Al contrario que en Barry Lyndon, en cuya película Stanley Kubrick cambió el carácter del pícaro y bravucón narrador de la novela de William Thackeray en un joven tierno e ingenuo que transita hacia una interesada etapa adulta, sin la ironía ni la sátira del original, La naranja mecánica de Kubrick es muy similar, tanto en la historia, la trama, los detalles, el narrador y el tono, a la novela homónima de Anthony Burgess, salvo por ese último capítulo, el 21 (o el séptimo de la tercera parte, siguiendo el gusto del autor por la importancia de los números, en este caso de resonancias bíblicas), que no aparece en la edición americana por consejo del editor. Esta decisión, aceptada por el autor ante la falta de esperanzas de publicar su novela en Estados Unidos, obligó a Burgess a dar explicaciones continuas sobre su obra, ya que el sentido de la película cambia con respecto al libro en su esencia más profunda, en su mensaje moral de raigambre religiosa. Burgess repudiaba esta novela, su mayor éxito gracias a la película de Kubrick, precisamente porque le había salido una obra demasiado didáctica, lo que según él no era propio de una novela artística, capaz de disimular su carácter moral, pero también repudiaba la versión fílmica porque, al quitarle el último capítulo, había pervertido ese mismo sentido moral, y el literario, ya que no contaba el comienzo de la maduración de Alex, su primer momento de darse cuenta de que deseaba otra vida, crear y no destruir, y por tanto una evolución personal y literaria del personaje, la cual da sentido a la novela. En el centro de ese mensaje cercenado por la película y la edición norteamericana estaría la libertad de decisión. Su ausencia nos hace máquinas, seres vivos con un interior condicionado a merced de la sociedad y la política como un engranaje, es decir, naranjas mecánicas.
Como es bien conocido, el protagonista y narrador Alex es un adolescente que disfruta sádicamente de la ultraviolencia, como se la llama en la novela, incapaz de empatizar con sus víctimas, ni siquiera con sus conocidos o amigos, ni tampoco con sus padres, y está ávido de poder, al nivel de camorrista de grupúsculo de maleantes juveniles. A pesar de su maldad es sin embargo ingenuo, un ignorante pendenciero que solo sabe de su pequeño y limitado mundo, aunque cree saber más y mejor que nadie, con esa soberbia y seguridad en uno mismo que solo la adolescencia y la ignorancia son capaces de alcanzar. La novela está moteada por distintos momentos en los que Alex interpreta algo que el lector intuye o sabe que no es cierto, y cuanto más avanzamos en la lectura más dudamos de sus dotes perceptivas, más alerta estamos ante sus distorsiones e incomprensiones, y menos nos fiamos de él como narrador. Por una parte, el influjo de quienes hemos visto la película es evidente, ya sabemos qué va a pasar, y por otro lado se trata de una novela de aprendizaje un tanto truculenta, es decir, si el narrador no cometiera estos continuos errores nos sería menos convincente, tanto su corta edad como a dónde nos lleva. Alex cree, por ejemplo, que los sueños significan lo contrario de lo que sucederá, que tendrá una suerte infinita, que quienes le rodean son imbéciles o, más cómicamente, que hay un edificio llamado Victoria por alguna batalla victoriosa del pasado. Por supuesto, es incapaz de prever lo que le espera, vive en el presente. Su vida transcurre en la noche, en la oscuridad, entre su leche con droga, asaltos, robos y violaciones, con un uso brutal y destructivo de su libertad, siempre con alguna risa, desde la de placer a la de fingimiento. Pero su risa de superioridad tropieza con los acontecimientos, es parte de una mirada trastocada de la realidad, que ya se encargará de contradecirle.
Su carácter violento y antisocial se refleja hasta en actividades que, por lo general, se asocian a lo contrario. La música clásica, que tanto amaba Burgess, también compositor además de novelista, incita al joven Alex a más violencia, al igual que la lectura de la Biblia, de la cual disfruta los pasajes más crueles mientras se aburre con los evangélicos del final. Cree tener al cura de la cárcel engañado con su aparente buen compartimiento, pero este tiene su batalla personal contra el programa que le ofrecen a cambio de salir pronto. Los argumentos del cura contra este método de cambio de la personalidad son de carácter moral y religioso, y son similares como dos gotas de agua a los expuestos por el autor: Cambiar a una persona a través de un método que lo obligue a ser bueno sin capacidad de elección lo convierte en una máquina. Alex ha sido tan malvado que es lícito pensar si no sería un buen método, no por él sino por evitar el daño que causa. Pero el cura critica que no haya elección moral sino que sea llevado al bien por el malestar que su deseo del mal le provoca. Para el doctor encargado del experimento todo esto carece de interés, no son sino sutilezas, porque el interés es eliminar el delito. El libre albedrío se da por sentado en muchos campos, como el legal, pero el hecho de que su defensor en la novela sea el cura implica una visión religiosa que existe en el catolicismo pero no entre calvinistas y luteranos. No nos debería extrañar que, con tantos siglos de poder e influencia eclesiástica, muchos debates posteriores tuvieran un trasfondo religioso o un eco en alguna polémica religiosa secular. Llama la atención, por ejemplo, que las terapias de grupo provengan de países en donde la confesión en grupo formó parte de su tradición religiosa, la puritana, mientras la terapia personal ante el psicólogo tuviera su origen en un país mayormente católico, aunque su primer valedor fuera alguien de tradición judía.
El planteamiento moral de esta novela es sin duda de influencia cristiana, y más concretamente católica. Perdonar, ofrecer la otra mejilla o redimirse se oponen al ojo por ojo y diente por diente, que es parte del proceso de redención del personaje posterior a su tratamiento. Hasta tal punto domina en varios personajes este deseo de hacer sufrir al protagonista tanto como ha hecho sufrir, deseo del que la narración es cómplice, que Alex va encontrándose a sus víctimas en el mismo orden en que les infligió dolor, en una sucesión absolutamente inverosímil salvo por su valor simbólico. El germen de esta historia, sin embargo, es una vivencia aterradora de la mujer de Burgess. Fue asalta en una calle oscura de Londres por cuatro marines estadounidenses desertores, que le robaron, le dieron de golpes y la violaron. La paliza fue tan brutal que le provocó el aborto del niño que estaba gestando. Sabiendo esto, la lectura del capítulo en el que Alex y sus tres compinches entran en casa del escritor para pegarle una paliza, romper de paso la única copia de su último libro recién escrito, llamado La naranja mecánica, y violar a su mujer delante de él, cobra un sentido aún más espeluznante. Nos dice que la moral en esta novela es mucho más que la predilección por una teoría teológica, una posición política o una tesis contraria a un método psicológico, sino que se trata de una catarsis personal profunda y dolorosa de una valentía que, dudo, sea compartida por muchos de quienes se consideran cristianos, ya que, si tenemos en cuenta ese último capítulo al que Burgess daba tanta importancia, incluye la comprensión y la piedad hacia ese joven brutal y maléfico que ha retratado. A mi modo de entender, se necesita una gran capacidad de transmutar el dolor en compresión, quizá gracias a la fe o al arte, para exorcizar en los términos que él hizo un trauma de este tipo.