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15 de abril de 2018

La Guerra Civil recordada por el filósofo Julián Marías

Tardé años en percatarme de cómo era capaz de leer cientos de páginas de, por ejemplo, Aleksandr Solzhenistsyn, Varlam Shalámov o Primo Levi sobre la resistencia íntima y el horror vivido por sus protagonistas y, sin embargo, me costaba un esfuerzo tremendo leer sobre el dolor y la barbarie de la Guerra Civil Española. Podía imaginarme y reconstruir los terribles sucesos y sufrimientos de esos rusos en gulags o esos judíos en campos de concentración nazis, pero cuando se trataba de españoles matando a españoles, de los bombardeos masivos como el de los miles de ciudadanos huyendo de Málaga, las checas en el heroico Madrid republicano, los fusilamientos sumarios y paseos nocturnos en la retaguardia de ambos lados, los arengas radiofónicas de Queipo de Llano animando a la violación de las mujeres de los enemigos, la otra guerra civil dentro de la guerra civil en las calles de Barcelona o los anticlericales asesinando religiosos sistemáticamente, me entraba tal vértigo y nauseas que paraba durante semanas la lectura. Este malestar se agudizaba cuando leía las burradas cometidas por el bando con cuya mitología me sentía identificado. En esos momentos no podía sino repetir con Stephen Dedalus eso de que la historia “is a nightmare from which I am trying to awake”. Si el dolor de otros seres lejanos ejercía en mí una especie de aviso moral contra el mal, el propio, el del cuerpo social en el que nací, me producía una reacción visceral que evitaba con todo tipo de excusas. Quizá otros hayan sentido algo similar con las tragedias y desgarros de la historia de sus países y, sin embargo, no saquen las mismas conclusiones, pero esto me llevó a pensar en las reticencias en tantas naciones a afrontar el pasado incómodo cuando este aún es relativamente cercano, lo cual no se comprende desde fuera, y en la existencia de un sentimiento nacional, o de un relato emocional común, que algunos sólo descubrimos de forma negativa, cuando este queda perturbado. 

Tras percatarme de este sesgo, por el que lo propio se vive de una forma distinta a lo ajeno, supuestamente con más conocimiento pero también con mayor pasión partidista, pude ir leyendo poco a poco y de una manera más sosegada libros sobre lo que Unamuno llamó la guerra incivil, aunque siempre con temor a encontrarme con alguna nueva barrabasada indigesta a mi sistema emocional más profundo. La bibliografía es tan extensa como apasionante para quien le interese el tema, nuestra guerra civil desató un interés aún vivo entre nosotros y buena parte del mundo, pero leer un libro que indague en sus causas, en el estado de ánimo social anterior y durante la contienda, escrito por quien la vivió y además es uno de los filósofos más importantes del pasado siglo en lengua española, creo que se trata de un hecho poco común. Julián Marías, como Besteiro, el único hombre público del momento al que admiró, apoyó la República y culpó claramente de la guerra a quienes la empezaron lanzándose contra el orden institucional y la legalidad democrática. No obstante, supo mantenerse al margen de la polarización de los bandos y fue crítico con los muchos errores cometidos desde el gobierno de la nación. Según él, se trató de una guerra impensable antes de ocurrir, nadie la quería, y tampoco era previsible. Las razones objetivas que la desencadenaron pudieron provocar lógicos episodios de inestabilidad, pero no fueron tales como para justificar o vaticinar una guerra de tal magnitud. El recorrido de Julián Marías por la quema de iglesias, la crisis económica internacional que propició la República pero también una pronta desilusión, las reticencias de muchos conservadores y ricos al nuevo gobierno, la insolidaridad y miopía de la derecha en el segundo bienio gobernando sólo para los suyos o el estallido interno del partido socialista que se decanta en parte por la revolución, son conocidos por todos, pero lo que hace original este breve ensayo, La guerra civil, ¿Cómo pudo ocurrir?, es la perspectiva interna, entre personal, social y filosófica, de cómo se vivieron los acontecimientos.

Ilustración: Archivo General de la Administración.
Barcelona, muerto en la acera tras un bombardeo
Julián Marías se pregunta cómo pudo ser que en una España en donde se había alcanzado una edad dorada en la ciencia, la cultura, las artes y, después de varios siglos yermos, también en la filosofía, los ciudadanos se encaminaran hacia tal matadero. En un momento de esplendor intelectual, señala, la simplificación ideológica conllevó una retracción de la inteligencia pública. Deterioró así mucho a la República la falta de cultura democrática, ya que sólo se aceptaban los resultados cuando eran favorables. Nos cuenta que la sociedad se politizó hasta el punto de que lo primero y definitorio sobre las personas, sus obras y sus ideas, era su tendencia política, de izquierda o de derecha, y no la veracidad o pertinencia de sus razones. Marías se asombra, y resulta ciertamente asombroso, de que los partidos extremistas a un lado y a otro del espectro político apenas hubieran alcanzado una mínima representación parlamentaria en democracia y, sin embargo, consiguieran ser decisivos en ambos bandos durante la guerra. Su explicación apunta a la repetición y utilización de los medios, es decir la manipulación, como elementos claves en el proceso de radicalización. La simplificación, la reducción a esquemas, la polarización política y la conversión a abstracto del otro, fomentaron que pudiera odiarse al diferente, deshumanizado, exento de sus rasgos personales, y descrito como rojo o facha, entidades abstractas y fácilmente manipulables. De hecho, una vez iniciada la guerra, Marías resalta que el frente más cruel no fue tanto el de la confrontación de los bandos, sino el de cada uno de ellos en sus propios territorios, con el asesinato de quienes no comulgaban con sus ideas, aunque estos fueran neutrales o partidarios sin fanatismo del otro bando, a quienes no se les toleraba y eliminaba, lo cual ejercía un perverso chantaje a quienes no eran beligerantes, y cuya consecuencia, según aprecia, fue el envilecimiento ya que nadie quería quedarse corto ni aparentar menos que los más fanáticos, sobre todo en la zona franquista. 

El ensayo es un acercamiento desde dentro al periodo previo, durante e incluso, someramente, posterior a la guerra, escrito por quien conocía bien la sensibilidad de sus conciudadanos, tenía unas dotes filosóficas poco comunes y demostró siempre una destacada integridad. Algunas de las afirmaciones del texto pueden, por supuesto, ser discutibles pero no puede criticárselo ni por maniqueo ni por equidistante, y probablemente será leído por generaciones futuras como un texto capaz de conjugar la experiencia de primera mano con la agudeza social y la claridad de ideas. En este sentido, Marías subrayó cómo la torpeza y ausencia de una retórica inteligente y atractiva hacia la libertad, la democracia y la legalidad, propició la falta de entusiasmo de los jóvenes y el advenimiento de los extremismos, más pasionales, más amantes de himnos y banderas que de cifras y estadísticas, lo que también ocurrió en la República francesa y en la República de Weimar, lo civil y civilizado fue gris e incapaz de desarrollar una retórica eficaz de la libertad y la convivencia. A pesar de que algunas de estas ideas las integró en su libro España inteligible, este ensayo corto tiene entidad propia y nos recuerda que la memoria debe preservarse, pero dejándola atrás y mirando hacia delante. Esta segunda parte de su afirmación es propia de su inteligencia aguda y se adelanta a reparos actuales, como el de David Rieff en su Elogio del olvido, a ese tópico de la necesidad de mantener la memoria para salvarnos de repetir el pasado. La memoria, sesgada comúnmente y reconstruida desde la perspectiva interesada del presente, se utiliza a menudo para avivar el rencor y la división a través de relatos excluyentes. Por eso la aclaración de Marías parece encontrar el equilibrio perfecto. Es necesario mantener la memoria, al contrario de lo que podríamos deducir de la acertada crítica de David Rieff, pero también es necesario saber dejarla atrás, caminar hacia delante y trabajar por el presente.

15 de noviembre de 2017

Contra los tópicos sobre España y el mundo hispano

En España inteligible, razón histórica de las Españas, Julián Marías no escribe un libro de historia sino un análisis de la historia de España y de su significación. En contra de los historiadores que reflejan una cantidad inmensa de datos sin interpretaciones, es decir, se quedan según él a las puertas de la historia, y de esos otros que imponen al pasado una visión ideológica y sesgada, filtrada por los valores del presente, Julián Marías propone descubrir la razón histórica de la nación española, lo que le antecede y la fecunda para llegar a ser lo que fue y lo que le dio sentido desde la perspectiva de aquellos hombres que la gestaron. Para ello las ideas de Ortega y Gasset son claves en el desarrollo teórico y práctico del análisis de Marías, considerados por muchos los dos filósofos españoles más importantes del siglo XX. La razón histórica, lejos de una teoría extra histórica con corroboraciones puntuales, sería el descubrimiento de aquellas razones que guiaron a los hombres en el drama de su vida frente al mundo, sus decisiones y las circunstancias a las que debieron enfrentarse. Ni las sociedades se comportan como individuos ni la historia puede interpretarse sin estos, nos dice, ya que dependemos tanto de las circunstancias como de lo que él llama la vocación. Es necesario pues recrear y repensar el pasado gracias a la imaginación y leerlo desde el principio, en orden, para que, como en una novela, su significado brote con claridad. 

Julián Marías se opone tanto a la idea de progreso de la historia, que mira cada etapa como un eslabón de una cadena para llegar a una fase siguiente que automáticamente desdeña la anterior por retrasada, como a la visión opuesta de la historia que considera cada etapa aislada de las demás, en repetición constante y vacía de sentido. Es aquí donde aparecen algunas de las ideas más sugerentes de este libro, el hecho de buscar una vía alternativa, creativa y original, para dar sentido a nuestra historia. De la mano de Ortega, a veces para matizarlo, otras para desarrollar sus intuiciones, Marías resalta el aspecto cambiante de la sociedad española, como de cualquier otra en nuestro entorno, pero también la relación existente entre los periodos basados en la aspiración compartida que se proyecta del presente hacia el futuro, que abre y cierra posibilidades para las siguientes generaciones, y que origina una secuencia de acontecimientos que podemos rescatar y rastrear. Dado que España se ha entendido tan mal y sigue sin comprenderse bien, tanto por la derecha como por la izquierda política de los últimos tiempos, ya que cada cual le aplica un sesgo bien distinto pero igual de falseador, y también debido al juicio extranjero que nos ha afectado en nuestra forma de mirarnos a nosotros mismos, Marías propone desprender ese hilo dramático que nos ha llevado hasta el momento actual, hasta lo que somos, para comprendernos más claramente. 

Ilustración: Archivo Anaya
La idea misma de una razón histórica, es decir de una narración, tal y como el propio Marías la llama, que da un sentido al proyecto nacional, que se transforma en sus ideas pero no en la necesidad de una empresa, se adelanta en décadas a los actuales postulados, por ejemplo, de Yuval Noah Harari y la importancia de una narrativa colectiva en la creación de sentido para aglutinar comunidades extensas, aunque esta resulte falsa o incómoda o infundada por los hombres del futuro, a menudo incapaces de entender a sus predecesores. Marías quiere derribar varios tópicos que han lastrado la comprensión del mundo hispano desde el exterior y, más lamentablemente, desde la percepción de nosotros mismos. La primera de las más destacadas es la idea de que el componente moro explica la supuesta diferencia española frente a las otras naciones europeas hoy punteras, que él rebate argumentando que los hispano romanos combatieron a la alteridad musulmana fundando su razón de ser en el cristianismo y la recuperación del reino visigodo (creo que fue Rafael Lapesa quien señalaba que la voz “español”, proveniente del occitano, era utilizada para referirse a todos aquellos cristianos que vivían por debajo de los Pirineos). La segunda es la omnipresente referencia a la Inquisición que, como se ha subrayado en libros recientes como el de Elvira Roca Barea, duró menos y se realizaron menos ajusticiamientos que en otros lugares de Europa, en donde hubo instituciones similares y mucha mayor crueldad religiosa. 

La tercera es el mito de la destrucción de las Américas, contra el que argumenta su falsedad estadística, como probaría la mezcolanza actual en los países hispanos y, al contrario de la América anglosajona, la pervivencia masiva de sus gentes. Unos reinos, virreinatos y territorios de América (el término colonia aparecerá en boca de los criollos independentistas en el siglo XVIII como copia del modelo anglosajón) en donde se vivió durante siglos sin considerables sobresaltos históricos. La cuarta es el mito de la decadencia, ya que todos los países tienen momentos mejores y peores, y lo que en España fue decadencia transcurrió propiamente dicho durante un periodo corto de seis décadas que abarca poco más de la segunda mitad del siglo XVII y tras la cual España pasó de ser el país más poderoso e inigualable de Europa, envidiado y admirado, a uno de los más importantes del continente, que tuvo, por ejemplo, un siglo XVIII de grandes transformaciones modernizadoras, bastante tranquilo si lo comparamos con los dos siglos siguientes, y con un claro crecimiento en los estándares de vida. Y quinta, la idea de nuestro país como un mosaico, una nación de naciones, contra la que argumenta que España, aún teniendo regiones con un carácter fuerte diferenciado, fue la primera nación de Europa y como tal exportó su modelo (como la  noción de “liberal” siglos más tarde) de país aglutinador de pueblos y lenguas capaces de volver a reunirse en una entidad que no era sólo la suma de sus partes, sino una superior, predibujada desde la Hispania romana. 

Pero Marías no se dedica sólo a luchar contra los tópicos con los que nos ven los otros y nos miramos a nosotros mismos, sino que, una vez descartados los azares, las derrotas y lo que no encaja con nuestro pensamiento, apunta a los errores más graves de nuestra historia. Por ejemplo, el hecho de suponer que si España se había definido como cristiana (de ahí su empecinamiento contra la Reforma aunque le costara muchas más pérdidas que ganancias) todos los españoles debían de ser cristianos y, aún peor, debía exigírseles así. O también el caso de la Inquisición que, aunque su periodo de mayor dureza coincidió con el Siglo de Oro, dejó el profundo daño de amedrentar y desincentivar el pensamiento científico y filosófico, consiguiendo la autocensura que encaminaba a los potenciales interesados hacia otros temas y profesiones. El panorama que nos deja tras tanto tópico y tanto error (no más ni mayores que en otras naciones europeas) es, sin embargo, reservadamente optimista. Aunque el futuro, incluso el inmediato, es incierto y cualquier trayectoria puede quebrarse por el azar o malas decisiones, por una ceguera fatal de los ciudadanos o los dirigentes, España y los países hispánicos resuenan en este libro con una fuerza de enorme vitalidad, capaz de dar extraordinarios pintores y músicos, escritores y pensadores, inventores y científicos, y con una historia más larga y fecunda que otras naciones de nuestro entorno. 

Son muchas las ideas que se desgranan en este libro lleno de quehacer filosófico, en donde pensar la historia, aplicando conceptos originales que dotan de un hilo conductor a tantos siglos, convierte esta lectura en un ensayo sobre la historia del mundo hispánico. Aquí reside otra de sus claves. España, junto con Portugal, tiene una peculiaridad; no sólo fue un país europeo sino también uno transeuropeo, lo cual le dota de unas características que, según Marías, no han sido bien comprendidas. El arraigo americano de España es indisociable de sí misma y sin su historia compartida tanto España como el resto de países hispanos no pueden comprenderse a sí mismos. Desde que nos negamos esa historia, por incomprensión, por negligencia, por ideología, por el repudio ante momentos sangrantes, por el efecto de tópicos interesados, por correr a ciegas tras una modernidad que nos viene de fuera o, al contrario, por encerrarnos en nuestras fronteras sin querer saber nada del otro como tradicionalistas provincianos, perderíamos el contacto con nuestra trayectoria histórica y la única forma de entendernos cabalmente. El vínculo hispánico no rechaza, por supuesto, otros vínculos, europeo en el caso de España y americano en el caso de los otros muchos países hispanos, pero Julián Marías también nos recuerda que sería absurdo negar los íntimos lazos fraternos que nos unen como entidad esencial que articula creencias, lengua, cultura, ese espacio común bien real que Carlos Fuentes supo llamar poéticamente el territorio de la Mancha.

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