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15 de mayo de 2017

Dos diccionarios filosóficos: de Voltaire a Savater

Voltaire fue un escritor extremadamente divertido que escondía a un pensador bien serio. Su facilidad para desacreditar las ideas ajenas, desenmascarando sus argumentos con humor desenfadado de espadachín, abruman y despiertan el sentido crítico en el lector. Nunca adolece de sofista ni de cínico porque se lanza a una constante y encendida lucha contra las injusticias y las acusaciones falsas, vengan de donde vengan, aunque en sus Memorias también percibimos a un hombre que disfruta vengándose de sus enemigos y a un crítico insobornable, lo que sin duda contribuyó a hacerlo tan polémico. Bajo un conocimiento profundo y enciclopédico, con ejemplos de la historia o de una historia que ya apenas transitamos, con un contraste continuo de culturas y religiones en su presente y en el pasado, hay también en Voltaire un conocimiento psicológico, que pudieran resumirse en varias ideas sobre el comportamiento humano, que articula sus dardos y argumentos, de tal forma que, por ejemplo, si los hombres de su tiempo estaban llenos de defectos evidentes, los del pasado debieron ser parecidos y los del futuro también lo serán. Por eso se mete sin pudor con vivos y muertos, especialmente con los griegos -de Heródoto dice que no hace sino contar necedades-, con un sentido histórico penetrante y tanto o más revolucionario que otras filosofías bien esquematizadas.

Voltaire aparece ante el lector como un torbellino filosófico que apunta, con gracia e ironía, hacia ciertas ideas establecidas y ridiculiza lo ridículo por muy sagrado que se presente, o transmuta con su mordacidad lo serio en ridículo, salvo la existencia de Dios, que nunca pone en duda. Sin embargo, o quizá por esto mismo, puede resultar contradictorio incluso dentro de una misma obra. Así, en su Diccionario filosófico, sus afirmaciones pesimistas y desengañadas sobre la naturaleza humana en una entrada como la de “Patria” contrastan llamativamente con la de “Malvado”, en donde paradójicamente defiende de manera conmovedora la bondad del hombre por naturaleza. Su virtud no radica en poseer un pensamiento integrado, sino más bien un ojo clínico y certero para desenmascarar con desparpajo el pensamiento ajeno. Quizá por eso hay quienes no acaban de incluirlo entre los filósofos de primera línea, aquellos que construyeron un edificio de argumentos perfectamente articulados para comprender el mundo buscando una idea esencial que lo explicara, lo que según Ortega y Gasset era la tendencia del filósofo frente al escritor, como Stendhal, que gusta de usar las más diversas ideas para vertebrar sus obras, pero lo cierto es que tampoco nadie se atreve a apartar a Voltaire del panteón. Por algo será que no se deciden. Mientras tanto, lo mejor será disfrutarlo en una fuente de inteligencia, sabiduría y humor como es su Diccionario filosófico.

Ilustración: René Magritte,
La clef des songes (detalle)
Esto último también puede decirse con respecto al ameno Diccionario filosófico de Fernando Savater. Sus entradas comienzan por lo común defendiendo la idea o la persona referidas de quienes las denostan, con el ardor de romper tópicos, captados aquí y allá, unos tras otros, y que hacen su filosofar una serie de martillazos contra los prejuicios. La tensión aparente surge de ese descubrimiento continuo de moralistas allí donde a veces uno no los había apenas notado, moralistas en el peor sentido, llenos de prejuicios y moralinas, frente a su apuesta por el sentido moral como parte indiscutible de la inteligencia cívica. Las entradas pueden leerse como artículos o breves ensayos sobre conceptos que subyacen a muchos temas relevantes de nuestra actualidad para alumbrarlos con profundidad, ingenio y, como no, con ayuda de otros pensadores anteriores, que para algo están. Hay en este diccionario referencias al pensamiento de quienes lo han marcado en su trayectoria intelectual: Nietzsche, Hannah Arendt, Bertrand Russell, Foucault, Cioran o Voltaire. Se percibe especialmente su respeto por Emil Cioran y su entusiasmo por Voltaire, de quienes ha hablado muchas veces y traducido libros suyos, así como el aliento de Foucault y su admiración por Rilke o Spinoza, y por esa ilustración menospreciada y entendida de forma tan simplificada que ha quedado reducida a una diana facilona. 

Savater es más justo con Heródoto que Voltaire cuando explica que el gran historiador griego de Halicarnaso, actualmente la turística Bodrum, fue el primero en utilizar la palabra democracia y exaltarla frente a la tiranía. Pero Voltaire vivía rodeado de una idealización de los clásicos, que eran tomados como modelos de imitación en las más diversas áreas, desde la arquitectura y la escultura a la pintura y la literatura, mientras Savater vive en un mundo que desprecia a los clásicos grecorromanos como antiguallas académicas que no aportan rédito económico y a quienes ya casi nadie lee. Esa idea griega de democracia, nos recuerda, está emparentada con la filosofía, que aunque pueda llegar a negarla no puede crecer sin ella, y cuya principal aportación es el concepto de individuo. De una forma similar acude a sus pensadores favoritos para apoyar su pensamiento y fortalecer sus coincidencias. De Voltaire recoge entre otras cosas su europeísmo y de Bertrand Russell, por ejemplo, su racionalismo y su compromiso por la paz, su rechazo a las religiones y su idea de que cada hombre busca la felicidad. Así van desplegándose excelentes reflexiones sobre algunos de los temas habituales de Savater: el nacionalismo, la estupidez, la ética, la religión, la naturaleza humana, la muerte, la lectura o la democracia. Pasen y léanlo, pueden hacerlo abriendo el libro al azar, empezando por el final o, como si fuera un ensayo o una novela, de la A de “Alegría” a la V de “Voltaire”.

15 de septiembre de 2013

Los filósofos desvaídos

El treinta y uno de mayo del 2003 Jürgen Habermas y Jacques Derrida publicaron en el Frankfurter Allgemeine Zeitung y en Libération un artículo titulado en la edición francesa “Europe: plaidoyer pour une politique extérieure commune” en el que llamaban la atención sobre la necesidad de una política exterior europea unificada. Criticaban el independentismo de algunos estados miembros al meterse en una guerra como la de Irak sin consenso con sus socios europeos, deseaban una Europa que sirviera de contrapeso a la hegemonía política y económica de Estados Unidos, aspiraban a un orden cosmopolita y alababan los dos logros principales de Europa en este medio siglo de posguerra: Una gobernanza más allá de las fronteras nacionales y la creación del estado del bienestar. Y, por supuesto, subrayaban el belicoso y horrendo pasado de Europa como el hecho fundacional de la unión, en su gran mayoría formada por Estados nostálgicos de sus extintos imperios. Ese mismo día Umberto Eco publicaba “L’Europa incerta tra rinascita e decadenza”, Gianni Vattimo “Casa Europa”, Adolf Muschg “Kerneuropa”, Richard Rorty “Demütingung oder Solidarität" y Fernando Savater “Europa, necesitada y necesaria”

La iniciativa, que había sido mantenida en secreto, apuntaba a un mismo objetivo. Eco se centró en los lazos comunes de los europeos y la necesidad de una política exterior y de defensa unificada si queremos ser el tercer polo de influencia en el mundo. Vattimo puso la esperanza en una nueva constitución que quedó en nada y en la idea de que la unión debería llevarnos a un gobierno que emanara del parlamento y no de los presidentes de los Estados. Muschg se preguntaba qué nos unía, resaltaba las llagas de las guerras mundiales y el complejo de culpa sublimado en el ideal de una Europa común. Richard Rorty, como estadounidense, entraba a analizar la política norteamericana con respecto al viejo continente, cómo nos veía aquella administración, sus intereses, metas y tretas, y afirmaba que era un error grave pretender mantener a toda costa la hegemonía de su país en un mundo multipolar. Savater, por su parte, llamaba a los valores de la ilustración, el laicismo en una Europa común, la instauración de un sistema de defensa propio que nos libere de la dependencia de terceros y una continuidad del sistema del bienestar y de las garantías jurídicas para todos. 

Una iniciativa de este calibre, llevada a cabo al unísono en algunos de los periódicos de mayor prestigio del continente, pasó sin embargo prácticamente desapercibida. No fue noticia de portadas de prensa ni salió en los telediarios ni fue comentada en los programas de radio, tampoco fue muy citada por los lectores más afines a estos filósofos ni generó debate público. Aunque algunos gobiernos simpatizaran con las propuestas de estos pensadores, como señaló Tony Judt comparándolo con el papel de los intelectuales en generaciones previas, ninguno de ellos fue llamado a consulta, ni siquiera para hacerse una foto ventajosa para los líderes, ni tuvieron una influencia definitiva en las políticas nacionales o europeas. Cierto es que sus posiciones contra la manera unilateral en que se había decidido la invasión de Irak estuvieron en consonancia con una gran mayoría de la ciudadanía, pero eso no quiere decir que fueran ni influyentes ni mucho menos decisivos en la mentalidad ciudadana. En cuanto a su apuesta clara y rotunda por Europa sigue siendo, diez años después, una esperanza que no parece avanzar.

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