus propias motivaciones, desconectado de sí mismo, en donde se llega a cuestionar el término mismo de historia para lo que se nos está contando. Pero si esto no es una historia, ¿qué es pues? Lo es. Disparatada, obsesiva, visceral, pero también por momentos divertida como los diálogos propios del mejor teatro del absurdo.

15 de febrero de 2014

Joyce en Italia

Joyce se estableció en Italia de rebote, había ido hasta Zurich para ocupar un puesto de profesor que él consideraba aburrido y fácil pero que le daría tiempo para completar un libro de cuentos que llevaba en su maleta. Sin embargo, aquel trabajo prometido no existía y, como un favor, fue enviado a Trieste, pero tampoco allí había una vacante para él como le habían dicho, aunque al final le ofrecieron un puesto en una pequeña ciudad más al sur llamada Pola. Los años de Joyce en Italia fueron los más fructíferos de su carrera. Allí terminó su primer libro de poemas, Chamber Music, el cual cuando por fin consiguió un editor le pareció ya tan malo que dudó si retirarlo a última hora; acabó también el libro de cuentos Dubliners, añadiéndole esa obra magistral de la literatura breve que es el último cuento, "The Dead"; rehizo su Stephen Hero en A Portrait of an Artist as a Young Man y empezó a escribir los primeros capítulos de Ulysses. En su larga estancia en Italia de unos once años, entre Pola, Triestre y Roma, Joyce alcanzó la madurez literaria y abrió el camino hacia sus obras mayores. 

Su vida está minuciosamente contada por Richard Ellmann en su libro James Joyce, una obra imprescindible para quien quiera saber algo de este irlandés errante. Prácticamente todo lo que después se ha dicho de él, desde introducciones doctas a versiones en novela gráfica de su vida como la entretenida propuesta del español Alfonso Zapico, parten ineludiblemente del trabajo de Ellmann. Lo más interesante de este voluminoso libro, en la escuela de las biografías anglosajonas de grandes personajes, son en mi opinión las conexiones que su biógrafo establece con su obra, esos pasajes de su vida y la de otros conocidos suyos que Joyce transmutó en literatura, su filosofía de la creación a través de sus cartas y comentarios, e incluso, más anecdóticamente, sus fobias y fibias literarias, esos juicios incisivos y con frecuencia injustos que me han hecho soltar más de una carcajada. 

Cuando se estableció con Nora en Italia vivieron en un cuartucho tan chico que Joyce escribía sentado en la cama por falta de espacio. Si querían cocinar tenían que ir a la vivienda de su casera. Pero cuando tenían dinero lo derrochaba comiendo a diario en restaurantes con la familia, aunque fueran de módico precio, y en beber en bares hasta altas horas. Su hermano Stanislaus, que más de una vez tuvo que recogerlo en la calle completamente borracho, debió de ser, tal y como me lo imagino por la lectura de Ellmann, lo más parecido a un santo capaz de soportar a un hermano voraz que le pedía el dinero de su trabajo para mantenerse él y su familia, la cual iba creciendo con el nacimiento de sus hijos. Joyce reverenciaba e idolatraba a Nora, él era el voluble y apasionado frente a la natural sensatez y sencillez de ella, de lo que también dan fe sus cartas íntimas. No les fue fácil en aquella época vivir y tener hijos sin haberse casado, pero Joyce tenía las ideas muy claras. Tanto se acostumbraron a Italia que en casa adoptaron la lengua de su admirado Dante.

15 de enero de 2014

Pasión por pensar

Recientemente se ha publicado completa la entrevista concedida por Susan Sontag a la revista Rolling Stone que salió en febrero del 79. Sontag acababa de publicar Illness as a Metaphor y un año antes On Photography y el libro de cuentos I, etcetera, de los que se habla profusamente en esta entrevista realizada por Jonathan Cott, quien la conoció como alumno cuando ella era profesora de la Universidad de Columbia en los años 60, y que transcurrió entre París y Nueva York a lo largo del 78. Ante todo se respira pasión por pensar, por los libros y por el arte en todas sus manifestaciones. Para Sontag el arte y los libros no son sólo una evasión, son una forma de acercarnos al mundo, de ser y estar en él, y por tanto de trascendernos a nosotros mismos. Escribir le hace sentirse más atenta a lo que la rodea, mirar fuera de sí. Y pensar no es una opción, ya que si no lo hacemos nos vemos arrastrados por multitud de clichés. 

Son muchos los temas que se tratan en esta conversación, pero estos no están centrados, como sus recopilaciones de ensayos, en escritores y artistas a quienes admira, sino en sí misma, ofreciéndonos la perspectiva de la génesis o explicación de sus ideas. Es cierto que Leni Riefenstahl, Paul Goodman, Nietzsche, James Joyce o Roland Barthes aparecen mencionados como ya lo hicieron en Against Interpretation o lo harán posteriormente en Under the Sign of Saturn, pero ya no para hablar sobre ellos sino para ejemplificar reflexiones relacionadas con su experiencia. Sin embargo, una buena parte de esta conversación está dedicada a la enfermedad, cómo la vivió, porqué y cómo se puso a pensar sobre ella y el sentimiento de culpa que suele acompañarla. De ese sufrimiento surgió una solidaridad más profunda hacia los enfermos y un libro que no sólo tenía vocación de verdad sino también de ser útil y ayudar a los demás. 

También habla de las categorías que intenta derribar, categorías interpretativas claro, que nos imponen más anteojos que las diferencias propiamente existentes en ellas, inundándolas de tópicos, como las distinciones en las costumbres y formas de pensar entre hombre y mujer, las convenciones sociales relativas a viejo y joven o la distinción entre pensamiento y sentimiento, que ella considera la base de la visión anti intelectual, asociada al impulso fascista y sus tics irracionales, que puede encontrarse tanto en la izquierda como en la derecha política y que ya le sorprendió en algunos representantes de las protestas de los años 60 con quienes compartió su lucha contra la guerra de Vietnam. Susan Sontag, como todo verdadero pensador, es difícilmente clasificable, aunque todos se precipiten a hacerlo, y quizá una de las cualidades que más la defina sea nada más y nada menos que su curiosidad.

15 de diciembre de 2013

Descubriendo mundo con Nicolas Wild

Después de haber leído algunas novelas gráficas de gran calidad, tenía ganas de adentrarme en otra para pasar un buen rato con una historia y unos personajes interesantes. Estuve buscando en varias librerías de comics, entre libros de superhéroes y viñetas cómicas, hasta que en la tienda especializada más antigua de Las Palmas, que sólo a medias sucumbió al éxito de los juegos de rol, encontré en una estantería del fondo del local un libro que trataba sobre un viaje a Irán. Me pareció interesante contrastarlo con El Paraíso de Zahra y Persépolis, cuya versión fílmica me había gustado tanto. Su título, Así calló Zaratustra, aunque era una alusión demasiado evidente al conocido libro de Nietzsche, llamó mi atención. 

El protagonista, Nico, que responde al mismo nombre del autor, conoce a través de unos inmigrantes en París a una joven iraní, cuyo padre ha sido asesinado en circunstancias misteriosas, que le invita, junto a otros amigos pintorescos de nacionalidades diversas, a un viaje para mostrarle su país y la cultura de la minoría zoroastriana, a la que pertenece su familia. El viaje resulta un apasionante descubrimiento de una religión que llegó a ser oficial en el imperio Persa, cuyo imaginario y filosofía tienen parecidos con religiones posteriores, y cuyos fieles viven en un contexto político hostil a sus creencias. El protagonista, como cauto extranjero, hace de discreto hilo conductor para mostrarnos todo aquello que ve y escucha a su alrededor, mientras los acontecimientos se precipitan. 

Nada más terminar me lancé entusiasmado a comprar, esta vez por Amazon, sus dos novelas gráficas anteriores, Kaboul Disco, tomos 1 y 2, en donde narra su experiencia como ilustrador para una empresa de comunicación afincada en el revuelto Afganistán tras la reciente guerra, con un humor a menudo proveniente de la conjugación de texto e imagen y la inocencia de un personaje que nos seduce a adoptar su punto de vista. Es el mismo alter ego del propio autor que ha seguido utilizando, Nicolas Wild, con su nombre y apellidos, a través del cual vamos a descubrir la vida de los expatriados internacionales en Kabul, sin apenas contacto con la sociedad civil por motivos de seguridad, pero que aún así se las manejan para ver un poco del país, tratar con afganos y empaparse de su cultura y sus lenguas.

15 de noviembre de 2013

Una novela ecuatoguineana

No recuerdo dónde la compré, el hecho es que pasó a formar parte de un montoncito de libros a la espera de un momento mejor y quedó perdida para mi memoria con el alejamiento de mi biblioteca por imperativo laboral hasta que, recientemente, la abrí por casualidad y ya no pude dejarla hasta darle fin. Sé, eso sí, que la adquirí con un vago interés como complemento literario cuando estuve leyendo a historiadores de la Guinea Ecuatorial como Mariano de Castro, Donato Ndongo, Francisco Ela o Max Linger-Goumaz. Se trata de Retrato con un infiel de José Fernando Siale Djangany, una novela publicada por la editorial El Cobre en el 2007 que narra a modo de parodia parte de la historia de la Guinea Ecuatorial. 

Los nombres de muchos de sus personajes son estrambóticos, jocosos y simbólicos (Ibarra de Veréis, Congolino Lácteo de Vilareal, Juvenal de Golas), y los lugares nombrados no coinciden con los topónimos del país, ni de antes ni de después de la independencia, aunque algunos de ellos suenan cercanos a nombres reales (Carlos San Basilio a San Carlos o Isco de Corr a Corisco) y otros pudieran esconder simbolismos (Jubilea, Civilianjaïl). También los grupos enfrentados tienen nombres extraños (beseberes, gracórcitos). Esta dislocación de la realidad dota de un ambiente irreal al relato, ¿dónde estamos?, ¿quiénes son unos y otros?, lo que da más posibilidades narrativas que el mero hecho histórico, permitiendo mayor libertad. 

La novela muestra una sociedad convulsa, atravesada por odios y rencores, en donde la violencia adquiere una carta de normalidad que, sin embargo, abona algunos de los momentos más impactantes del relato hasta rematarlo con un final trepidante. Las relaciones de poder, las distintas religiones, la opresión colonial y la divergencia étnica postcolonial generan tensiones constantes. El humor se vuelve terror gracias a ciertos elementos fantásticos que evocan una atmósfera afín al realismo mágico. Donato Ndongo, también novelista y creador en los años ochenta de una antología de la literatura guineana, además de historiador y periodista, nombra en una entrevista de estos últimos años a José Siale como uno de los escritores destacados en el interior del país.